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Mis tres cerditos, por José Manuel Piña Vives

 José Manuel Piña Vives / Estuve a punto de llevar a mis cerdos a Madrid. Los pobres animalicos son bastante pijos y se pirran por la basura de importación, pero Ana Botella acabó de un plumazo con la huelga de sus trabajadores de limpieza urbana a golpe de visonazo y mis pobres marranos han acabado conformándose con la basura local, que es abundante pero menos selecta. A regañadientes, pero se han resignado a consumir producto local marca Eivissa después de que yo les soltara un speech sobre las ventajas y bondades de la alimentación autóctona.

Material no va a faltarles porque las calles de Eivissa, de Vila más concretamente, son como una sucursal de ca na Putxa, el vertedero insular instalado con mucha sabiduría hace unos cuarenta años junto a uno de los barrios más lujosos y con más pedigrí de la isla, Roca Llisa. No existe ninguna razón que yo conozca que justifique porqué todas las cosas malas de la vida cotidiana van a parar siempre a algún lugar topónimamente conocido por el nombre de rocas, con apellidos como males, i o ca na Putxa, paisaje antes rocoso e idílico y ahora rocoso y putrefacto. Pero claro, los comensales habituales de ese lugar suelen ser los palomos silvestres y las gaviotas carroñeras.

Nunca he visto allí cerdo alguno y de esa discriminación se quejan también mis puercos. Ahí estoy yo para explicarles muy didácticamente que no siempre los cerdos son ellos, sino que hay otros muchos, algunos con forma humana, que depositan sus restos domésticos indiscriminadamente en los puntos indicados, sin seleccionarlos y separarlos como manda la legislación. Ya se sabe para qué sirven las legislaciones: para incumplirlas, según manda la ley no dictada pero muy esgrimida por los incumplidores para justificarse.

Abres el grifo en Sant Jordi y sale basura con más H que O. Paseas por cualquier calle y es un festival de heces caninas, chicles pegados a las aceras primero y a las suelas de tus zapatos después, paquetes vacíos de patatas fritas, peladuras de frutas, incluso plátanos, con los efectos letales que tiene esa cáscara e incluso los vómitos y meadas de los desaprensivos que viven con abundancia la noche ibicenca.

Ignoro quién es ahora el o la responsable municipal de limpieza de Eivissapolis, pero que no se apure. Que no se apure demasiado. Ninguno de sus antecesores en el cargo ha conseguido triunfar en la tarea. Tampoco los ciudadanos, que pecamos también de ser algo guarretes. Mis cerdos se lo agradecerán eternamente. Gracias, de corazón, a todos ellos por su contribución a la sana alimentación de mis gorrinos.

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