Ana María Marco de Lucas ha ejercido de pediatra en el Centro de Salud de Es Viver y actualmente desarrolla su profesión en el Centro de Salud de Sant Antoni. Se formó en el hospital de la Vall d’Hebrón de Barcelona y ejerció como pediatra en Barcelona y Santander antes de instalarse definitivamente en Ibiza. Se ha implicado activamente en la iniciativa de decenas de familias de Ibiza para la firma de un pacto en el que se comprometen a no entregar el teléfono móvil a sus hijos antes de los 16 años.
—Según un informe del Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 del Gobierno de España, en el que se realizó una encuesta a 2.316 familias con hijos de 6 a 13 años, los niños reciben en España su primer móvil a los 9 años y 10 meses. Debo admitir que me ha sorprendido, ya que pensaba que el primer teléfono se compraba más tarde.
—Si estuvieras en una consulta de Pediatría no te sorprenderías. Hay niños que ya están con móvil a los 8 años. Y a los 7. Yo me los he encontrado y es lo más normal del mundo para las familias y para ellos.
—¿Qué responden los padres cuando les plantea que quizá sea un poco prematuro que tengan un teléfono a esa edad?
—Dicen que no lo usa todo el día, que solo lo coge cuando quiere mirar Internet o cuando quiere hacer sus vídeos. Ellos lo normalizan todo. Es algo muy triste porque las familias no se plantean siquiera que sus hijos puedan estar al margen del móvil. Los padres normalizan que todos los niños lo necesiten porque necesitan una vida social. Y sin el móvil no hay vida social. Para la mayoría de los padres, el teléfono ni siquiera es un problema.
—¿En qué momento le empezó a preocupar este tema?
—Cuando mis hijos se hacen adolescentes y veo que todos sus compañeros están empezando a llevar el móvil a clase. También sucedió que empezamos a ver casos en Pediatría. Yo todavía vivía en Santander cuando tuve el caso de una niña de 12 años que, entrando en redes, encontró a alguien que le pagaba dinero para que le mandara fotos desnuda. Los padres no tenían ni idea del tema. Lo descubrió el padre, que era informático, cuando revisó el ordenador porque se estropeó y entonces encontró las imágenes. El mundo que tiene muchos peligros. Este caso que te acabo de citar no es habitual, no es un caso que te encuentres cada día. Pero casos de depresiones, de ansiedad, de acoso, sí los hay, y es terrible.
El acoso escolar ahora ya no acaba cuando salen de la escuela, porque te siguen escribiendo y te siguen llegando mensajes. Un niño que va recibiendo todo el día mensajes de acoso y esto les desquicia. Es una forma de facilitar el acoso. Es poner a un click la posibilidad de escupirle a alguien en grupo. Para el chaval es algo terrible.
—Señaláis que otro problema que genera es de déficit de la atención.
—Afecta muchísimo y está relacionado con recibir información continuamente, imágenes rápidas que te van dando los chutes de dopamina, como dicen los neurólogos, y que hace que todo lo demás le aburra. Y a la hora de estudiar se ven muchísimos problemas.

—¿De qué manera afecta también los hábitos de sueño?
—Hay muchísimos adolescentes que tienen alterado el sueño, que se conectan a pantallas durante toda la noche y a la mañana siguiente tienen que ir a clase. Imagínate en qué condiciones están. Jóvenes que duermen con el móvil en la almohada. Y a los más pequeños también, que los papás les compran una tablet con conexión a internet para que vean dibujos. Si te fijas en los carritos, están ya de muy pequeños con las pantallas. Y ya no te digo si están sentados en un restaurante. O si el niño llora en el coche. Siempre hay una excusa para que el niño se calle con una pantalla. Una pantalla simplemente es conexión con dopamina.
—¿Hay ya literatura médica al respecto?
—Han salido cosas. Leí La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes (Ed. Deusto) de Jonathan Haidt, porque sigo unos podcasts americanos de pediatría y lo recomendaban para evitar el uso del móvil y saber sus peligros.
—Pero en este caso también hay mucha responsabilidad de los padres.
—Los padres tenemos mucha culpa. Muchos padres ven con el móvil la posibilidad de controlar dónde está el niño, que es algo que genera mucha ansiedad. «Si le pasa algo, me va a avisar», te dices. Aquí se da una paradoja. Hay como una sobreprotección sobre los chavales, no se les deja nunca solos, no se les deja volar, no se les da la responsabilidad de que vayan a dar una vuelta, pero en cambio se les deja abandonados en el tema del teléfono. Tanto miedo para dejar algunas cosas a los chavales y tan poco para otros. Luego están los chiquitines, los bebés, que están abandonados porque sus padres están todo el día enganchados a la pantalla. El retraso en el lenguaje es evidente. Ahora, a los dos años son muy pocos los niños que hablan, y antes a esa edad hablaban.
—¿Esto se ha podido comprobar?
—Eso lo comentan todos los artículos. Y nosotros en la consulta lo hemos visto. En la revisión de los dos años vemos lo que se llama la explosión del lenguaje. Empiezan al año a hablar y a los dos años ya están a tope desarrollando esta habilidad. Pero ahora, cada vez más, hay niños que a los dos años dicen mamá, papá y poco más. Hemos hecho un retroceso, lo hemos empezado a ver y esto va en aumento.
—¿En qué otras cosas se está retrocediendo?
—La interacción, muy pobre. Los primeros años son definitivos para la formación de ese cerebro y ese carácter y esa manera de actuar. Y si tú en esos años no tienes hermanos y tus padres están enganchados al móvil… mal asunto. Las cosas han cambiado. Cuando empecé pediatría yo le decía a las madres que si lo podían evitar, no llevaran al niño a la guardería. Ahora les digo a todos lo contrario, que lo lleven a la guardería porque es su única manera de socializar. Es un tiempo sin móviles, tiempo de interacción total con otros niños. Porque eso es fundamental para el desarrollo. Hasta los tres años es el momento de máxima plasticidad del cerebro, donde se establecen las conexiones neuronales más fundamentales, son años definitivos, pero luego el desarrollo sigue.
—Sin embargo, hay que reconocer que la presión a los padres para que le compren el teléfono a sus hijos es muy fuerte.
—Tienen miedo a que su hijo quede aislado, a que lo dejen aparte, que se quede fuera de las conversaciones. Las redes sociales son así. Se dicen, ‘no quiero que mi hijo sea el raro de la clase’, y por ese el motivo todos los padres dan el móvil. En esa edad, los niños están obsesionados con la aprobación del grupo.





