Si has visto 53 domingos de Cesc Gay, actualmente la película más vista en Netflix España, probablemente recuerdes algo más que las interpretaciones de Javier Gutiérrez, Javier Cámara, Carmen Machi y Alexandra Jiménez. Hay una quinta protagonista silenciosa: la casa. Un espacio con carisma, donde cada objeto parece tener intención. Como ese jarrón con ‘carácter’ que, sin decir una palabra, también actúa como testigo de la relación conflictiva —y a ratos infantil— entre los hermanos protagonistas.
Lo que probablemente no sepas es que, detrás de esa construcción minuciosa del espacio está una ibicenca: Paula de Granvar, nombre artístico de esta directora de arte y/o decoradora de sets y escenarios en algunas de las producciones más interesantes de cine y plataformas en nuestro país, ha sido, en el caso de 53 domingos, una de las responsables de que ese universo funcione, de que cada rincón tenga sentido narrativo y de que el espectador crea que esa casa existe más allá de la pantalla. Pero [spoiler] ese piso no existe, es todo un decorado: «está totalmente construido en un plató», confiesa Paula de Granvar a Noudiari. En este caso ha trabajado como decoradora mano a mano con Anna Pujol, que fue la production designer y la diseñadora de la construcción.

Pero esta creadora es mucho más que su faceta en el cine, porque si algo define la trayectoria de Granvar es precisamente eso: crear mundos.
Formada en Comunicación Audiovisual y especializada en dirección de arte en la prestigiosa Escuela de Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid (ECAM), uno de sus trabajos consiste en algo que ella misma resume con precisión: “trasladar a la realidad los espacios que describe un guion”. Pero en su caso, esa definición se queda corta. Lo suyo no es solo pensar o construir decorados.
Su vocación, en realidad, viene de lejos. Crecida en una casa bastante aislada en el entorno rural Ibiza, ya de niña echaba mano de la imaginación para levantar cabañas, inventar escenarios y fotografiar pequeñas historias improvisadas ‘usando’ a un vecino y a su perro de modelos para que posaran para ella.
Años más tarde, durante su etapa como fotógrafa en el desaparecido (y añorado) diario Última Hora Ibiza y Formentera, y con un maestro como Germán G. Lama a su lado, adquirió una base visual sólida y una capacidad de adaptación clave: cubrir desde un partido de fútbol hasta una rueda de prensa o un retrato de un entrevistado, pero siempre con la misma exigencia narrativa y las ganas e innovar y no quemarse.
Pero fue al descubrir la dirección de arte cuando entendió que su lugar estaba incluso detrás de la imagen principal, en todo aquello que la sostiene.

Desde entonces y con mucho esfuerzo (se curtió creando cortos y videoclips) ha construido una carrera sólida dentro de la industria audiovisual española, participando en producciones de primer nivel. Además de en la reciente 53 domingos, ha trabajado en títulos como El reino, El guardián invisible, Reina Roja y ha sido directora de arte en proyectos como La Canción, Valle de sombras o La deuda y también formó parte del universo cinematográfico de la película de Coixet Nieve en Benidorm.

Uno de los hitos más recientes en su carrera es Día de caza, dirigida por Pedro Aguilera y en la que se ocupó la dirección de arte, especialmente compleja. Reinterpretación del clásico de Carlos Saura La caza, cuenta con un reparto que incluye a Rossy de Palma, Blanca Portillo y, de nuevo, Carmen Machi. Este proyecto supuso para Granvar “un regalo”: una oportunidad de dialogar con la historia del cine desde el presente, construyendo un universo visual propio sobre un imaginario ya icónico.
Sin embargo, su trabajo —como el de muchos profesionales del departamento de arte— suele pasar desapercibido. Y ahí está precisamente su complejidad: crear espacios que parecen naturales, invisibles, pero que están cuidadosamente diseñados para reforzar el relato. Casas que no existen, localizaciones transformadas, objetos que hablan sin ser protagonistas… o que, como en 53 domingos, acaban siéndolo.

La conexión con Ibiza atraviesa toda su obra. En el cine, introduce pequeños guiños —una figura de payesa en un despacho, un cuadro de Ibiza en una pared de fondo, una cerámica ibicenca— como una especie de firma oculta.
El giro hacia la joyería: intuición y origen
El nivel de exigencia del cine tiene un coste. Jornadas de más de 12 horas, ritmos intensos y una industria poco conciliadora la llevaron a replantearse su modelo de vida. “Es un mundo que te da mucho, pero también te lo pide todo”, resume.
“El cine es un mundo muy exigente, que te da mucho pero también te pide todo”, señala. Esa reflexión, sumada a su deseo de volver a Ibiza, marcó un punto de inflexión: reducir el número de proyectos en el cine y buscar un equilibrio más sostenible con su otra faceta como joyera.
Ese punto de inflexión marcó el inicio de una segunda vía creativa.
Casi por casualidad —buscando unos pendientes de serpiente (animal que la obsesiona desde que ha invadido Ibiza) que nunca encontró— empezó a interesarse por la joyería. Se formó en Florencia y en Madrid, y lo que comenzó como un hobby terminó convirtiéndose en un proyecto sólido: Granvar Studio. Un proyecto que, además, fue reconocido con el primer premio del Foro de Emprendedores Ingenion de Santa Eulària, el mes de noviembre pasado, lo que le permitió estructurar su marca y abrirse camino en Ibiza, incluyendo su presencia en el emblemáticomercadillo de Las Dalias.


Su propuesta en joyería sigue, de alguna manera, la misma lógica que su trabajo en cine: interpretar, reinterpretar… En este caso, la tradición ibicenca. La “emprendada” tradicional se transforma en piezas contemporáneas gracias al uso de materiales como el metacrilato, que ella conoce muy bien de los rodajes, donde se usa mucho. El resultado son joyas ligeras, accesibles, sin duda modernas, pero cargadas de significado y conexión con las raíces.
Porque, como en sus decorados, también aquí hay relato. Granvar no solo diseña piezas: explica su origen, reivindica la cultura ibicenca y desmonta la imagen superficial de la isla. Introduce símbolos, referencias y pequeñas historias, ya sea en un colgante o en un objeto dentro de una escena.



Su enfoque no busca únicamente replicar las piezas tradicionales en oro o plata, sino traducirlas a un lenguaje actual, más accesible y cotidiano. “Es una forma de acercar esa historia a más gente”, explica. Además, tiene otras líneas creativas en las que trabaja otros materiales y formas, una joyería de autora.
Hoy, su vida se mueve entre dos mundos que en realidad son uno: el cine y la artesanía. Compagina proyectos audiovisuales —seleccionados con más calma— con el desarrollo de su marca, mientras explora nuevas vías como la dirección con trabajos más personales. Ahí encaja Tribu, un cortometraje que ha rodado en Ibiza como directora junto a Ana Vide, actriz y creadora de la idea original, y Ana Olivia Fiol Mateu, productora. El corto gira en torno a la maternidad (coincidió con el segundo embarazo de Ana Vide) y para Paula ha sido un proyecto «muy especial», no solo por hacerlo en Ibiza sino porque han escrito el guion entre las tres y fue «un proceso precioso, que he disfrutado muchísimo», valora.

Su objetivo, al menos por ahora, no es elegir entre sus dos mundos, sino construir un equilibrio. No es fácil pero lo va consiguiendo a fuerza de muchos viajes y no poco teletrabajo, pero siempre con su taller y su isla como refugio creativo.
Porque, ya sea diseñando una casa que se convierte en personaje o una joya que conecta con la tradición, Paula de Granvar sigue haciendo lo mismo que cuando era esa niña solitaria en Ibiza: imaginar, construir y contar historias.
Puedes conocer más sobre Paula de Gravar en su perfil y en su perfil de joyería @granvar_studio





