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Milagros Pierna, sin filtros: «Los niños son los mismos; los que han cambiado son los padres»

Por Laura Ferrer
4 agosto 2026
en + Pitiüses
8
Milagros Pierna, en La Favorita. Fotografías de Paco Natera.

Milagros Pierna, en La Favorita. Fotografías de Paco Natera.

45 años dando clase en el mismo instituto, un balonazo en la nuca que marcó un antes y un después, y una isla que ya no reconoce del todo pero a la que sigue adorando. Milagros Pierna (Zamora, 1957), catedrática jubilada de Lengua y Literatura, escritora y cuentacuentos, habla sin filtros de educación, de salud mental, de Ibiza… Más de cuatro décadas en la isla dan para mucho.

Milagros Pierna llegó a Ibiza en 1981, con 24 años y una plaza de catedrática. La isla era su tercera opción en una lista de oposiciones a nivel nacional. Zamorana de origen, ella quería volar lejos y pensó que la isla no era mal destino, aunque su idea era quedarse un tiempo y pedir traslado. Y aquí lleva 45 años. Trabajó en el mismo instituto, el Santa María, desde su primer día hasta su jubilación en 2017. Por el camino: un marido ibicenco que algo tuvo que ver en su decisión de quedarse, tres hijos, dos nietas, varios premios literarios nacionales, una novela publicada por Destino, un cáncer de mama superado y una vocación por el arte de contar cuentos. Hablamos, sin filtros, de todo ello.

Sobre llegar a Ibiza sin haberlo elegido del todo

Llegó a Ibiza desde Zamora y lleva ya 45 años, ¿aquella joven de 24 años se imaginaba algo así?

Pedí primero Ciudad Real, no me la dieron. Luego Burgo de Osma, tampoco. Ibiza fue mi tercera opción. No es que yo hubiera soñado toda mi vida con venirme a vivir aquí- La idea de casi todo el mundo que venía era esta: estoy dos o tres años, pido traslado, me voy. Pero, como le pasó a otras personas, la isla me enganchó. A mí me pasó algo muy concreto: cuando ya tenía los papeles del traslado preparados en casa, llevaba un mes saliendo con el que hoy es mi marido. Pensé: si no pido el traslado por una relación que lleva un mes, y esto se corta en quince días, vaya decisión… Pero aposté. Y aposté bien. Rompí los papeles y no volví a pedir traslado nunca más.

Cuarenta y tres años juntos, tres hijos, dos nietas. ¿Y los primeros años en la isla?

Una delicia. En invierno no había nada, tranquilidad absoluta. El primer año me dediqué, con gente nueva del instituto, a recorrer la isla entera cada sábado. Fue como estar de turista un año completo. Maravilloso.

Sobre el declive de la educación

Trabajaste en el mismo instituto toda tu carrera. ¿Cómo viviste la evolución de la enseñanza?

He tenido la suelte de vivir solo los últimos años, los que yo llamo «malos», del empeoramiento. Y lo atribuyo a varias cosas. La primera, y hay que ser justos: la educación obligatoria hasta los 16 años. Es un acierto absoluto, porque la educación es un factor igualatorio en la sociedad. El problema es que esa ampliación no vino acompañada de los medios necesarios: ni suficientes profesores, ni personal de apoyo, ni un sistema que igualara de verdad a quien parte de un nivel cultural más bajo.

¿Y eso se notaba en el día a día del aula?

Muchísimo. Recuerdo a un niño que faltaba todos los días a la clase de las ocho porque tenía que llevar a su hermana pequeña al colegio. No había solución: la única era que sus padres dejaran de trabajar, y eso era imposible. Aquel crío iba perdiendo, sistemáticamente, cinco clases a la semana. Eso me dolía mucho. O el caso de un chico rumano que llegó a mitad de curso sin hablar ni una palabra de español. Le compré yo, de mi bolsillo, un diccionario rumano-español porque en la biblioteca no había. Aprobó el curso pero las dificultades son enormes cuando no hay suficientes medios, personal…

¿Has notado también un cambio en la actitud de las familias?

Ahí está el segundo factor, y para mí fue el más determinante. Los niños son los mismos; los que han cambiado son los padres. Antes, cuando tú reñías a un alumno, el padre te respaldaba. En un momento dado eso cambió y los padres empezaron a venir a reñirte a ti. «Es que no motivas a mi hijo», me llegaron a decir. En una clase donde varios alumnos se portan mal, te desmoronan el grupo entero. Hubo un punto de inflexión: en un segundo de la ESO donde, por primera vez en más de treinta años, no conseguí hacerme con la clase. Cualquier intento de dar clase me lo reventaban sistemáticamente. Un día, a la vuelta del recreo, de espaldas a los niños que volvían del patio, me dieron un balonazo fuerte en la nuca. Me mareé, tuvieron que llevarme a urgencias. Hubo que creer, aunque creo que no era cierto, que había sido sin querer una de las niñas más «buenas» de la clase, que asumió la culpa por otro. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

«Un día, a la vuelta del recreo, de espaldas a los niños que volvían del patio, me dieron un balonazo fuerte en la nuca. Me mareé, tuvieron que llevarme a urgencias».

¿Cómo saliste de aquello?

Tuve la suerte de que, poco después, quedó libre una plaza dando clases por la tarde a adultos, en el ESPAD (Enseñanza Secundaria para Personas Adultas). Fue un alivio total. Había otros problemas, sí, pero de otra naturaleza: una auxiliar de enfermería con dos hijos que hacía los deberes cuando podía; una chica con dislexia sin diagnosticar, a la que se la detectaron ya de adulta; otra que hizo un examen con su bebé recién nacido, quince días después de una cesárea y le sostuve yo el bebé…

Respecto al mal ambiente que sufriste en los últimos años en las aulas, ¿te ha acarreado problemas de salud mental, ansiedad…?

He tenido dos depresiones fuertes a lo largo de mi vida, y en cuanto pasas por la segunda, los psiquiatras ya te consideran paciente crónico y no te pierden de vista nunca más. Me siguen viendo cada mes y medio, con medicación de por medio. Pero siempre lo he tenido muy claro: yo no me pongo enferma por trabajar, yo dejo de trabajar porque estoy enferma. Cuando estaba con una depresión fuerte y no me podía ni levantar de la cama, no era por el instituto. Al contrario: cuando estaba bien, el instituto me daba subidón de ánimo, me ponía las pilas. Nunca fue el trabajo lo que me hundió. Lo que sí creo es que, si no me hubiera podido cambiar a las clases de la tarde después del balonazo, habría sido muy duro sostenerlo.

Sé que pasó por un proceso de cáncer, espero que ya felizmente superado…

Me operaron en 2022. Salió bien, no hubo complicaciones, y después vino la radioterapia. Lo que no me esperaba era la flojera que te deja después: menos mal que el radiólogo me avisó, porque si no me hubiera pillado desprevenida. Ahora sigo con una medicación hormonal para prevenir que salga otro tumor, y esa sí que da guerra: cansancio, dolor en las articulaciones, sofocos como si volviera a estar en plena menopausia, cuando ya la tenía superada. Estoy bien, hago mis revisiones cada seis meses y mamografía anual, pero reconozco que ya no tengo la misma energía para gastarla en cosas que no son obligatorias. Por eso este último año he bajado el ritmo con los cuentacuentos: hay que priorizar la salud.

«A una profesora que empieza le aconsejaría mucha paciencia y mucho sentido de la justicia. No culpar a toda una clase ni generalizar diciendo que los niños de ahora son peores…. Y que reclamen más profesores, mejores ratios, más personal de apoyo»

¿Qué consejo le darías hoy a una profesora que empieza?

Mucha paciencia y mucho sentido de la justicia. No culpar a toda una clase ni generalizar diciendo que los niños de ahora son peores. Los niños son los mismos que siempre. Lo que puede fallar es el sistema, los medios, el nivel previo. Que reclamen más profesores, mejores ratios, más personal de apoyo. Un profesor solo no consigue nada, pero la dirección de un centro sí puede. Y a los alumnos hay que tratarlos humanamente desde el primer día: no ser su amigo, pero sí ser cordial, e intentar ganarte especialmente a los más rebeldes, porque una vez que te los ganas, tienes medio camino hecho.

Milagros Pierna habla con amor pero también con preocupación de la que ha sido su profesión durante toda la vida: la enseñanza. Fotografía de Paco Natera

¿Y qué opinas del debate sobre el sobrediagnóstico de trastornos y altas capacidades?

Puede haber algo de eso, sí. Pero también es verdad que antes había muchísimos casos —dislexia, Asperger, TDA— que simplemente nunca se detectaban. El problema real es otro: ¿de qué sirve diagnosticar si luego, con la enseñanza como está, no hay herramientas ni medios para dar a cada alumno lo que necesita? De poco, la verdad.

Sobre una isla que ya no reconoce del todo

Llevas 45 años en Ibiza. ¿Qué ha cambiado?

He notado un bajón brutal en los últimos diez años: el exceso de gente, los precios, el no poder ir ya a los sitios de siempre. Antes, en verano, podíamos ir a la playa de ses Salines por la tarde y quedarnos hasta la puesta de sol. Ahora, si quieres ir, tienes que madrugar al amanecer y estar fuera antes de las diez. El último baño tranquilo que me di allí fue en pleno invierno.

¿Compartes ese sentimiento generalizado de sertirse intrusa en tu propia isla?

Sí, y no es solo hostelería. Bares y restaurantes a los que hemos ido toda la vida han cambiado de dueños, se han «estropeado», puestos de cara al turista, sin personalidad. Y si notan que eres de aquí, muchas veces te tratan peor: tardan más en atenderte, te miran mal si pides lo más barato de la carta. Nos ha pasado en varios sitios. Al final, lo que consiguen es que no vuelvas. Te sientes extraño en tu propia casa.

¿Y el día a día, el tráfico, la ciudad?

Insoportable. Ir a Vila se ha convertido en juntar todos los recados de la semana en un solo día, porque no vuelves a bajar hasta la próxima. Está sucia, huele mal, no encuentras dónde aparcar. Antes bajábamos tranquilamente a tomar algo a la Plaza del Parque; ahora ya casi ni vamos.

Tu hijo pequeño se marchó de la isla. ¿Por qué?

Por la vivienda, sencillamente. Estuvo siete años viviendo con nosotros, sin poder independizarse, hasta que le salió un trabajo en Valencia y se fue. Nos decía: «es que aquí no puedo vivir, esto está lleno, es un agobio». Y eso que es de aquí de toda la vida.

Con todo lo negativo, sigues queriendo a la isla. ¿Qué es lo que no ha cambiado?

La isla en sí: el mar sigue siendo el mar. Y la gente de aquí sigue siendo la gente de aquí: tardan en abrirte la puerta, pero cuando lo hacen, de verdad lo hacen. Y valoro muchísimo el ambiente cosmopolita, la libertad de ser quien eres sin que nadie te esté juzgando por la calle, algo que en Zamora, cuando vuelvo, sigo notando exactamente al revés.


¿Te has planteado alguna vez marcharte?

Jamás. Ni en broma. Tengo aquí mi casa, mi vida, mi gente. No viviría en una ciudad grande ni tampoco en una pequeña como Zamora. Aquí se está muy bien, sobre todo si lo comparas con vivir en cualquier otro sitio.

Sobre escribir, contar cuentos y ser mujer en el mundo literario

Tuviste una época muy prolífica como escritora, con premios nacionales y una novela publicada por Destino. ¿Qué pasó después?

Todo eso fue antes de 1997. Cuando nació mi hijo pequeño, empecé a sentir que me repetía: escribía siempre lo mismo, con otros personajes. Y a eso se sumó un problema técnico: todo lo tenía en disquetes que después se estropearon y ya no se pueden leer. Nada estaba subido a ningún sitio. Así que fui dejando de escribir.

El año pasado se republicó tu primer libro, «Coses de cada dia», escrito en ibicenco en los años 80.

Sí, gracias a Ramón Mayol, de Edicions Aïllades Fue como si apareciera un padrino de la nada que solucionaba todos los problemas: la falta de un archivo en formato digital, las dos reformas ortográficas del catalán que había habido desde entonces y que requerían revistar muy bien el texto, la falta de las ilustraciones originales… Me devolvió a un lugar donde llevaba mucho tiempo sin estar, y me hizo mucha ilusión. La nueva edición lleva ilustraciones de Gabriel Torres Chalk, un texto de Joan Cardona (Joan des Pou) y un prólogo de Josep Marí.

Milagros Pierna con su libro ‘Coses de cada dia’. Fotografía de Paco Natera.

¿Sientes que ha faltado reconocimiento a tu obra?

No, en su momento me sentí muy reconocida. Lo que tuve fue mala suerte con las ediciones: se descatalogaron enseguida, no estaban informatizadas ni en internet, y se fueron volviendo inencontrables. Y creo que hay un patrón que afecta especialmente a las mujeres: tenemos nuestro momento de promoción del libro y luego ya no se vuelve a hablar de nosotras, mientras que a los hombres se les sostiene mucho más tiempo. Puede que también nos cueste más pelear nuestro espacio público, reclamarlo…

¿De dónde viene tu pasión por contar cuentos?

De mi tía Mari, que me crió casi como una segunda madre y me contaba historias cada noche desde que nací. Recibí tantísimo alimento espiritual de aquellos cuentos que sentí que tocaba devolver algo de eso. Empecé contándoselos a mis nietas con un teatrito de kamishibai que me construyó mi marido, y de ahí salté a bibliotecas y colegios.

¿Qué autoras o autores sigues ahora, qué te llama la atención?

Tengo glaucoma y ya perdí casi toda la visión de un ojo; en el otro sufrí un desprendimiento de retina. La lectura la he tenido muy parada, aunque unas gafas nuevas me han permitido volver, con letra grande y poco tiempo seguido. Estoy releyendo más que descubriendo: Almudena Grandes, Isabel Allende, Emilia Pardo Bazán… Los audiolibros y los podcasts, sinceramente, no me funcionan: me distraigo enseguida.

Si pudieras hablar con la Milagros de hace 45 años

Última pregunta: ¿qué le dirías a la Milagros que acababa de bajarse del avión en 1981?

Calma, tranquilidad, disfruta. Cada etapa va cambiando, ha habido momentos maravillosos y momentos malos, como los de ahora, que son críticos sobre todo en verano. Pero aquí se está muy bien, sobre todo si lo comparas con vivir en cualquier otro sitio. No hay tantos lugares donde viviría mejor que en Ibiza.

Entre las obras publicadas por Milagros Pierna destacan Los espejos del Charing Cross, editada por Caja Castilla-La Mancha tras obtener el Primer Premio en el certamen de Narrativa Femenina «Galiana» de Novela Corta en 1995; Mitologías, ganadora ese mismo año del Premio Provincia de Guadalajara «Camilo José Cela»; Baucis y Filemón, publicada por Editorial Torremozas en 1996 al recibir el VIII Premio «Ana María Matute» de Narrativa de Mujeres; Ángel de agosto, que vio la luz en 1997 en Ediciones Destino, dentro de su colección Áncora y Delfín; y Una blanda muerte o Melibea, editada por Mediterrània-Eivissa en 1998. A ellas se suma Coses de cada dia, publicada originalmente por Mediterrània-Eivissa en 1994 y recuperada recientemente en una nueva edición actualizada a cargo de Edicions Aïllades.

Tags: adolescenteeducacionIbizainstitutoLiteraturaPitiüses
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Comentarios 8

  1. Andreu Coll Bufí says:
    2 semanas atrás

    T’estim molt, Milagros. Et desig el millor. G`ràcies per totes les coses bones que em vars aportar i que em vas ensenyar.

    Responder
  2. Luisluis says:
    2 semanas atrás

    Una gran mujer y una gran amiga.

    Responder
    • David. says:
      2 semanas atrás

      Una gran profesora y muy preparada.Tuve la suerte de que fuera mi profesora de literatura en c.o.u..Grnades recuerdos.

      Responder
  3. Maite Torres says:
    2 semanas atrás

    Una gran profesora, que nos hacía sentir la literatura. Tus clases eran muy inspiradoras, nos metíamos contigo en El Cid Campeador, en Calderón de la Barca y La vida es sueño…. Lástima de los alumnos que no lo supieron apreciar porque profesoras como tú es lo que se necesita en la adolescencia. Te deseo lo mejor Milagros.

    Responder
  4. Aquaeductus romanum says:
    2 semanas atrás

    Se nota cuando a un profesor le gusta lo que enseña, y Milagros nos animó a acercarnos a la literatura clásica con otros ojos.

    Recuerdo que en aquellos años de bachillerato también nos hablaste de cultura culinaria, supongo que te preocupaba que las únicas pizzas que conociéramos fueran las del Telepizza.

    Y me gustaría ampliar la entrevista (seguro que a la periodista también se le han quedado muchas en el tintero) con esta pregunta: «Como activista antiautopista… ¿Cómo eran los claustros durante aquella época? ¿Había profesores a favor y en contra?»
    Seguro que reinó la profesionalidad y la cordialidad… O no.

    Gracias.

    Responder
  5. Francisco Benito Garcia says:
    2 semanas atrás

    Mi querida amiga!!
    Mi querida maestra.
    Soy tu querido Benito!!
    Que días tan grandes conocimos, disfrutamos, en una gran isla que nos acogió.
    Siempre te recuerdo con mucho cariño.

    Responder
  6. Milagros Pierna Belloso says:
    2 semanas atrás

    Gracias a quienes me estáis diciendo cosas bonitas, exalumnos y compañeros. Siempre llega al alma que me recordéis con tanto cariño. Un beso.

    Responder
  7. Carme Ramis says:
    2 semanas atrás

    Encara record aquell silenci absolut què es produïa quan començaves a parlar. Ens vas ensenyar a estimar la literatura i encara guard els apunts de les teves classes des de fa més de 35 anys. Moltes gràcies per tot.

    Responder

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