Antes de entrar en el bosque y llegar a las ruinas de la casa, Dersu se quitó los zapatos ya que lo sagrado de su tierra se hallaba en los montes y en los ríos y en aquel sendero que apenas se veía entre las plantas y lo relacionaba con un antiguo enchufe empotrado en una de las paredes.
Sabía el camino pero no la hora y esperó a que apareciese la niña del bosque que vivía allí, que llegase con sus pies desnudos y le diera alegría a sus ojos.
La frondosidad del bosque era tal que no dejaba pasar la luz del sol y Dersu ignoraba si el cielo estaba oscuro o despejado.
Llegando la niña, le preguntó Dersu:
—¿ Cuándo veremos la hora dorada ?
—La luz del sol está llegando.
—Quiero despedirme de las ruinas, del enchufe y del piano.
—La niebla vino esta mañana una vez más. Las piedras sí las verás pronto tocadas por el sol y el enchufe, donde siempre estuvo.
Enfadada:
—¿ Por qué das tanto misterio al enchufe y a las ruinas cuando las toca el sol ? Tú me conoces hace tiempo y no me invitas fuera del bosque…
—Cuando eras niña te veía con las nueces que alimentabas al petirrojo de no sé qué tierras y pensé que ya cruzaste el torrente para llegar al pueblo. Te sigo viendo como a esta luz y a la niebla, tú eres el paisaje.
—Siempre viste más grietas en la piedra que en mi cara. No sé si te lo agradeceré un día pero yo siempre fui mujer. Te acompañaré a las ruinas de mi casa para que la veas con la luz de setiembre.
Ahora entraba la luz lateral del sol y realzaba los relieves de todo lo que les rodeaba: una única gota de rocio en la telaraña, el musgo era de color verde, las hojas recordaban el color de la naranja y la cara de la niña del bosque que aguardaba un pellizco cariñoso…
—Mírame ! Soy yo aunque no tenga las grietas de las rocas en mi cara.
Dersu asintió en silencio y prosiguieron por el camino hacia el enchufe.
Ya en las ruinas de la casa de la niña, tocadas por esa luz, observó minuciosamente aquel enchufe blanco y de plástico, realmente parecía una cara pequeña llena de sorpresa y de pronto una melancolía que sí supo entender le golpeó el pecho. Prestó atención a su respiración, tomó aire por la nariz y soltándolo por la boca varias veces encontró alivio y sintió la mano de la niña que lo confortaba.
Tocó el enchufe de la casa con un gesto tierno y clareada por la luz lateral del sol, la niña del bosque vio como una lágrima de Dersu se convertía en una pequeña joya que fluía por su cara.
—Desde el enchufe yo os abrigaba…
Salieron al exterior y Dersu no apreció el cambio de luz que destacaba en el cielo. Era hermosa y aunque la niña le apretaba la mano queriendo dirigir su mirada hacia el cielo, Dersu se encontraba inmerso en su pensar.
A cierta distancia se distinguía otra ruina y allí llegaron. Rodeada de vegetación y ya la luz siendo azul, un piano que bien recuerda Dersu aún ocupa el espacio que la naturaleza le dio un día. Apartó unas ramas que cayeron sobre las teclas negras y se alejaron.
Acabando el día, Dersu y la niña del bosque cruzaron el torrente seco y aunque seco estuviese y sin riesgo para ella, Dersu le ofreció su brazo para que se apoyara y si bien la fragancia de las adelfas del torrente destacaba, el perfume de la niña también encontraba su lugar.
Jaume Torres






