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Violencia tolerable, por Oti Corona

Oti Corona / El problema va más allá del macarra Antonio David Flores. El problema es que a Rocío Carrasco la trataron como a un recipiente desde el mismo momento en que anunció su embarazo. Se convirtió en un recipiente para su marido, que esperaba de ese bebé un lazo con el que atarse definitivamente a su fortuna. También para su familia política, que no dudó en abroncarla hasta hacerla llorar cuando cometió la osadía de escoger el nombre del bebé. Le dejaron claro que, si era niño, se llamaría como su abuelo. Paterno, por supuesto.




El problema es que no tuvo un parto respetado. El paritorio, que debería ser un lugar íntimo y tranquilo, parecía, según sus propias palabras, el camarote de los hermanos Marx. Además, una señora se dedicaba a perseguir al personal sanitario, canturreando mientras estos trataban de hacer su trabajo. Ella lo explica como un jolgorio porque la que entonaba coplillas era su madre.

El problema es que un hombre le soltó un guantazo que le giró la cara “como a la niña del exorcista” cuando estaba embarazada. Sonríe con nostalgia cuando lo recuerda porque quien le dio el bofetón fue su padre. Y se lo dio precisamente porque se había quedado embarazada. Un padre ejemplar.

El problema es que Rocío Carrasco describe una agresión tras otra como algo cotidiano, irrelevante y hasta divertido, y buena parte del público sonríe con ella. Rocío, esa díscola malcriada a la que había que obligar a entrar en razón, aunque fuera a golpes.

En estas estamos cuando Carrasco relata cómo su marido la agarró del camisón, la arrastró y le sacó medio cuerpo por la ventana, y entonces el público sabe que eso no es gracioso: se ha rebasado el umbral de violencia admisible. Puede que Rocío Carrasco hubiese actuado antes contra su maltratador si hubiese sabido detectar la violencia que estaba sufriendo, si hubiese podido nombrarla. Claro que eso es casi imposible cuando creces en una familia, en un entorno, en una sociedad, que considera que una cierta dosis de violencia es tolerable, sobre todo si se ejerce contra una mujer.

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