Por Inma Saranova, directora de IbizaPreservation
Es posible que, si una se imagina un tiburón en el mar de las Pitiusas, nos entre cierta inquietud gracias al imaginario que grandes producciones de Hollywood han creado sobre estos animales. Pero si miramos con rigor, lo que debería inquietarnos no es su presencia, sino su ausencia.
Durante décadas hemos repetido que el Mediterráneo es un mar sobreexplotado, pero pocas veces hemos tenido pruebas tan concretas de cómo eso se traduce en sus grandes ausentes: los tiburones y las rayas.
El informe intermedio del estudio de detección de elasmobranquios mediante ADN ambiental en las Pitiusas, realizado por la Universidad de Oviedo y GEN-GOB con la financiación de IbizaPreservation WWF y el Ajuntament de Sant Josep, nos pone frente a una situación crítica pero esperanzadora: estos animales siguen presentes en nuestro mar pero están cada vez más amenazados.
El estudio, tal y como se anunció a finales del mes de enero, detectó ocho especies de elasmobranquios en aguas de Ibiza y Formentera, una cifra modesta, sí, pero relevante ya que seis de ellas figuran en categorías de amenaza según la UICN para el Mediterráneo, algunas incluso catalogadas como “En Peligro” (Mobula mobular) o “Vulnerable” (Galeorhinus galeus, Dasyatis pastinaca, Myliobatis aquila).
La presencia de estas especies -detectadas gracias a trazas genéticas invisibles a simple vista- confirma que aún ocupan nuestras aguas, aunque su abundancia sea mínima y su observación directa casi imposible. Los tiburones y rayas del Mediterráneo comparten un destino biológico adverso: crecen despacio, se reproducen poco y viven mucho. Estas tres características, que les han permitido sobrevivir millones de años, los hacen ahora especialmente vulnerables a la presión humana a causa de la pesca dirigida o accidental, la pérdida de hábitats, la contaminación y el cambio climático.
Su desaparición puede alterar la red trófica entera modificando ecosistemas que también sustentan nuestra pesca.
En la cuenca mediterránea, más del 50% de las especies de elasmobranquios están en peligro de extinción, según la propia UICN. Mientras tanto, en las Pitiusas, el problema tiene un matiz añadido que viene de la superposición de usos y la intensidad humana en zonas críticas.
La buena noticia es que todas las detecciones salvo una se produjeron en áreas con algún tipo de protección marina, es decir, las reservas y zonas protegidas están funcionando como refugios, aunque aún no sean suficientes. Este proyecto pone de relieve que la ciencia ciudadana y la tecnología pueden ayudarnos a mirar incluso en un mar donde los tiburones son esquivos y sus poblaciones están en mínimos históricos, permitiéndonos mapear su distribución real y planificar su protección con datos objetivos de forma respetuosa y eficaz.
Y lo que nos dicen los datos es que las Pitiusas albergan especies de alto valor ecológico y de conservación prioritaria, pero que su presencia depende de la calidad y extensión de nuestras áreas marinas protegidas, y de su protección efectiva. No pueden ser papel mojado. Si no fortalecemos su gestión con vigilancia, control de artes de pesca y otras medidas reales, los resultados de ADN que hoy celebramos podrían ser el último rastro de poblaciones al borde del colapso ya que, tanto los tiburones como las rayas no son solo especies emblemáticas sino que son indicadores del equilibrio marino.
Su desaparición puede alterar la red trófica entera modificando ecosistemas que también sustentan nuestra pesca. Defenderlos no es una cuestión romántica, sino de justicia ecológica, pero también de supervivencia económica.





