Las entradas se agotaron casi al anunciarse su regreso y no era para menos. Hacía 11 años que Lolita Flores no actuaba en Ibiza —ella misma recordó anoche que la última vez fue con La Plaza del Diamante, aquel 14 de febrero de 2015 desde el que “ya ha llovido”— y el público de Can Ventosa respondió con un lleno absoluto y una ovación entusiasta a una interpretación memorable de Poncia.
La obra, escrita y dirigida por Luis Luque a partir de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, propone una mirada paralela a la tragedia lorquiana: la de la criada, la mujer invisible, la que todo lo ve y todo lo calla…
Poncia entra en escena rezando a su manera por la muerte de Adela. La casa se ha sumido en un mar de silencio. Y desde ese silencio emerge un monólogo que tiene un fuego de furia pero la calma de quien habla con la verdad.
El texto de Luis Luque es excepcional: cada frase está pulida, cada palabra parece destinada a quedarse resonando en la memoria. Su admiración por Lorca es palpable, pero no hay copia; hay respeto, homenaje y, al mismo tiempo, una voz propia que rescata lo que quedó enterrado bajo el bastón de Bernarda. Esta Poncia da dignidad a la criada, a la mujer de clase baja, a la invisible para la sociedad de su tiempo, y la convierte en el verdadero corazón palpitante de la tragedia.
Una interpretación que traspasa el escenario
Ya lo comprobamos con ‘La plaza del diamante’. Lolita Flores transita en los escenarios por todas las emociones con una naturalidad apabullante.
Desde el primer monólogo, tras las cortinas, el público quedó en silencio, con el corazón en un puño, mientras desgranaba la muerte de Adela [ni la profusión sorprendente de toses del público (¿hay gente que va al teatro a toser?)], pudo romper el hechizo. Su presencia escénica es rotunda; se mueve con contudencia, con esos pies descalzos bien pegados a las tablas, con un ritual actoral que no necesita artificios. Pasa de la hondura trágica a destellos de belleza —los pocos instantes en que Poncia conoció algo parecido a la felicidad, en esa escena en el mar que es pura poesía— e incluso deja pinceladas de humor que alivian la asfixia de la casa.
Sorprendió que el público ibicenco no esperara al final para aplaudir. Cada fundido a negro de cada escena era recibido con aplausos espontáneos, como si la sala necesitara respirar y agradecer lo vivido antes de continuar. No es habitual en un monólogo, pero anoche ocurrió. Y por lo que hemos podido leer en otras crónicas no es la primera vez que sucede con esta obra.
La dirección apuesta por una escenografía sencilla y profundamente efectiva: telas que son paredes, balcones o agua deslizándose por el cuerpo de Poncia; un bastón que impone autoridad invisible; vasos de leche que evocan la tensión doméstica.
El trabajo de luces de Paco Ariza y la escenografía de Mónica Boromello acompañan con cambios de intensidad y color que guían las emociones. El vestuario de Almudena Rodríguez Huertas y la música original de Luis Miguel Cobo completan un conjunto orgánico, claro, coherente.
Al salir, daban ganas de releer a Lorca. De volver a esa obra (La casa de Bernarda Alba) que (afortunadamente) fue lectura obligatoria en el instituto, como recordaban muchas asistentes al finalizar la representación, y que, como los clásicos de Shakespeare, es capaz de contar el mundo entero desde una casa cerrada.
“He venido de soltera a Ibiza, conozco la espuma”
Tras la función, Lolita Flores salió al escenario no solo para recibir aplausos sino para volver a darse, toda ella, generosa, ya no como Poncia sino como Lolita. Se quedó unos minutos, cercana y distendida, compartiendo recuerdos con el público. “He venido de soltera, conozco la espuma”, bromeó, evocando sus años jóvenes en la isla y aquella mítica fiesta de la espuma. “Es una tierra a la que he venido muchísimo, no solo a trabajar, sino a divertirme”, añadió entre risas.
Confesó que, después de tantos años, no recordaba el teatro Can Ventosa al entrar, pero que al salir y ver las columnas le volvió la memoria. Habló también de su relación con Balears, de su familia en Palma y de una película rodada entre Mallorca y Barcelona que se estrenará en mayo y en la que actúa en mallorquín. “Me dolían las mandíbulas”, comentó divertida, por la forma de hablar de la isla vecina que tuvo que mimetizar.
“Gracias de todo corazón por esos aplausos, por ese silencio, por ese cariño”, dijo emocionada. Y prometió no tardar tantos años en volver. “Espero venir más a menudo, con teatro o a divertirme… no a la espuma”, remató con ironía. “Cállate, que me he comido una fideuá y la tengo aquí [señalando al gaznate], que estaba buenísima. Pero la digestión ya es más lenta”, respondió a una espectadora que le dijo que volviese pero para comer una buena paella.
La sala volvió a aplaudir. Ibiza la esperaba y anoche la abrazó. Y Poncia, esa mujer sin voz en la casa de Bernarda Alba, habló alto y claro desde el escenario de Can Ventosa.






