En mi opinión, la mal llamada IA (Inteligencia Artificial) es, en esencia, una aceleración de procesos informáticos que ya existían. No supone un punto de partida, sino un salto de escala: más velocidad, más capacidad de procesamiento y poco más. Lo cierto es que ese acelerador apenas está empezando y, previsiblemente, irá a fondo. Sin embargo, la idea de trasfondo del “capitalismo” como muro invisible e infranqueable, el fin de la historia o la sensación de vivir en un presente perpetuo, donde parece imposible imaginar un futuro distinto y donde la IA nos deja en un segundo plano, sin trabajo ni aptitudes, no dejan de ser narrativas fatalistas que paralizan la discusión.
En realidad, la IA y la tecnocracia pueden mejorar la experiencia social en la medida en que no se subordinen a cuatro tecnobros que operen sin control. En otras palabras, no es tanto el qué como el cómo. La tecnología, por sí misma, no determina el destino colectivo, lo hacen las instituciones y la distribución del poder. Así, la IA, como tantos avances previos, la electricidad o la automatización industrial, puede convertirse tanto en obstáculo como en oportunidad.
En realidad, la IA y la tecnocracia pueden mejorar la experiencia social en la medida en que no se subordinen a cuatro tecnobros que operen sin control.
Ahora bien, también hay que decirlo alto y claro, en el norte global se ha permitido que unos pocos sinvergüenzas concentren una capacidad de decisión desproporcionada sobre infraestructuras digitales, datos y plataformas. Bajo la bandera del libre mercado o del neoliberalismo, se ha tolerado una acumulación que condiciona la innovación y la orienta hacia su propia rentabilidad inmediata antes que hacia el bienestar colectivo. Ahí sí que haría falta un “botón rojo”, darle con el puño cerrado y que salten las alarmas mediante una intervención política que regule la soberanía digital.
En resumen, la IA puede ser extraordinaria. De hecho, en países donde se gestiona con mayor planificación pública o con marcos regulatorios más claros ya se ven beneficios sociales importantes: medioambientales, educativos y de bienestar. Aquí, en cambio, toca ponernos las pilas, empezando por la educación tecnológica y la aplicación de políticas reguladoras. Porque, si no se hace, la tecnología no nos sustituirá por sí sola, pero sí consolidará dependencias que acabarán pasándonos factura.
Y entonces no será la máquina la que nos fulmine, sino nuestra propia pasividad colectiva.






