¿Pero merece la pena Ibiza? Escucho la pregunta al pasar. Una chica joven se la lanza a otra algo mayor mientas caminan por la avenida Isidor Macabich de Vila. No alcanzo a escuchar la respuesta. Tampoco la pregunta completa. Solo ese fragmento suspendido en el aire: ¿merece la pena Ibiza?
Me quedo pensando en quién pregunta. ¿Alguien que acaba de llegar con una maleta y un contrato de temporada? ¿Alguien que está dudando si quedarse? ¿O alguien que ya intuye la respuesta pero necesita escucharla en voz alta?
Ibiza tiene esa complejidad: no se deja responder fácilmente. Los que lo hacen caen en tópicos y lugares comunes.
Es difícil evitar la tentación de enumerar lo evidente.
La cara ‘A’ de Ibiza, lo bueno de esta isla, no es solo la postal de belleza que se vende en Instagram ni lo que aparece en los vídeos de promoción de las ferias turísticas. Son cosas más complejas. La posibilidad del aislamiento total y de la comunidad total. La sensación de que la vida no se te escapa entre trayectos interminables. Es reconocernos en esa rara mezcla entre isla cosmopolita y pueblo. Es vivir en un lugar donde todo es igual que ayer y todo es distinto que ayer.
También están los espacios que resisten. Los parajes protegidos que siguen ahí, ajenos a la presión constante. Y no hablo solo de ANEIS y parques naturales, que también. Hablo de tiendas, de bares. Lugares donde el hilo musical son las conversaciones de la gente, o donde el silencio todavía tiene valor y es el verdadero lujo. Donde uno puede recordar por qué llegó o por qué decidió quedarse.
Pero claro, luego está ‘lo otro’.
Ibiza también es una isla donde cuesta echar raíces. Donde muchas relaciones tienen fecha de caducidad aunque duela. En los últimos años he visto irse a muchas personas, no por falta de amor a la isla, sino por pura imposibilidad práctica. Quedarse no es una cuestión de querer. Es una cuestión de poder. De dinero que no alcanza. Y eso es triste. Porque una persona que ama a la isla, aporta a la isla, trabaja en ella y tiene un salario con el que debería poder mantenerse nunca debería tener que irse. Cada vez son más.
Una isla, pues, donde la palabra hogar suena provisional.
Muchos, muchas no tenemos aquí familia de sangre, pero sí una red de afectos que teje otra familia y que se convierten en salvavidas. Y aun así, esa red tiembla cada vez que alguien anuncia que se va. Porque irse ha comenzado a ser palabra de curso en las conversaciones: «cuando sea vieja no podré vivir en Ibiza, me tendré que ir», «con lo que pago aquí de alquiler puedo comprar un pisazo en la península, algún día me iré», «no me gusta el ambiente de la isla para mis hijos, acabaremos por irnos». Irse parece una fase más del ciclo de Ibiza, sobre todo si no tienes una propiedad o una familia que te ponga el colchón en la caída o en el simple tropiezo.
Es que, sí, por supuesto, está el precio de todo esto.
Ibiza se ha vuelto prohibitiva. No de forma simbólica, sino literal. Los alquileres, la vivienda, el coste de la vida… todo parece diseñado para otro tipo de residente que no soy yo, que no eres tú. Empiezas a notar una sensación incómoda: la de estar de más con tu sueldo normal en una isla que dejó de serlo hace tiempo.
Y, sin embargo, aquí seguimos.
Tal vez porque, a pesar de todo, hay algo que compensa. Y no hablo de energías, esoterismos, vendehumos ni supercherías. Es algo que compensa y no de forma grandilocuente, ni constante… Pero ocurre. En pequeños momentos: una conversación al sol de invierno, una sensación fugaz de equilibrio, esa certeza de poder ser lo más parecido a ti mismo frente a ‘pequeños infiernos’ peninsulares. Esas tardes irrepetibles, compartidas entre individuos de razas autóctonas y ovejas negras foráneas, que hacen rebaño a la sombra de un algarrobo ibicenco que las quiso acoger un día.
Así que vuelvo a la pregunta que quedó flotando.
¿Merece la pena Ibiza?
Quizá la respuesta no sea un sí o un no rotundo. Quizá dependa de cuánto estés dispuesto a perder por lo que aquí se gana. O de hasta cuándo merecerá la pena. Otra vez, lo efímero.
O quizá la verdadera pregunta no sea si merece la pena Ibiza sino si nosotros le merecemos la pena a ella. Si merece la pena seguir estando aquí para equilibrar la balanza del desequilibrio que se ha generado en los últimos años, a fuerza de ultra mansiones y mega asentamientos. Continuar siendo las personas que nos gusta conocer aquí. Seguir siendo nosotros, nosotras y que la isla, por tanto, siga siendo Eivissa. Que sí merezca la pena. Que la respuesta sea un sí a esa pregunta que lanzó al aire la chica en Isidor Macabich. Aunque el no también sobrevuele la avenida.
Laura Ferrer Arambarri





