Cuando ves cómo los ataques a Dubái generan esa ola expansiva de hámster huyendo de la rueda, casi de manera involuntaria vuelves a creer en cierto orden natural de las cosas. Como si, por un instante, la realidad se encargara de recordar que los delirios humanos también tienen pronta caducidad. Es algo así como recuperar una mínima fe en ese sistema que, con todos sus defectos y contradicciones, pagó un precio demasiado alto para conquistar algo tan básico como un ecosistema social habitable, un lugar donde vivir dignamente.
Porque sí, siempre hay aristas que pulir. Las hay en todas partes. Pero una cosa es la imperfección y otra muy distinta la aberración. Y Dubái, esa ciudad levantada como una alucinación en medio del desierto, representa quizá uno de los ejemplos más claros del delirio contemporáneo: el lujo como una anestesia moral y la practica abolición de cualquier principio humanista.
Allí donde se levantan rascacielos imposibles, también se ha levantado un modelo donde los derechos humanos se convierten en imposibles. Un sistema donde la justicia social es un concepto meramente decorativo, útil para discursos internacionales pero completamente inexistente en la práctica real. Una especie de barco fantasma del capitalismo tardío: mucho brilli-brilli por fuera, pero totalmente vacío, que va navegando a la deriva hasta que inevitablemente termina chocando contra la realidad.
Y cuando eso empieza a suceder, ocurre algo curioso. Las ratas abandonan el barco.
Aquí es donde la cuestión deja de ser lejana y viene a tocarnos más de cerca. Porque mientras esa alucinación empieza a mostrar grietas, surge una amenaza que ya atisba incluso en la prensa local: que todos esos roedores, acostumbrados a girar en sus jaulas de lujo, decidan buscar refugio en lugares como Ibiza.
No vienen con un estado de ánimo de redención. Ni aprendizaje. Ni mucho menos de disculpas.
Vienen a hacer exactamente lo mismo que han hecho en Dubái, en Abu Dabi y en tantos otros laboratorios del dinero sin ningún tipo conciencia. Vienen a reproducir el único modelo que conocen: el de la dominación económica sin ética, el del petrodólar convertido en herramienta para someter territorios enteros a una servidumbre disfrazada de prosperidad.
Una servidumbre opalescente, brillante por fuera, pero profundamente vacía por dentro.
El problema no es que venga inversión. El problema es qué tipo de mundo construye esa inversión. Porque cuando el dinero llega sin reglas, sin cultura democrática y sin respeto por el tejido social, lo que hace no es desarrollar un lugar: lo coloniza.
Porque cuando el dinero llega sin reglas, sin cultura democrática y sin respeto por el tejido social, lo que hace no es desarrollar un lugar: lo coloniza.
Ibiza ya ha vivido suficientes ejemplos de eso. Urbanizaciones absurdas, especulación inmobiliaria salvaje, economía turística inflada hasta el límite de lo sostenible. Pan para hoy, hambre para mañana. Y lo peor es que todavía hay quien se deja seducir por ese resplandor superficial del negocio rápido.
Pero, algo muy sencillo: no todo lo que brilla es oro.
No estoy en contra del turismo. Sería absurdo. Ibiza vive de ello. Tampoco estoy en contra del crecimiento económico. Lo que sí debería preocuparnos es cómo crecemos y para quién.
Y si no somos capaces de mirar con lupa lo que llega, de usar un poco de razón y de sentido común, esa virtud que el dinero rápido tanto desprecia, corremos el riesgo de cometer exactamente el mismo error.
Que Ibiza termine convertida en otra alucinación.
Y entonces sí que será: bye bye Ibiza.






