Cada amanecer, la playa de ses Figueretes, de Ibiza ciudad, despierta con un panorama que alarma a sus residentes: decenas de jóvenes tumbados sobre la arena. Unos, con lo puesto, tras pasar una noche de fiesta; otros, con la mochila cerca, donde guardan los currículums que repartirán durante el día, buscando trabajo en la isla. La estampa se repite desde hace días y los vecinos ya no saben cómo calificarla.
Las fotografías, tomadas en dos días consecutivos (ayer miércoles y hoy jueves) en torno a las 8 de la mañana, muestran a grupos de personas descansando a la intemperie en plena zona urbana. Algunos directamente sobre la arena. Otros sobre la pasarela del Passeig de ses Pitiüses.
El fenómeno mezcla dos realidades distintas pero igualmente visibles: quienes llegan a Ibiza sin alojamiento tras salir de fiesta y quienes aterrizan en la isla en busca de empleo de temporada sin recursos para pagar una habitación.

«Son fotos de dos días consecutivos. Cada día igual. Y lo que me preocupa es que frente al férreo control que hay con los perros en la playa, con esto no hay ningún tipo de control. La imagen que da es deplorable», explica una vecina del barrio que prefiere no revelar su identidad.
La mayoría de quienes pasan así la noche son hombres jóvenes pero también se ha visto a personas de más edad pernoctando en estas circunstancias. «No podemos descartar tampoco que alguno sea trabajador en la isla sin vivienda», añaden los testigos.
La indignación no es solo estética. La presencia masiva se asocia también a un aumento de residuos en la zona y otros problemas de salubridad. El contraste que más irrita a los afectados es la asimetría normativa: «en ses Figueretes está prohibido acceder a la playa con perros y los controles son habituales, vale. Sin embargo, el botellón nocturno y esto no lo controla nadie, no es normal», critica otro transeúnte que, precisamente, pasea al perro «por la zona permitida», bromea.
Una vecina del barrio reconoce algo que resume el hartazgo de muchos residentes: el año que viene, se marcha de la isla. «Una más», explica a Noudiari. Después de 40 años establecida en la isla, ella y su familia, salvo un miembro, se han ido yendo todos.







