Marina Ribas (Eivissa, 1989) se define como una payesa de pa sucat amb oli, algo así como una payesa de andar por casa. Esta semana, su nuevo libro Fer brou per se lliure [Hacer caldo para ser libre] llega a las librerías para compartir, con la cocina de trasfondo y eje vertebrador, una manera de habitar esta isla y el mundo en el que vivimos. Ribas reclama la cocina como lugar de cuidado y sobre todo como forma de comunidad revolucionaria para dejar atrás el individualismo y la soledad.
Son algunas de las claves que navega en esta publicación, su segunda tras Recetas ketomediterráneas (Larousse). Hasta ahora también comparte su visión de la alimentación en su página de la plataforma Substack, Es rebost de na Marina Ribas, que compagina con su trabajo como responsable de Comunicación y Formación en el Cátering s’Olivera, que ofrece servicio de comidas a los comedores de un gran número de escuelas en Ibiza.
Editado por el sello Bruguera, de Penguin, y en catalán, Ribas publica en este libro 15 ensayos que recorren temas profundamente ligados con los alimentos en su vertiente más política y vital, como el feminismo, la soberanía alimentaria, la conservación del territorio o la memoria de su abuela.
El próximo día20 de marzo, este viernes a partir de las 19 horas, Ribas presentará Fer brou per ser lliure, en la librería Sa Cultural, acompañada por su amiga y técnica de Política Lingüística del Consell de Eivissa, Marta Guasch. Para Ribas, esta charla y esta publicación son una oportunidad para conversar sobre una nueva manera liberadora de ejercer nuestro poder y autonomía a través de la comida.

Fer brou per ser lliure… ¿Qué propone en esta lectura?
Fer brou per ser lliure es una colección de 15 ensayos cortos mezclados con vivencias personales. En el prólogo ya comento que para mí la escritura es un acto puramente egoísta. Los 15 textos tienen como eje vertebral la cocina y la alimentación y realmente son un pretexto para hablar de otros temas que siempre me han preocupado o me han interesado mucho: los cuidados, cuestiones políticas relacionadas con el feminismo, con el estilo de vida actual, con la soberanía alimentaria, la conservación del entorno y del turismo en la isla…
La alimentación da pie a hablar de muchísimas cosas porque es un acto fisiológico que todos llevamos a cabo sí o sí dos o tres veces al día y no nos percatamos de que detrás de este pequeño acto que solo consideramos como fisiológico se esconde una manera de estar en el mundo y entenderlo, que es a través de la comida.
¿Y de qué nos tiene que liberar exactamente hacer caldo?
Sobre todo de las zarpas de la industria alimentaria y de esta falta de tiempo que nos arrolla como sociedad. De esta falta de tiempo y de este cansancio generalizado se aprovecha la industria alimentaria, sobre todo, porque cada vez comemos más ultraprocesados y dedicamos más tiempo a comer.
Esto tiene mucho que ver con el estilo de vida que llevamos y con una pérdida de conocimientos y una pérdida de transmisión de sabiduría gastronómica, alimentaria, culinaria, que se ha ido perdiendo, porque hemos dejado de considerar la alimentación como una cuestión de casa [doméstica].

Entonces, esto tiene que ver con muchos aspectos, desde la aparición de la mujer en el mundo laboral hasta la aparición de la comida precocinada. Pero si hacemos un repaso, a lo largo del tiempo veremos que este acto relativamente simple de hacer caldo en casa esconde, o tiene como escenario de fondo, hacer una pequeña revolución en nuestras cocinas. Una pequeña revolución que es decir: yo preparo en el tiempo que haga falta un simple caldo en mi cocina porque no me da la gana comprar un caldo preparado. Osea no me robaréis más soberanía alimentaria y no me robaréis más tiempo.
¿Qué quiere que hemos dejado de considerar la alimentación como una cuestión doméstica?
La alimentación era un pilar que sostenía a las familias pero también es cierto que de esta alimentación solían encargarse las mujeres, en casa. Con la incorporación de la mujer al mercado laboral esta figura que se encarga de ir al mercado, encargarse de cocinar y de transmitir estos saberes desaparece. Y no desaparece por culpa del feminismo, porque alguien me puede decir, ¿qué quieres, que las mujeres se queden en casa cocinando? No, al contrario, lo que quiero es que haya una equidad real. El problema es que en la mayoría de casas esta tarea sigue recayendo sobre las mujeres, que ya no solo trabajan en casa sino también fuera de casa. Ha faltado que la igualdad entre en las cocinas y estos saberes gastronómicos alcancen a los hombres.
Creo que estamos llegando ahí, aún falta, pero sigue siendo curioso que de “los grandes cocineros”, la mayoría son hombres, y en las casas las que siempre han cocinado son las mujeres.
Entonces los amos de casa tienen que cocinar caldo y hacernos libres, ¿no? (Risas)
Estaría muy bien. Lo que sí pienso es que tiene que haber un repartimiento de tareas real. Y que el caldo se haga en casa y lo hagan tanto ellos como ellas. Que todos sepan hacerlo.
Es una forma de reclamar las soberanía alimentaria, entonces, de mirar hacia la tierra. En el libro hay 15 ensayos, con temas como los cuidados, el ecologismo… Son temas que siempre han ido muy ligados al feminismo.
No puedo evitar esta mirada feminista porque es un tema con el que estoy muy sensibilizada. Hay un capítulo en el libro llamado L’estrany cas de la cuina minvant [El extraño caso de la cocina menguante], y habla de cómo cada vez las cocinas se hacen más pequeñas porque se cocina menos en las casas. Año tras año las ventas de alimentos ultraprocesados y precocinados aumentan, y aumentan mucho en España. No hay un repartimiento real de tareas, y tenemos que hacer este trabajo de entender que esto nos interpela a todas.
El hecho de que cada vez las cocinas sean más pequeñas nos da pie incluso a hablar de una cuestión arquitectónica, el que una mujer esté “encerrada” en un espacio pequeño cocinando. En este capítulo también menciono la importancia de las cocinas colectivas en Latinoamérica, donde la cocina ha servido como espacio y herramienta política para muchas mujeres. Juntarse a cocinar con otras mujeres para hacer una revolución. Una cocina no es solo un espacio de cuidados en el sentido más puro, sino que también puede convertirse en un espacio de revolución.
¿Cómo ha llegado hasta este punto? Usted es graduada en Dietética y Nutrición y ejerció como nutricionista clínica pero no desde 2024…
Ha sido una mezcla de cosas pero creo que tuvo mucho que ver con una sensación que explico en uno de los ensayos, que se llama Vosté té colon irritable [Usted tiene colon irritable]. Es una sensación de que estamos individualizando problemas que son estructurales. Vemos que hay muchas personas con problemas de colon irritable, personas con migrañas, problemas digestivos, niveles de estrés elevadísimos, ansiedad, etc. Y evidentemente la dietética tiene la función de mejorar la calidad de vida de las personas que sufren estos problemas. ¿Pero es la alimentación la causa de estos problemas o es una cuestión mucho más estructural relacionada con el hecho de que la gente trabaja muchísimas horas fuera de casa, tienen dificultades para llegar a fin de mes porque tienen una porquería de sueldo, porque tenemos un problema de vivienda gravísimo, o porque las generaciones más jóvenes se han encontrado con una emergencia medioambiental que nos cae encima?
Tenía una extraña sensación de estar poniendo parches a cuestiones que eran más profundas que quitar el gluten de la dieta. Empecé a tener disonancia cognitiva, no estaba a gusto con lo que hacía por esta sensación de estar poniendo parches y pensé que necesitaba reflexionar y que la gente reflexionase sobre esta tarea y las problemáticas que tenemos y cómo solucionarlas.

No son problemas individuales, que es lo que nos quieren hacer creer. Si tenemos un problema de estrés que afecta al intestino la solución no son 25 técnicas de respiración y un curso de mindfulness, sino mejoras laborales y una vivienda a precio digno.
Pasé de la nutrición de una perspectiva dura y científica a una visión más humanista tras trabajar en consulta y de ver que: alerta, estamos convirtiendo cuestiones estructurales en problemas individuales.
El libro se estructura en 15 ensayos. ¿Hay recetas?
Más que recetas explico cómo hago algunas cosas pero hay sobre todo historias. Hay un capítulo, Cuinant contra la desmemòria [Cocinando contra la desmemoria], en el que hablo de mi abuela y se cuelan algunas recetas, momentos de cocinar juntas y elementos más personales pero no es un libro de recetas, hablo más de la vida. La cocina actúa como eje vertebrador pero hablo de personas y de todo lo que nos rodea.
¿Podría haber escrito un libro como este viviendo en otra isla? Porque habla mucho de territorio y esta isla sufre.
Precisamente hay un capítulo que se llama Tourists go home [Turistas, váyanse a casa], y no podría haber escrito sobre esto si no viviera en Ibiza, es Ibiza pura y dura. Hablo por ejemplo de uno de los primeros movimientos – ahora le llamarían turismofóbico –, pero uno de los primeros movimientos en 2001 para defender el Parc Natural de Ses Salines.
Una de las cosas que escribo es: “Como ibicenca siempre he tenido un gran vínculo con esta isla pero a la vez una sensación extraña de pertenencia de forma irreal, onírica, porque siempre me he identificado con un pasado que no he conocido, e imaginar un futuro es amargo y tedioso”. Somos de una generación que está como en un limbo extraño porque hemos heredado un pasado muy tradicional y nos hemos encontrado en el presente con las consecuencias de un turismo devastador. Nos sentimos incluso extranjeros en nuestra tierra.
La idea es preguntar cómo podemos encontrar nuestra propia identidad en un territorio que ha cambiado tanto en tan poco tiempo y parece que nos expulsa en lugar de invitarnos a quedarnos.
¿Cuál es la intersección con la cocina en esta cuestión?
Una cosa que siempre me ha hecho gracia ha sido recordar lo que nos han dicho muchas veces de fuera, aquello de “si no fuera por nosotros comeríais algarrobas”. En la actualidad ves que este precio se ha disparado y ya es un superfood, healthy [un súper alimento, sano], que da para hacer cremas y cacaos… Hemos pasado de ser “unos pobres muertos de hambre” a que todo el mundo quiera comer algarrobas porque están de moda.
O la langosta, que siempre había sido un alimento incluso humilde, que se comía en las barcas de pesca, y ahora no podemos permitirnos ir a comer una langosta en Ibiza a ningún sitio. Es una isla de contrastes tan increíblemente exagerados que encontrar un punto intermedio es verdaderamente difícil.
¿Qué reflexión espera de los lectores y lectoras?
Creo que no me lo he planteado. Solo quiero compartir mi punto de vista y encontrar gente con quien compartirlo, debatirlo… Y pensar que existe la posibilidad de que pequeños actos, como hacer un caldo, puedan cambiar ese camino que nos lleva cada vez más hacia la industrialización de la alimentación, hacia el individualismo de las personas que cada vez estamos más solas, y ojalá sirva para anirmanos a tejir comunidad y tejer redes de apoyo, animarnos a compartir huerto o a compartir tápers durante la semana. Tenemos que dejar de pensar en términos tan individualistas, que es a lo que nos aboca este mundo tan neoliberal, y recuperar un espíritu de lucha colectiva y comunitaria. Cocinando, cultivando… y recuperando la soberanía alimentarla. Esto empieza por sacar una olla, algo de pollo y hacerse un caldo.
¿Por qué el caldo?
Dedico un capítulo del libro en el que hablo de cómo llegué un día a casa, súper cansada y tentada de llamar a un Glovo para pedir una pizza. Pero al final todo lo que me apetecía era poner un poco de caldo a cocinarse en una olla y mientras doblar cuatro pares de calcetines y ver una temporada de The Bridgerton con ese plato de caldo y unos fideos ricos. Eso no me lo quitará nadie. Que Glovo no me robe este pequeño rato de soberanía alimentaria y de paz que yo misma puedo proporcionarme. No deja de ser echar cuatro cosas a una olla…
Pero hay que tener tiempo y esto no lo tiene todo el mundo.
Muchas veces hay un discurso de “quien no cocina es porque no quiere” y no. Hay veces que alguien está tan cansado que todo lo que quiere es tirarse al sofá y dejar el cerebro en encefalograma plano. Al final todos sabemos cuál es nuestra realidad y siendo conocedora de esa realidad le doy tanta importancia a tejer redes de apoyo. Estamos acostumbrados o bien a vivir solos, si no hay pareja, o que la unidad básica de convivencia sea la unidad familiar. Pero hay muchas maneras de vivir, otras experiencias que nos dicen que se puede vivir de forma colectiva – y no quiere decir que tengamos que vivir todos en una misma casa y seamos unos hippies.
Quiere decir que quizá podemos buscar modelos de cooperativismo, juntarnos y ayudarnos los unos a los otros sin tener que hacer tanta inversión de tiempo. Como por ejemplo intercambiar más tápers con nuestras amigas. Nuestras abuelas ya lo hacían con sus vecinas. En el pueblo las amigas de mi abuela y ella siempre se han dejado colgando en las puertas de las casas una bolsita de huevos, unos cocarrois, pan de ayer para las gallinas… Había un espíritu de cuidarse unas a otras de una manera tan práctica como es con la comida. Y yo creo que nos pueden robar el tiempo pero que no nos roben esto.






