La culpa es del amor: Un amor de verano en Ibiza, por Ben Clark | Noudiari.es

La culpa es del amor: Un amor de verano en Ibiza, por Ben Clark

Foto: Thomas G.Clark

@Ben Clark/ Todo lo que vas a leer a continuación no puede ocurrir. Es mentira. Pero te da igual. No importa. Un amor de verano en Ibiza. Algo dentro de ti no quiere renunciar a la idea. Hay algo en la oficina dormida y tomada por los becarios; algo en el zumbido tan razonable del aire acondicionado y algo en las aceras achicharradas de la ciudad que te invita a cerrar los ojos con una actitud más emparentada con la espera que con la fabulación. Y da igual que te lo repita: no puede ocurrir. Tu amor de verano en Ibiza no existe, no se materializará, no es posible. No llegarás a Ibiza, un día de mediados de julio, en un viaje improvisado –y barato– con dos buenos amigos, ni saldréis del aeropuerto para subiros, sin tener que lidiar con una cola infinita, a un taxi. El hotel no será acogedor ni estará, técnicamente, “en primera línea”. La cerveza no estará del todo fría y el calor sofocante y húmedo no te parecerá, por raro que te parezca, veraniego. No saldréis, perfumados y encamisados, a tomar la noche ibicenca con la convicción absoluta de que toda la isla estaba esperando vuestra llegada. No saldrás a la terraza de Pachá Ibiza a tomar el aire y a pensar brevemente en la insoportable levedad del ser ni estará ella sola, mirando hacia el puerto mientras fuma. No dirás algo gracioso pero inteligente –en un inglés más que aceptable– ni ella se reirá ni hablaréis un buen rato allí, en la terraza de Pachá Ibiza, en julio, desdeñando el ruido y la furia de dentro donde –fantaseáis– sus dos amigas y tus amigos bailan juntos sin echaros en falta. En un momento dado no dirás, cumpliendo con el deseo frustrado de todos los cinéfilos, “Hey, let’s get out of here”, ni obtendrás una sonrisa cómplice como respuesta afirmativa mientras, ya de la mano, os abrís paso –sin dificultad– entre los cuerpos del estío –nada sudados– rumbo a la salida y después al taxi –sin cola– donde el taxista, ante la frase de ella pronunciada entre carcajadas (“Take us to the beach!”), no entenderá perfectamente lo que requiere la noche y la situación ni os llevará, por lo tanto, a una cala remota –pero a la que se tarde poco en llegar– donde un pequeño chiringuito de playa permanece abierto todavía –así es en Ibiza, te dices, contemplando el aire acondicionado y observando el ir y venir infructuoso del becario– y donde encontraréis una mesita íntima iluminada por una bombilla amarilla que no impide apreciar los reflejos de la luna llena sobre las olas negras de ese mar antiguo. Nada de esto sucederá. No beberéis extraordinarios mojitos a cinco euros ni sugerirás –oh, mesetario tú– que os bañéis (“Hey, you wanna go for a swim?”), ni te sorprenderá su entusiasmo ante la idea ni os desnudaréis sin pudor ni reparo para entrar entre risas en el agua, bajo la atenta mirada del rey de los mojitos, a quien todo aquello le parecerá una prueba más de que su vida en Ibiza es, claro, tan maravillosa como tú la imaginas.

Ya sé que no sirve de nada insistir en ello, sé que sigues pensando en ese chiringuito, faro vital en la oscuridad azul de la noche de Ibiza.

Sus besos no serán tiernos, porque no habrá besos, sus ojos no te observarán sin pestañear durante breves eternidades porque no habrá ojos. Ya sé que no sirve de nada insistir en ello, sé que sigues pensando en ese chiringuito, faro vital en la oscuridad azul de la noche de Ibiza, sé que estás pensando en el ruido de las olas y en el agua templada que envuelve vuestros cuerpos desnudos y perfectos. Sé que te acabas de dar cuenta, y ella también, de que no os habéis dicho ni el nombre y os parece lo más natural, lo más lógico y lo más deseable. Sé que no te imaginas que hará frío después, sin toalla, y que vestirse con el cuerpo lleno de sal y arena es bastante desagradable. Sé que no has pensado en que será literalmente imposible conseguir que venga un taxi a la cala remota –a la que se tarda, sin embargo, poco en llegar– o que los mojitos te provocarán diarrea o que ella te eche un poco la culpa de todo, no sin razón. Y a pesar de todo esto, comprendo bien que te resulte imposible aceptar que tu amor de verano en Ibiza es un anuncio de cerveza, que tu vida no experimentará nunca ese filtro de Instagram o que, en verdad, Ibiza ni siquiera existe más allá de esta oficina.

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