Tras varios discos instrumentales donde había enseñado todo su potencial como bajista y compositor, Michael Pipoquinha (Limoeiro do Norte, Ceará, Brasil, 1996) quiso dar a luz las canciones –con letra– que llevaba un tiempo escribiendo. No buscó vocalistas para grabarlas; él mismo se puso detrás del micrófono. El resultado es Minha pele, una sonora campanada de la música brasileña contemporánea que el público del Eivissa Jazz podrá saborear el próximo sábado en el Baluard de Santa Llúcia: las entradas a la venta en la web del festival ibicenco. La víspera, Pipoquinha y su banda habrán subido a las tablas de uno de los clubes jazzeros con más solera del sur de Europa: el Jamboree de Barcelona.
¿Cuánto te influyeron los ritmos del Nordeste brasileño en su educación musical?
Mucho, mucho. Salí de allí con catorce años y todo lo que hago desde entonces tiene influencia del Nordeste.
En São Paulo y Rio de Janeiro es fácil encontrar nordestinos. Incluso nietos o bisnietos de los que emigraron se siguen definiendo así. La identidad de tu región natal es muy fuerte.
Es una región muy sufrida. Por la pobreza, por las injusticias y por un clima muy seco. Quizás por todo ello, la cultura más fuerte de Brasil venga del Nordeste. Allí desembarcaron a los primeros negros y empezó la samba. Luego la música y otras tradiciones se esparcieron por el resto del país, pero las mayores tendencias artísticas del país proceden de Salvador y Bahía para arriba. Y cada lugar es diferente: Recife no tiene nada que ver con Ceará. Puedes encontrar miles de estilos musicales en el Nordeste.
Tu apodo, Pipoquinha, se lo debes a tu padre, Elisvan Silva. Lo llamaban Pipoca, que en portugués significa palomita. Y era bajista.
Tocaba, de niño, la percusión en los forrós, las fiestas populares de nuestra región, con mi abuelo. Con quince, cogió el bajo y se hizo músico profesional. Durante muchos años, sustentó la vida de mi familia tocando por todos lados. De sus viajes, traía muchos cassettes y cedés; de música buena. Fue la primera persona que me incentivó a colocarme en la música. Un profesor… y un santo [ríe].
¿El bajo fue tu primer instrumento?
Sí, pero como un juguete. El primer instrumento que aprendí con clases fue el violão, la guitarra clásica. Tenía nueve años y mi padre me regaló una guitarra chiquitita. De ahí, años después, regresé al bajo. Toqué mucho en la iglesia, donde tuve mi primera banda y descubrí a compartir esta pasión con otros jóvenes sedientos de música. Comenzaba internet y, durante esa época de adolescencia, saqué muchísima música. Cuando mi padre volvía de viaje, me preguntaba: “¿Pero dónde aprendiste ese tema?”
Tienes muchos temas en todos tus discos que combinan estilos. Una canción puede arrancar jazzera y acabar en clave de funk. Y, por medio, se cuela el folk brasilero.
Siempre fui muy fan de la mistura. Creo que mis discos son todos diferentes porque estoy en movimiento. Tengo curiosidad y presto atención a géneros muy distintos, a la música en general, diría. Es la manera de componer simple… que no simplón. El último álbum es el primero que no es instrumental. Canto en todos los temas.
¿Le diste muchas vueltas a grabar tu voz… y a escribir tus propias letras?
Siempre me gustó cantar en casa y, en algunas ocasiones, también canté en la iglesia. Pero cuando empecé en serio con el bajo, dejé de ponerlo en práctica. Lo que ocurrió es que hace tres años se despertó mi interés por escribir letras: se te abre un universo muy grande cuando puedes hablar de lo que sientes, homenajear a alguien que admiras o comentar algo importante que esté sucediendo a tu alrededor. Cuando las tenía más o menos listas, me dije: “¡Caramba! ¿Quién va a cantar eso? ¡Pues yo mismo!”
Brasil es una fuente inagotable de cantautores. ¿Los has tenido muy presentes? ¿Imponen los nombres míticos?
Yo creo que el oro musical de nuestro país es la canción y sus autores. Claro que hay música instrumental maravillosa, pero la combinación de esa raíz con las historias… me apasiona. Mis héroes siempre fueron Gilberto Gil, Javan, Dominguinhos, Luís Gonzaga… Ahora me siento en medio de un aprendizaje. Como cantor y como escritor. Y es un camino sin fin. El primer tema que escribí es el que da nombre al disco: hablo sobre el color de mi piel.
¿Denunciar el racismo a través tiene consecuencias en Brasil? Las elecciones federales están a la vuelta de la esquina. Se celebrarán el 4 de octubre y el ambiente parece muy polarizado.
Fue peor con Bolsonaro en el poder, pero es verdad que con las elecciones está todo a flor de piel. Es un año punky [ríe] para los brasileños. Pero yo siempre quise hablar sobre el racismo y vi que tenía que ser a través de la música.
Cuando compones, ¿qué nace antes? ¿Las palabras, la melodía o una rueda de acordes?
Casi siempre compongo con la guitarra. Con Minha Pele empecé a sacar un riff… me imaginé la letra y empecé a cantarla. La dejé lista y me puse con la música. Hay canciones que escribo muy rápido y, en cambio, otras necesitaron semanas, incluso meses, para tener una letra terminada. Lo importante es saber quién eres tú y de qué asuntos quieres hablar. Por eso, la xenofobia y todos los prejuicios y complejos que hay sobre el Nordeste tenían que estar igual que las canciones que le dedico a mi padre y a mi madre; a algunos amores; o a los bajistas que han sido importantes para mí. Alguno, como Richard Bona, han participado en el disco.
Richard Bona estuvo en el festival de jazz de Formentera hace un par de meses y dejó el listón muy alto.
Es un tipo increíble. Sus discos han sido fundamentales para mí. Puertas y ventanas que se abren para descubrir nuevas formas de tocar el bajo.
¿Cuál es tu fórmula para conjuntar a los músicos que suben al escenario contigo?
Yo comencé mi carrera como solista porque soñaba con ser Jaco Pastorius o Artur Maia: bajistas que hacían muy bien las dos funciones, tanto los solos (donde me ayuda mucho haber estudiado guitarra) como las líneas graves, las introducciones o los acordes. Pero si algo me fascinó fueron los músicos que eran capaces de subirse con su instrumento a un escenario y dar un concierto por sí mismos, sin el apoyo de una banda. Tocaran lo que tocaran. A un bajo se le pueden extraer muchas más capacidades de las que piensa mucha gente. Es casi un piano de cuatro, cinco o seis cuerdas.
¿Qué esperas de tu primera vez en Eivissa?
Estoy ansioso por tocar en un festival tan legal; tan genial, como decimos los brasileños. Va a ser un lujo actuar en un lugar tan lindo –ya vi fotos– con mis amigos. Tengo una deuda pendiente con España porque, aunque toqué una vez en Madrid, tuve que salir corriendo porque fue un día antes de que empezara el confinamiento por el covid.
¿Bailaremos? El último concierto del Eivissa Jazz suele ser uno de los más animados.
¡Habrá de todo! Tengo músicas para justamente eso: para bailar, danzar, enamorarse, ser feliz. Sobre todo, las canciones con letra. Luego habrá temas instrumentales más reflexivos. Uma mistura boa.






