Las investigadoras Beatriz Marín, del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA, CSIC-UIB), y Marta Florido, de la Universidad de Sevilla, han abordado en el VIII Foro Marino de Ibiza y Formentera dos de los desafíos que afronta la conservación de los ecosistemas marinos: las dificultades para recuperar las praderas submarinas degradadas y la expansión de especies invasoras.
El Foro Marino de Ibiza y Formente, impulsado por Ibiza & Formentera Preservation y Fundación Marilles entre otros, ha llegado este miércoles a su octava edición con casi una veintena de ponentes que han tratado temas tan diversos como la crisis climática y su afección en el Mediterráneo, la economía azul o el estado ecológico del mar.
Es el caso de Beatriz Marín, quien ha centrado su intervención en la Cymodocea nodosa, una planta marina menos conocida que la Posidonia oceanica, pero también importante para los ecosistemas costeros. La investigadora compara ambas especies con la vegetación de un bosque: la posidonia sería el equivalente a los árboles, mientras que la Cymodocea se asemejaría a la hierba. Esta última puede colonizar espacios del fondo marino y facilitar el posterior establecimiento de la posidonia. Junto a la investigadora Fiona Tomás, también del IMEDEA, Marín lleva a cabo una revisión de los estudios científicos disponibles sobre los distintos métodos de plantación de Cymodocea nodosa. Según explica, todavía hay pocas investigaciones que permitan determinar qué procedimiento ofrece mejores resultados.
Entre las técnicas estudiadas destaca la germinación de semillas en laboratorio para trasladar después las plantas al mar, una alternativa a la siembra directa que podría mejorar los resultados de la restauración. Sin embargo, Marín recuerda que todavía “es necesario perfeccionar estos métodos y proteger los ejemplares jóvenes de los animales que se alimentan de ellos”.
A las dificultades científicas se suman las administrativas. “La burocracia, por ejemplo, es un límite bastante grande”, señala la investigadora, que advierte de que los trámites pueden retrasar las actuaciones de restauración. Como ejemplo, menciona los fragmentos de posidonia desprendidos durante los temporales, que podrían aprovecharse para recuperar praderas, pero cuya utilización requiere autorizaciones que no siempre llegan a tiempo.
Marín, que también coordina la Red de Restauración de Cymodocea, integrada en la Alianza Europea para la Restauración de Praderas Marinas (ESRA), destaca la importancia de compartir conocimientos y mejorar la colaboración entre científicos y administraciones. “Hay gente que tiene que tomar decisiones y lo ideal es que puedan hacerlo con la ayuda de profesionales que conocen cómo funcionan los ecosistemas”, explica. La investigadora recuerda, además, que “reducir la contaminación y evitar los fondeos inadecuados es fundamental para que los trabajos de recuperación tengan éxito”.
El impacto de las algas invasoras
Por su parte, Marta Florido ha presentado los resultados de sus investigaciones sobre el alga invasora Rugulopteryx okamurae, desarrolladas en la Universidad de Sevilla con financiación de Red Eléctrica, dentro de la plataforma Bosque Marino de Redeia. Esta especie tiene una elevada capacidad de expansión y tolera condiciones ambientales muy diversas. En determinadas zonas de la bahía de Algeciras llegó a cubrir más del 80 % del fondo marino en menos de dos años y, posteriormente, mantuvo coberturas superiores al 75 %.
La investigadora explica que las consecuencias de esta invasión van mucho más allá de la presencia masiva del alga. Un estudio publicado en 2026 en la revista ‘Marine Environmental Research’ documenta cambios en las comunidades marinas de las zonas afectadas: algunas especies se vuelven menos abundantes, mientras que otras, capaces de adaptarse a condiciones muy diferentes, ganan terreno. De este modo, la invasión no afecta por igual a todos los organismos, sino que modifica el equilibrio entre las especies que habitan estos fondos.
Florido describe este proceso como una “homogeneización en cascada”, porque las alteraciones hacen que las comunidades submarinas de distintas zonas se parezcan cada vez más. Esto puede tener consecuencias para el funcionamiento de los ecosistemas: cuando disminuye la variedad de especies y comunidades, también podría reducirse su capacidad para afrontar otros cambios ambientales. La investigación pone así el foco no solo en cuánto se extiende el alga invasora, sino también en cómo transforma la vida marina allí donde se instala.
En el caso de Baleares, Florido señala que, según la información de la que dispone su equipo, Rugulopteryx okamurae todavía no se ha establecido en el archipiélago. Esta circunstancia ofrece la posibilidad de actuar antes de que se produzca una expansión como la observada en otras zonas del Mediterráneo y del entorno del estrecho de Gibraltar. La investigadora considera especialmente importante detectar cualquier posible introducción en sus primeras fases, cuando todavía pueden plantearse medidas para evitar su propagación.






