Ricardo Gutiérrez (Valencia, 26 de febrero de 1971) lleva más de cuarenta años en Ibiza, donde su familia paterna tenía las raíces. Ha sido enterrador, jardinero, pintor, músico y barman. Bueno… en verdad, ha sido todo eso y mucho más. Pero lo que de verdad es —lo que encontró después de enterrar muertos, podar pinos y cantar con la crème de la crème del rock ibicenco en el desaparecido grupo Gaia con Iván Domenech, Joan Barbé y Jano Blanco— es Richard Mountainman: el guía que lleva a empleadas de AENA a la cima de volcanes islandeses, que perdió 70.000 euros con la pandemia y no se declaró en quiebra porque “todo el mundo tenía que recuperar su dinero”, y que hoy vive feliz en un pueblo de 300 habitantes en Teruel por 300 euros al mes. El 90% de sus clientes son mujeres. No tiene web, no hace publicidad… y no le falta de nada. Tiene, además, un lado solidario: ha donado un viaje a India a la asociación Aspanob, que apoya a familias de niños con cáncer.
— Esta sección de Noudiari se llama ‘Sin filtros’. ¿Hemos elegido bien al personaje?
— Soy una persona con muy pocos filtros, sí. Si tú me caes bien lo vas a saber, pero si me caes mal también lo vas a saber.
— ¿De dónde sale ese carácter?
— De niño tuve momentos en los que me encontré muy solo. Mi madre con una enfermedad mental, un hermano autista, mi padre que desapareció de casa… y yo, que era un crío lleno de granos, sin poder comprar ropa, sin nada de dinero, en una época donde todos los niños van presumiendo de que tienen esto o aquello… Mi autoestima bajó mucho, pero salí de ahí. Me dije: si no voy a atraer a una chica por mi aspecto, lo haré con sentido del humor. Me sirvió para ser más extrovertido, para desarrollar el humor y convertirme en el gracioso, el atento, el romántico…
— ¿Cómo fue esa infancia?
— Vengo de una familia desestructurada. De aquello aprendí a desconectar mucho. Los recuerdos que tengo no son malos, no he crecido con un trauma. La respuesta que tú tengas hacia todo lo que te pase es lo que va a dirigir tu vida, no lo que te pase en sí.
— ¿Empezaste a trabajar muy joven?
— Con 14 años, cortando leña y limpiando piscinas. Luego de cocinero de plancha en el puerto. Siempre he tenido trabajos muy físicos. Me gusta trabajar. Para mí un trabajo que no te deja agotado no es un trabajo.
— ¿Pareces una persona que ha encontrado su sitio. ¿Siempre ha sido así?
— Pasé muchos años sin encontrar mi sitio. Por eso he cambiado tanto de trabajo: fontanero, vigilante, jardinero, pintor, camarero… Cambiaba porque estaba insatisfecho, porque no era donde quería estar. Tenía una plaza de funcionario como enterrador en el Ayuntamiento de Ibiza, pero esa no era la vida que yo quería. Quería volar. Siempre he querido volar.

De senderista por Ibiza a volcanes en Islandia
— ¿Cómo llegaron los viajes a tu vida?
— Una agente de viajes con la que hice un viaje me dijo: tú deberías trabajar de esto. Y me hizo la cabeza click. ¡Era eso! ¡Quiero viajar, conocer mundo, culturas! Empecé por lo básico: monté el grupo Senderistas sin Fronteras aquí en Ibiza y estuve cinco o seis años haciendo rutas gratuitas. Eso me generó la experiencia para trabajar con grupos. Luego hice mi primer viaje a Islandia y me salió bien.
— ¿Y cuándo dijiste: ahora sí puedo vivir de esto?
— Contactó conmigo una persona importante de AENA España. Buscaban a alguien para organizar viajes para sus empleados. Salió bien y ha tenido continuidad hasta hoy. El 80% de mi negocio son empleados de AENA, familiares y amigos. El resto son gente de Ibiza o que me sigue en redes. El boca a boca me funciona mucho. Yo no tengo página web ni me gasto dinero en publicidad. Soy, simplemente, Viajar con Richard.

— ¿Quiénes son tus mejores viajeros?
— Me encanta llevar a gente que no ha viajado mucho. Sobre todo mujeres de cierta edad que están separadas o viudas o que no han salido mucho de sus casas. Cuando las he subido a un volcán en Islandia lloran: ay, Dios mío, ¿qué hago yo aquí?, me dicen. Venían con medicación para dormir y han vuelto del viaje cambiadas, siendo como nuevas personas. El 90% de mis clientes son mujeres.
— ¿Por qué crees que son mejores viajeras las mujeres?
— La mujer ha estado muy reprimida mucho tiempo y ahora ha explotado: libertad, trabajo, poder salir de casa, tener vida propia y su propio dinero. Las mujeres son las mejores viajeras porque se dejan llevar, se dejan guiar.
— ¿Cómo gestionas los grupos?
— Mi máxima es que en el grupo no hay nadie más que nadie. Observo mucho a las personas. A las más introvertidas hay que auparlas un poquito y a las que van muy sobradas hay que bajarles el nivel. Y en mis viajes todo el mundo desayuna, come y cena juntos. ¿Somos un grupo o no somos un grupo?
— ¿Se crean vínculos fuertes?
— Tengo unos 64 grupos de WhatsApp solo de Islandia que todavía siguen activos. Hay gente que hace piña e incluso viaja junta a otros destinos. Recuerdo el caso de una señora de Menorca que conoció a una de Málaga en Islandia y se hicieron tan amigas que se fue a vivir a Málaga y está feliz.
— ¿Qué tiene Islandia que tanto te fascina?
— Hay lugares donde lo único que rompe el silencio es el crujir del hielo. Para mí la naturaleza es vida. El poder escuchar a los pájaros, los animales en libertad. El sentirte pequeñito: soy una mota de polvo. Si me cayera dentro de una grieta glacial no pasaría nada, absolutamente nada. El mundo seguiría adelante… Son lugares donde todavía la naturaleza manda.

— ¿Cuál es la situación más peligrosa que has vivido?
— En un grupo jamás, porque no tomo esos riesgos. Pero solo sí. En Islandia subí por una montaña con la roca muy suelta y todo lo que agarraba se caía. Miraba para abajo y pensaba que me iba a dar un castañazo tremendo. Lo que hice fue tranquilizarme, girarme y mirar a dónde podía caer. Y dije: pues allí va a ser. Y me tiré.
— ¿¿¿Que te tiraste??? ¿De qué altura?
— Unos 30 metros, deslizándome con los guantes y el culo. Llegué abajo sin guantes y sin culo, pero llegué. Yo siempre tomo un riesgo controlado.
70.000 euros de deuda y sin declararse en quiebra
— ¿Nunca te planteaste crecer, montar una empresa más grande?
— En agosto de 2019, viendo que las cosas iban bien, pedí la excedencia en el Ayuntamiento de Ibiza de mi plaza de funcionario como enterrador municipal. A principios 2020, viendo las perspectivas, que eran buenísimas, iba a tener un año increíble. Me llevé a todos los chóferes de los viajes a Islandia a celebrarlo. Volvimos el 1 de marzo y el 14 de marzo nos encierran.
— ¿Y qué pasa en una pandemia con alguien que vive de los viajes?
— La ruina total. Me quedé sin casa, tuve que regalar los muebles y acabé con 70.000 euros de deuda. Mi gestor me dijo: date en quiebra y no tienes que pagar a nadie. Pero no lo hice. Todo el mundo iba a recuperar su dinero.
— ¿Y durante el tiempo que no se podía viajar, qué hacías?
— Podaba pinos, limpiaba acequias, cargaba camiones, montaba cocinas. A mí me gusta trabajar. Pero la pandemia fue dura en otros sentidos también…Perdimos un bebé que esperaba con mi pareja y, encima, tuve que aceptar el trabajo de un tío asqueroso con una prepotencia que normalmente no aguanto. En esa época necesité atención psiquiátrica. Me hicieron un TAC porque pensaron que tenía un tumor.
— ¿Y qué salió de todo aquello?
— Que tengo TDA, pero que lo gestiono muy bien. Lo que necesito es tener la cabeza ocupada y gestionar ese exceso de energía que tengo. Mi cabeza va a mil por hora. El trabajo que tengo ahora es perfecto para mí.

— Es un trabajo vocacional pero inestable, ¿cómo lo vives ahora?
— Creo que tengo el mejor trabajo del mundo. No tengo casa, no tengo propiedades, no tengo dinero, pero no me falta de nada. A mi hija India, de cuatro años, tampoco le falta de nada.
“De aquí a 20 años, Ses Feixes están construidas”
— ¿Por qué ya no vives en Ibiza?
— Ibiza ya no es lo que era y, viendo hacia dónde va, lo será menos todavía. Se ha permitido la masificación de gente, de coches, la falta de vivienda. Es que hay demasiada gente. Se podría haber hecho con un modelo urbanístico sostenible, con nuevas construcciones que respetasen el estilo tradicional. Nadie hace nada porque los que tienen que decidir tienen hoteles, discotecas y propiedades… quieren sacarle rédito.
— ¿Es irreversible?
— Yo hasta hace pocos años pensaba que podía hacerse algo. Ahora ya no. Hago un vaticinio: de aquí 20 años Ses Feixes están construidas.
— Si pudieras tomar tres decisiones políticas para la isla, ¿cuáles serían?
— Primera: una isla con 100.000 habitantes no necesita cinco ayuntamientos, como mucho necesita uno con cinco concejalías específicas para cada zona. Cinco ayuntamientos y un Consell en una isla como Ibiza es un derroche de dinero. Segunda: parar de meter cemento e incluso revertir zonas ya construidas. Una isla tiene una capacidad finita. Y tercera: acabar con la estacionalidad. Para dejar de depender de la fiesta tienes que invertir en I+D, en tecnológicas… Y diferenciar bien las zonas residenciales de las de ocio. En España se mezcla todo y la gente no descansa bien así.
“Yo no soy de ningún partido, yo tengo sentido común”
— Estuviste involucrado en Ciudadanos…
— Lo dejé porque la mayoría de la gente que está en política no está por el bien común o para solucionar las cosas todos sino las suyas propias. Me encontré con muchísima gente joven que me decía: yo estoy de paso porque lo que busco es pillar un sitio en Madrid. Yo entré en el partido porque quería hacer política municipal. Al final me harté y me fui.
— En redes, donde te caracterizas por expresar tus opiniones libremente, has sido muy crítico con el exceso de cargos políticos…
— ¿Para qué queremos diputaciones a punta pala? ¿Para qué queremos el Senado? Yo trabajaba en el Ayuntamiento y la gente llegaba, fichaba y se iba a la compra. Pero del copón, ¿sabes? Porque yo no me callo.

— Por tus comentarios contra el gobierno se podría pensar que eres de derechas…
— Si miras mis publicaciones de hace 10 años, ponía a parir a Rajoy y a Bárcenas. Yo no soy de ningún partido, yo tengo sentido común. A Sánchez le está consumiendo el odio de la gente. La culpabilidad que siente porque tiene que dimitir y no lo hace porque si lo hace, su mujer va a la cárcel, su hermano va a la cárcel.
— ¿Votas?
— Voté a Podemos la primera vez que se presentaron a las europeas. Ahora mismo pienso que votaré a Vox. Vox no dice que vaya a matar a los gays ni a colgar de un árbol a los inmigrantes. Solo está diciendo que si tú cometes un delito te vayas a la cárcel y, después, a tu casa.
— ¿Cómo gestionas a los ‘haters’?
— A mí me encanta que me den caña y, si me insultan, no me importa. Lo que no hago es mantener conversaciones con bots. Si me escribe un tío que no usa comas ni sabe poner las ‘h’, le digo: este verano, cartillas Rubio.
— ¿Tienes una máxima vital?
— La gente que se aburre es porque no dice que sí. Yo nunca digo que no a nada. Te aporta muchas más cosas si dices a todo que sí. La vida se hace mucho más interesante. Te vas a encontrar a gente más interesante, vas a hacer cosas que no te esperabas.
— A la gente que envidia la vida que llevas…
— Les digo: vale, pero tú tienes tu casa, tus hijos te ven todos los días, tienes tu coche, tu trabajo fijo, tu dinero todos los meses. Yo podría envidiar lo tuyo. No te fijes en lo que no tienes sino en lo que tienes, porque tú lo has querido así. Y si no, pues ya sabes…
— ¿Qué has aprendido viajando con tanta gente?
— Que siempre tienes que tener un plan B, porque cualquier cosa que imagines que puede salir mal, saldrá mal [ríe]. Y si algo falla, la mayor parte de las veces se va a arreglar con dinero. Yo nunca traslado los problemas a los clientes. Si hay una cagada, se afronta de cara, porque el cliente va a entender que todos somos humanos. La gente confía mucho en mí y, para eso, hay que dejar las mentiras de lado.





