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La Marina pierde uno de sus últimos emblemas: la pastelería Can Vadell

@B.Roselló/ La Marina va perdiendo poco a poco los bastiones que han conformado el barrio desde hace décadas. El último en cerrar la persiana ha sido la mítica panadería de Can Vadell.



Desde la pasada semana, la persiana, ya bajada, cuenta con un letrero en el que se anuncia el cierre del local y la posibilidad de seguir degustando sus productos en el negocio familiar que aún permanece abierto, en la calle Canarias.

Según figura en la Enciclopèdia d’Eivissa i Formentera, la pastelería fue fundada en 1923 por Joan Marí Planells ‘Vadell’, quien aprendió el oficio en Barcelona. No fue hasta 1937 cuando el negocio llamado La Espiga Ibicenca se trasladó de la calle Amadeu a la calle Annibal, ya con el nombre de Can Vadell.

Joan Clapés, casado con Pilar Marí, hija del fundador, pasó a dirigir el horno; mientras que el hijo, Joan Marí Ribas, Pepe Vadell, se encargaba de la gestión.

En 1958 abrieron una sucursal en la avenida de Ignasi Wallis y 1963 trasladaron el horno a la calle Aragón esquina con la calle de Canarias. Ésta es la única ubicación que a día de hoy queda abierta.

Panellets, bunyols, turrones y ‘cocs’ para mojar con la Salsa de Nadal han sido algunos de los productos más típicos del negocio sin olvidar los ‘ciriacos’, un pastel que solo se elabora en Can Vadell y únicamente el 8 de agosto, fiesta de Sant Ciriac.

En las últimas décadas, Pilar Vadell ha sido la encargada de tirar adelante con la gestión de este tradicional negocio que recibió la Medalla de Oro de la Ciudad de Ibiza en 2010.

En las últimas décadas han sido muchos los establecimientos que han cerrado puertas en el barrio de la Marina. Como muestra, señalar que de la treintena de establecimientos que aparecen en libro ‘Gent de la Marina d’Eivissa’ del fotógrafo Vicent Marí, con textos de José Manuel Piña, editado en 1997, menos de una decena permanecen aún abiertos.

Can Xinxó, calzados Montgrí, Tejidos Casetas, can Sisset, Tejidos Escandell o la zapatería Tarrés son algunos de los ejemplos.

Recorriendo las calles de la Marina un martes por la mañana son pocos los establecimientos que uno se mantienen a flote. En la calle de sa Xeringa solo permanecen abiertos al público una mercería, Valero,  y una tienda con ropa adlib. Can Rumbo o la papelería Villar, que también se localizaban en esta misma calle,  son algunos de los establecimientos que pasaron a mejor vida para abrir negocios temporales dedicados a la comida italiana, peluquerías o venta de ropa, en su mayoría.

La situación en la calle del Mar no es mucho más esperanzadora. De la decena de comercios, solo uno, Uniformes Armatge, dónde venden ropa de trabajo, permanece abierto y otros tres lucen carteles de ‘Se Traspasa’. En estos metros de calle peatonal, negocios como Can Escandell, el restaurante chino Nanking o la droguería hace tiempo también decidieron bajar la persiana.

Lo mismo sucede en la calle Castelar, donde solo un negocio de ‘souvenirs’ sigue abierto en pleno mes de noviembre. En la calle Josep Verdera, el toldo de Tejidos Casetas, en una fachada totalmente desconchada, rememora lo que hasta no hace mucho era esta calle, donde también se localizaba can Sisset, can Fita o Cas Coc.

Bodegas (la de can Rimbaus y Bodegas Grau), hornos- el de San José, can Rei, can Guerra o can Sans-, barberías, verdulerías, tiendas de menaje, de telas o de trajes han ido desapareciendo con el tiempo para dejar paso a negocios temporales, que sólo abren en los meses de verano, y que en muchos casos sobreviven a una sola temporada.

Un poco más alegre lucen las calle de Sa Creu y la calle Annibal. En el primero de los casos, el restaurante Can Costa y la tienda de velas de can Pascual conviven con negocios de ropa más actuales, algunas correspondientes a franquicias. En la calle Annibal, son las farmacias las que dan vida al barrio.

La joyería Pomar, cuatro puestos en el Mercat Vell, el estanco Victorino, Es Peixet, Comidas San Juan, la cestería de Vicenta Vinyes, la sombrería Bonet, las diferentes farmacias o la papelería Verdera son los pocos supervivientes de una zona que un martes por la mañana está totalmente desalmada y desolada.

 

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