Sentada en un banco del Passeig de ses Fonts, en Sant Antoni, bajo un sol limpio de febrero, leo la prensa. Esta mañana de domingo he ido a la librería El Quijote a comprar El País en papel. Quiero leer con calma la entrevista a Gisèle Pelicot de Daniel Verdú, acompañada por las fotografías luminosas de Caterina Barjau. Leo despacio, sobrecogida. Dejo que la luz del día y la luz de las palabras de Pelicot se mezclen en mis ojos, en mi cabeza.
Pelicot fue violada por 72 hombres durante 9 años. Los reclutó su entonces marido, Dominique Pelicot, que la anestesió con drogas en cada ocasión y que grababa las agresiones. Pero, en la entrevista que estoy leyendo, Pelicot no habla desde la oscuridad. Habla desde una claridad casi insoportable para quienes, como yo, solo ven posible la venganza y el horror ante un caso como este.
Todo por lo que se juzgaba a su marido está grabado. “Los vídeos mostraban uno a uno los delitos y a los culpables. Y aun así había abogados que sostenían que yo era cómplice”, relata. Su denuncia no es solo contra sus agresores; es contra la negación social que siempre busca una rendija para culpar a la víctima.
Mientras leo esa entrevista bañada de sol de invierno y de luz de palabras, pienso en la fuerza de una mujer que decidió exponerse para que otras no callaran. Pero, mientras pienso todo eso, casi al mismo tiempo, en ese mismo pueblo, a pocos metros, una mujer joven está siendo brutalmente agredida por su expareja. Un hombre le ha propinado tal paliza que presenta un traumatismo craneoencefálico severo. Ahora, mientras lees esto, está en un hospital: ella y el personal médico luchando por su vida. El hombre tenía una orden de alejamiento en vigor. No bastó, como tantas otras veces.
Estoy leyendo una historia de resiliencia bajo un cielo radiante mientras, a pocos metros, se ha repetido la brutalidad. Otro episodio de violencia contra las mujeres, esa violencia que se pone tan en entredicho, tan frecuentemente, con tanta ligereza y con tanto arrojo que, aun habiendo vídeos, como en el caso de Gisèle Pelicot, se cuestiona a la víctima.
Mientras leo la noticia de la agresión a una mujer en Noudiari, resuena en mi cabeza la voz de Pelicot. Porque su luz, esa luz que irradia y que resulta hasta difícil de entender después de saber la atrocidad de lo que ha vivido, no es una luz ingenua o naïf: es una decisión. Una decisión valiente. Mostrar su rostro. Su sonrisa en las portadas de los medios internacionales, en las redes sociales… Ser la voz contra la negación de la violencia hacia las mujeres. Y frente a cada agresión, frente a cada intento de negación, lo mínimo exigible es eso: que no apartemos la mirada de las víctimas. Que la vergüenza, de una vez y como ella dijo, cambie definitivamente de lado y que en el lado de la luz estemos todas, estemos todos.





