Mañana 23 de septiembre, comienza el otoño. Así que, hoy, Ibiza y Formentera cierran un verano que ha sido especialmente difícil en términos de estrés térmico ya que ha sido más cálido desde que hay registros (1961). Sanitarios de atención primaria certifican lo que muchos sospechábamos y es que el calor sostenido, de día y de noche, durante meses, no solo agota el cuerpo — también trastoca la cabeza. Y esta vez no ha respetado a nadie; adultos «funcionales» y sanos han sido uno de los colectivos más afectados.
Una anécdota que dice mucho: Un hotel de Mallorca, el MarSenses, ha incorporado este año una «gratificación térmica» en la nómina de agosto en forma de 100 euros extras para reconocer el esfuerzo del personal que trabaja en terrazas y espacios exteriores durante el mes más caluroso del año. La noticia, aislada, retrata sin embargo un verano que ha dejado huella en el cuerpo y en el ánimo de toda una comunidad. Especialmente de aquellos que no se pueden refugiar bajo el aire acondicionado.
Primero, los datos que lo confirman: 26,9°C de temperatura media en Ibiza y 27,3°C en Formentera (la media suma el dia y la noche), lo que son 2,5°C por encima de lo normal.
Julio fue el mes más extremo, con hasta 40,2°C de máxima entre el 6 y el 9 de ese mes, y agosto sumó dos olas más, con picos de 37°C y 38,8°C.
En Sant Joan se batió el récord de temperatura media estival desde que existe la estación, en 1993.
Y aunque el otoño empieza oficialmente mañan y ya hemos notado un alivio enorme con respecto al verano, seguimos a una media de 2,8°C por encima de lo habitual en estas fechas.
Así que mañana no llega el otoño, llega el veroño.
«Ha sido una menopausia compartida con la comunidad»
Ana López lleva 32 años como enfermera familiar y comunitaria en atención primaria, así que su especialidad son las personas, a las que acompaña «como en un matrimonio» a lo largo de toda su vida. Y este verano, dice, todo el mundo ha sufrido el calor «a lo bestia, intensamente».
De ahí su definición, entre irónica y certera: este verano ha sido una menopausia compartida con la comunidad.

Lo que más le ha llamado la atención no es que sufran los grupos tradicionalmente vulnerables —ancianos, enfermos crónicos, niños—, sino que el problema se ha extendido a quienes se creían a salvo, es decir, adultos jóvenes y sanos, Porque un cuerpo sano y fuerte tolera bien un día de calor. Dos días, tres. El problema, explica López, es que este verano no ha sido «un día, otro día, un mes, otro mes». «Antes teníamos olas de calor. Este verano más que olas de calor ha sido un continuo y un deseo constante de ‘a ver cuándo viene el fresco'». La sensación, dice, se parece a la de la pandemia y las olas de contagio porque da la impresión de que esto no se iba a terminar nunca.
El cerebro, más lento
Uno de los efectos que más preocupa a López es el cognitivo porque puede acarrear serias conscuencias. No hace falta estar a 40 grados para que, según sus palabras, «el cerebro esté derretido». Basta con someterlo a calor y humedad sostenidos para que el rendimiento caiga y eso traduce en dificultad para entender las cosas, reflejos más lentos y menor capacidad de reacción —al volante, por ejemplo, ante una señal, un semáforo o un peatón que se cruza—.
A eso se suma un cansancio generalizado, ligado a la falta de sueño reparador con noches que no bajan de 25, 26 o incluso 28 grados, a la deshidratación progresiva y, en muchos casos, a una alimentación deficiente: «aquí la gente en verano trabaja muchísimas horas y come para quitar el hambre, pero no necesariamente para estar bien nutrida», alerta López.
Y luego está la irritabilidad. López habla de pacientes que «saltan a la mínima» sin ser, por lo general, gente impaciente.
La otra pobreza: la climática
Parte del trabajo de López consiste en hacer visitas a domicilio a personas dependientes y vulnerables, y ahí es donde el calor deja de ser una cuestión meteorológica para convertirse en una cuestión social.
«No es lo mismo entrar a las ocho de la mañana en una casa fresca y bien aislada que hacerlo en una vivienda donde está todo el mundo sudando, nadie ha dormido bien» y el paciente incluso comparte habitación. «Se habla mucho de la probeza climática cuando hay frío. Lo vemos mucho en el telediario pero la pobreza climática la vemos aquí, pero desde la otra perspectiva, la del calor». Vivir así, sostiene, no solo tiene consecuencias físicas sino que también las tiene emocionales.
La humedad de Ibiza y los episodios de calima o polvo africano, que castigan especialmente a asmáticos y personas con problemas respiratorios, son factores que actúan como mecha ya que la sensación térmica es más alta.
En los colegios, el problema se repite porque los niños, mucho más vulnerables al calor y a la deshidratación, han empezado el curso sin que las temperaturas hayan bajado, en aulas y patios que carecen de climatización. Y lo mismo pasa con el final de curso porque en junio ya se registran las primeras olas de calor.
Cuando el calor se convierte en emergencia
López explica que hay que saber diferenciar entre «tener calor» y sufrir un golpe de calor. La primera señal de alarma no es tanto el calor en sí como la sensación de agobio que va progresando hacia cansancio, sofoco, debilidad, mareo… A partir de ahí llegan la sudoración intensa y la cara enrojecida, «como si tuviera una bombilla encendida por dentro». Hay que anticiparse porque cuando llegamos al enrojecimiento generalizado y la sudoración, López advierte que la persona puede ya no estar en condiciones de decidir por sí misma si debe ir al médico, y mucho menos de conducir.
El golpe de calor establecido, subraya, es una emergencia vital. Si el cuerpo no se enfría con rapidez, el proceso puede volverse irreversible. Desde el Área de Salud de Ibiza no llevan un registro propio de muertes por calor —esa notificación es obligatoria y va directamente a la Dirección General de Salud Pública—, pero sí han atendido casos de golpe de calor y sus fases previas.
Reclusión y aislamiento por calor, un factor a tener en cuenta
Apatía, desánimo, tristeza, irritabilidad extrema. La psicóloga de atención primaria Lucía Sánchez completa el diagnóstico desde el terreno de la salud mental.
El calor extremo, explica, provoca desequilibrios fisiológicos —alteraciones del sueño, de la alimentación, fatiga— que a su vez derivan en alteraciones del estado de ánimo e irritabilidad.
Y añade un efecto menos evidente porque al evitar salir de casa o socializar en las horas de más calor, muchas personas tienden al aislamiento, lo que también repercute en el ánimo. Recluirse en verano ya no es una opción sino una necesidad y eso, sin darnos cuenta, nos afecta.
En conjunto, señala Sánchez, estos factores pueden acentuar o agravar trastornos ya existentes.







Ha sido un verano espantoso y ha sido y es el tema de conversación permanente en todas partes. Alucino con quienes siguen negando el cambio climático. Nos esperan futuros veranos aún más insoportables y da mucho miedo.