Hace unos días encontré en redes sociales esta viñeta del cómico y dibujante islandés Hugleikur Dagsson.

En ella, una mujer —que enseguida juzgamos como empática y buena, con su corazonito sobre la cabeza de melena rubia y lisa— declara, ilusionada: Yo puedo salvarlo; el hombre, tirado entre botellas de alcohol, latas de cerveza, jeringuillas, efluvios y hedores, parece colgar de un hilo de vida. Nadie querría a ese desecho para su amiga, para su hermana y mucho menos para su hija y, sin embargo, ahí está ella —ahí hemos estado— convencida de que el amor es un desfibrilador universal de despojos humanos. Paparruchas. El machismo también es formar a las mujeres como enfermeras emocionales.
Estos días, cerca del 25N, siempre me gusta acudir a actos —en los que, vaya, vaya, solo somos mujeres en el auditorio— y sumergirme en Youtube donde, afortunadamente, hay muchísimas conferencias interesantes y clarificadoras de un sinfín de temas relacionados con las violencias contra las mujeres.
Por su claridad, Marina Marroquí, educadora social y superviviente de violencia de género, es una de las que más sigo. Lo explica todo con una lucidez brutal y, además, cuenta con el barómetro perfecto: el que encuentra en los institutos que visita. Para ella, el machismo es omnipresente e invisible —como ese hedor que ya ni percibes tras convivir demasiado tiempo con él— y, además, ama los estereotipos y perpetuarlos. Por su experiencia sabe que no hemos evolucionado casi nada. A los chicos con los que habla les siguen gustando «sumisas», «cuidadoras». A ellas, «salvajes con encanto»; un chico “con puntito de malote” y “un poco celoso”. Ahí ven pasión, cuando deberían ver peligro. Y eso acaba exactamente igual que en la viñeta.
Persiste esa idea de amor que nos ha convencido de que si alguien no te cela, no te quiere; si no te duele, no es amor; y si no mueres por él, no vale la pena. Él es oscuro, peligroso, atormentado, pero tú podrás salvarlo. Spoiler: no podrás. Amar no es montar un centro de rehabilitación. Si lo haces, hay muchas posibilidades de que la interna acabes siendo tú.
Lo de transformar monstruos en príncipes solo sucede en los cuentos. Como dice Marina Marroquí: “entre morir de amor y que te maten por amor no hay diferencia: estás muerta igualmente”.
Ni amor romántico ni vampírico ni cinematográfico. Un amor que confunde intensidad con profundidad y necesita del sufrimiento como prueba… es violencia. Huyamos.







Mai he sabut ser un ‘salvatge amb encant’. Tampoc he integrat bé això de tenir un punt de ‘malote’. Sí que he estat gelós, perquè em creia que estimava.
Ella va saber trobar al salvatge amb encant: Malote, gelós, violent.
Jo em vaig quedar fora de joc. Adquirint el paper de l’amic al qual anar a plorar el fracàs de salvar l’estimat maltractador.
Va acabar malament, clar.
El judici, perquè ella va acabar denunciant, va servir perquè ell se’n sortís sense màcula. Ella va quedar tocada durant un temps. Jo vaig ser invisible en el procés.
I, sí, a vegades caic en l’error de pensar que ella s’ho va buscar, perquè podia triar. A voltes em castigo creient que si hagués estat més expeditiu, efervescent, possessiu, ella hauria romàs al meu costat en comptes d’anar a trobar allò en l’altre.
Amb el temps, he sabut apreciar el fet de conviure amb ningú de parella, he après a relativitzar les baixes passions i he entès que érem joves, insegurs, necessitats d’estima, passió, estímuls. Els tres.
Espero que si algun dia ella em troba tirat a terra entre alcohol, drogues i brutor, reprimeixi els seus ànims de canviar-me i passi de llarg.