Las noticias explotan, hacen ruido, te deslumbran un segundo —como los ataques a Venezuela— y al día siguiente ya nadie se acuerda, aunque en realidad todo estuviera decidido desde hace meses, firmado tres veces, renegociado otras dos y pactado en algún hotel caro, el más caro. Pero se sigue haciendo así porque el susto vende, el titular vende y el lector cansado sigue picando, no por ingenuos sino por falta de alternativas, porque desconectarse del todo es imposible, es un lujo antisistema.
Con el Pelucas pasa eso, pero en versión pantano. Una masa espesa que no avanza ni retrocede, solo lo engulle todo. Produce la misma pereza mental que buscar algo decente en Netflix. El Pelucas la está liando mucho, va a tope. Hay que admirarlo por su franqueza, eso sí: dice que va a por Venezuela y lo hace, no como los demagogos y mentirosos, hábitat natural y ADN del resto de políticos del mundo. Él no, él dice una cosa y cumple, y eso aparentemente lo legitima todo. Todo es también pasarse por el forro el derecho internacional. Él no monta el teatrillo moral, no finge preocupación humanitaria, no vende la moto de la democracia. Anuncia el atropello y luego pasa el coche, el tanque y la máquina de desbrozar.
Porque lo de Venezuela no es un brote de locura, ni un arrebato trumpista. Es manual básico. Cuando no funciona el castigo económico, cuando las sanciones no terminan de doblar la rodilla, cuando el ahogo financiero no produce el colapso prometido, se pasa a la fase siguiente: quitar al conductor y quedarse con el volante.
Esta vez ni siquiera se han molestado en adornarlo demasiado. Lo del narcotráfico suena hueco, sobre todo cuando el mapa real de la droga señala otros caminos mucho más transitados. Lo de la democracia ni aparece, quizá porque ya no cuela. Y lo del petróleo, que siempre queda bien, tampoco explica del todo nada, Estados Unidos produce como nunca y compra a medio mundo sin problemas. Así que no es escasez, es otra cosa.
Lo que pasa es que Venezuela molesta no por lo que es, sino por cómo se mueve. Durante décadas su dependencia fue clara, ordenada y rentable: petróleo en dólares, finanzas bajo supervisión y soberanía de adorno. Un sistema cómodo para todos los EEUU. Pero cuando empiezas a vender crudo en otras monedas, cuando te apoyas en China o en Rusia, estás tocando algo sagrado, estás tocando la fibra sensible.
El problema nunca fue Maduro en sí. Los problemas personales se resuelven con elecciones y desgaste mediático, sobre todo esto último. Aquí el problema es el precedente: demostrar que se puede sobrevivir, aunque sea malamente, fuera del circuito del dólar. Que se puede vender petróleo sin pasar siempre por la misma caja. Eso activa todas las alarmas.
Por eso la reacción es desproporcionada, ruidosa y ejemplarizante. Porque cada intento de salirse del carril amenaza un sistema entero. Ya pasó antes, con otros países, con otras excusas. Cada vez que alguien intenta mover las reglas del comercio energético o del dinero, aparece la coerción, como recordatorio pedagógico.
En el fondo, todo va de lo mismo: quién manda y quién obedece, el amo y el esclavo . Un mundo con un solo centro es fácil de gestionar. Uno con varios polos es incómodo y peligroso para los que están acostumbrados a mandar. Y ojo, Venezuela no es el objetivo final, es el aviso. Un recordatorio de que salirse de la fila tiene coste.
Y Trump es como el algodón: no engaña; eso sí, tampoco promete nada bonito.
Jamás imaginé que el Mesías, al volver, sería tan liberal y hdp que ya no solo no ofrece la otra mejilla ni el diente por diente, sino que se mofa de todos sin piedad alguna.





