‘Últimas palabras en la Tierra’ de Javier Serena, por Ben Clark | Noudiari.es

‘Últimas palabras en la Tierra’ de Javier Serena, por Ben Clark

@Ben Clark/ En la anterior publicación de Javier Serena (Pamplona, 1982), Atila, un escritor indescifrable (Tropo, 2014) pudimos disfrutar de una obra de ficción sobre un escritor real, Aliocha Coll. En aquella novela el autor acababa convenciéndonos de que estábamos ante una biografía íntima de los últimos años de Aliocha Coll, a pesar de advertirnos, desde el principio, de que se trataba de una obra de ficción. Últimas palabras en la Tierra también es una obra de ficción sobre un escritor, un escritor que en este caso no existió pero que bien podría recordarnos a alguien que sí lo hizo (no diré su nombre, para saber más, pídanle la novela a los Reyes).

‘Últimas palabras en la Tierra’, de Javier Serena
Gadir Editorial, 2017
200 páginas
16,50 euros

Así, Javier Serena plantea una reflexión compleja sobre la naturaleza de las novelas de ficción basadas en personajes reales (recordemos el polémico caso de la novela de Elvira Navarro Los últimos días de Adelaida García Morales) al dar un paso más allá: serán los lectores quienes decidan si el nombre del protagonista, Ricardo Funes, es su nombre real. “Diré que se llamó Ricardo, Ricardo Funes, aunque ese no sea ni su nombre ni su apellido verdadero, ni tampoco vaya a dar otro dato cierto sobre él aparte de que su origen era peruano…” Así arranca la novela, situándonos en el plano de la invención, pero ofreciéndonos algunos anclajes firmes, como el origen peruano del protagonista. ¿Pero era realmente peruano? ¿No nos recuerda esta novela a otro escritor que no era peruano sino…? Pero somos nosotros los que estamos buscando la referencia, los que completamos las minuciosas descripciones que realiza Javier Serena de Ricardo Funes con nuestros propios recuerdos de imágenes reales de un escritor que sí existió.

 Si eres escritora o escritor, disfrutarás mucho con esta novela, aunque creo que también sufrirás

Hacia la mitad de la novela me sucedió lo mismo que me había sucedido con el magnífico Atila, un escritor indescifrable: sentí que me adentraba en la intimidad de un escritor real, que había existido, y que tras la lectura de la novela sabía más cosas sobre él. Pero todo lo anterior no debe nublar un hecho fundamental: Últimas palabras en la Tierra es una gran novela y su lectura se disfruta con o sin el juego de referencias que su autor propone (o no propone).

El escritor Javier Serena.
Foto: Javier Siedlecki

La prosa de Javier Serena se luce en los párrafos más descriptivos, en los fragmentos donde se construye el aura poética del personaje y su destino trágico. La soledad del escritor, la soledad del hombre abocado a perseguir una vocación destartalada, el dolor que provoca la falta de tiempo, de reconocimiento, de seguridad en la propia determinación, todo esto contiene Últimas palabras en la Tierra. Si eres escritora o escritor, disfrutarás mucho con esta novela, aunque creo que también sufrirás, junto a Ricardo Funes, al reconocer ciertas reflexiones sobre el compromiso que uno mismo intenta adquirir con su proceso creativo. Pero no es una novela sólo para escritores. Tres voces nos cuentan esta historia: un crítico literario, Ricardo Funes y la mujer de Ricardo Funes. Tres puntos de vista de una historia que nos conmueve e intriga y que sitúa a Javier Serena entre los narradores jóvenes más exigentes y talentosos del rico panorama disponible en librerías. Lean la novela para conocer la vida de Ricardo Funes. Y no se preocupen demasiado por todo lo que he dicho sobre el nombre. Como dice uno de los personajes: “El nombre es lo de menos. Importa mucho más su historia: importa que durante veinte años en Lloret de Mar Funes llevara aquella vida de jubilado antes de tiempo, de funcionario sin plaza que ocupar, de guardián en espera de alguna orden que lo movilizara al frente de un combate que nunca terminaba de llegar, y acumulara así tantos sueños y deseos en el cajón de su escritorio, que acabara convertido en una presa cargada de agua, hasta el punto que estalló no porque abrieran los compuertas sino porque no había paredes de cemento capaces de retener tanta presión”.

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