Hace años, un superior me dijo, a solas en su despacho, que nunca ascendería en la empresa por haberme involucrado en el comité de empresa. Tiempo después volvió a llamarme y me soltó, también a solas en su despacho, que había soñado conmigo. No era un comentario sexual, pero sí profundamente fuera de lugar. No había confianza, no había cercanía, solo jerarquía. Y yo me vi actuando como una subordinada, me sentí incómoda, incluso algo asustada.
Con el tiempo supe que no era la única. Que aquel despacho era escenario habitual de frases impropias y apreciaciones innecesarias dirigidas a empleadas. Años después me enteré de que la empresa había prescindido de él y confieso que sentí algo así como el sabor de una venganza retardada en el tiempo. Me alegré, aunque también pensé que probablemente lo echaban porque no era eficiente, cuando tal vez lo tendrían que haber echado antes por acoso laboral y conductas inapropiadas.
En el pasado me sentí incómoda, pero entonces no identifiqué lo que viví como acoso laboral o mobbing. No lo denuncié. Ni siquiera tuve claro que fuera denunciable. Pero es que fijaos como funciona el miedo que hoy, mientras escribo esto, sigo dudándolo, me asusta que alguien identifique de quién estoy hablando o que me denuncie él. Sí, así es. Sigo sintiendo ese miedo. Me hubiese gustado tener grabadas esas conversaciones para poder convencerme a mí misma hoy de que, claro que sí, era inapropiado todo lo que me dijo.
Esa duda es la que persigue a muchas mujeres: ¿Exageré mi reacción? ¿Es suficiente como para denunciar? ¿Es grave “solo” un comentario? Las jerarquías empresariales no solo ordenan el trabajo; muchas veces consolidan relaciones tóxicas, paternalistas diría yo, donde quien está abajo aprende a callar. A veces a costa de su salud mental y física. Sé que otras mujeres que dependían directamente de él —no era mi caso— lo pasaron realmente mal.
El miedo no siempre es explícito, pero existe. Y el cuestionamiento empieza por una misma.
Observo horrorizada lo ocurrido en el caso de la presunta víctima de violación y acoso por parte del DAO de la Policía Nacional. Tras presentar su denuncia, su identidad, su teléfono y la querella con todos sus datos fueron difundidos en grupos de WhatsApp con miles de agentes. Al shock y al trauma se suma el linchamiento. Pienso en cómo se persigue y cuestiona a las víctimas cuando denuncian, pero también cuando tardan años en hacerlo. Nunca parece ser el momento adecuado. El mensaje: mejor no lo hagas.
En medio de ese escenario destaca una reacción distinta: la de Gemma Barroso, subdirectora general de Recursos Humanos y Formación en el momento de la denuncia. Según el abogado de la denunciante, la atendió “inmediatamente”, “muy bien” y se “quedó de piedra” al conocer lo ocurrido. Es decir, hizo lo que cabe esperar de un superior: escuchar, acompañar, actuar con humanidad. No prejuzgó. No minimizó. Ella ha ofrecido a la víctima protección porque, tras la filtración de datos, la mujer se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad. Atención: una presunta víctima de violación y acoso es ahora víctima de un linchamiento masivo.
Al margen de lo que determinen los tribunales —ella sigue siendo presunta víctima, aunque su abogado ya ha avanzado que cuenta con numerosas pruebas, incontestables, según el contenido avanzado—, el comportamiento de Barroso demuestra que otra cultura organizativa es posible. Una en la que la jerarquía no sirve para intimidar sino para proteger.
El abogado ha explicado que otras mujeres se han puesto en contacto con él y apuntan a situaciones similares que implicarían a otros altos mandos. Cuando las historias empiezan a repetirse, quizá la pregunta no sea si las víctimas exageran, sino cuánto tiempo llevaba la Policía Nacional mirando hacia otro lado. Cuánto tiempo llevaba aquella empresa o tal vez tu empresa, o tu familia, o tu grupo de amigos… mirando hacia otro lado.






