A veces pienso que la etimología de Ibiza viene de la luna. No en el sentido lingüístico (los filólogos aullarían), sino en el perceptivo, de paisaje y de ánimo. Hay lugares cuya verdad no depende del origen de la palabra, sino de la experiencia que provocan. Para mí, Ibiza tiene algo de eso.
La primera impresión es mineral. El blanco excesivo de la cal, la aridez pulida por el viento y la nitidez de la noche, todo parece iluminado desde lejos, como si la luz no naciera aquí. Uno camina la isla con la sensación de haber aterrizado. Ibiza parece tener gravedad propia, más leve, más psicológica. La gente llega cargada de identidad y, al cabo de unos días, algo se desprende.
Tal vez por eso funciona como un espejo. No refleja lo que es, sino lo que se busca en ella. Cada visitante cree encontrar una esencia distinta y, sin embargo, todos hablamos del mismo objeto de deseo. Lo que cambia es el objeto según la mirada: libertad para unos, exceso para otros, calma para unos pocos o sencillamente una luna que anda sola…
De ahí su asociación inevitable con la noche. No porque no exista el día, sino porque el tiempo aquí no es cronológico, sino emocional. Se vive en un presente continuo, una especie de vigilia soñada donde incluso el sol parece formar parte de la noche.
Esta suspensión explica una identidad inestable. La isla que hoy reconocemos es reciente, construida por capas sucesivas en apenas décadas: comunidad alternativa, paraíso de la fiesta, destino de lujo. Cada etapa parece inaugurar una era definitiva. Ninguna lo es. Lo interesante es que Ibiza no acumula pasado, lo reemplaza, como un cuerpo celeste en fases que no progresa, sino que se transforma.
Ibiza, como la luna, también tiene su cara oculta. El verano es la superficie accesible, la cara ofrecida al mundo: ruido, presencia, velocidad social. Pero cuando termina la temporada aparece otra cara, la isla más silenciosa, más precisa e invisible. No es mejor ni peor, simplemente no necesita espectadores, y el paisaje deja de ser escenario y vuelve a ser territorio.
Quien solo conoce una de las dos caras cree conocerla entera.
La relación de Ibiza con «los otros» resulta central. Ibiza existe en la medida en que es imaginada desde fuera. Su economía, su relato y su prestigio nacen de la expectativa externa. Sin esa mirada, sería solo un trozo de tierra en el mapa. Como los astros, depende de la luz ajena para adquirir presencia simbólica.
En Ibiza, como en la luna, uno puede sentirse extraterrestre sin incomodidad. La pertenencia pierde cierta importancia, ya que nadie exige raíces, basta con estar. La isla concede una identidad provisional, la del que pasa. Quizá por eso fascina tanto. No promete autenticidad, ofrece desaparecer un poco. Aquí el viajero no busca conocer Ibiza, busca reconocerse de otro modo dentro de ella. Y cuando uno se marcha no recuerda con exactitud lo que hizo, sino la sensación de haber estado en un lugar que no terminaba de ser como los demás.
Tal vez la comparación con la luna no sea poética, sino práctica. Hay sitios que iluminan y sitios que reflejan. Ibiza, creo, pertenece a los segundos, devuelve una versión distinta de quien la mira. Por eso nunca se agota. Cambia cada temporada porque cambia la mirada que la construye.
Digamos que solo existe mientras dura la experiencia. Luego queda la memoria, esa luz diferida que confirma que, durante un tiempo, uno orbitó alrededor de algo difícil de explicar.





