La residencia siente la tranquilidad del verano cuando el sol se empieza a poner. Se descalza, se quita la americana azul marino de Giorgio Armani y el pantalón, también el sujetador. Está sola. Le invade una sensación de calma inaudita. Se mira los pechos en el reflejo de la ventana y una contradicción la altera, pues piensa en operarse. Se quita las bragas y anda descalza por el mármol de Carrara.
Se sirve una copa de Monti Lessini, método clásico de la región del Véneto. «Le bollicine», le encanta. Pincha en el Bluetooth del iPhone «La cura», de Franco Battiato. La considera la canción de amor más bella jamás escrita. Sube el volumen y se mete en la piscina, mientras siente cómo la marca del sujetador en la espalda va desapareciendo junto a una sensación de soledad maravillosa.
Coge su libro favorito, pues es su momento, y lo abre una vez más, igual que cada miércoles cuando su hija está con su padre.
Y recita en alto:
Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo.
Siete para los Señores Enanos en casas de piedra.
Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir.
Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas
en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.
La canción de Battiato se para. Se sirve otra copa de espumoso, pilla el móvil y ve un wasap: «Reunión de urgencia. Crisis migratoria sin precedentes en Ceuta».
Maldice, ya que no le va a dar tiempo a pintarse las uñas.
Se vuelve a poner el sujetador y nota la presión en el pecho. Coge un traje de Armani, esta vez de color beige, y mira la foto que hay en la mesita de noche. Es una foto del «Duce». Toma una bocanada de aire que la llena de orgullo y la empuja con firmeza.
Ya reunida con Antonio Tajani, a este se le ocurre audazmente recordar a la primera ministra un cuento, concretamente: «¡Que viene el lobo!». Y se lo lee en alto delante de todos:
Había una vez un pastorcito llamado Pedro que cuidaba ovejas cerca de un bosque. Como se aburría, decidió gastar una broma a los habitantes del pueblo. Gritó:
—¡Auxilio! ¡Viene el lobo! ¡El lobo se está comiendo las ovejas!
Los aldeanos corrieron a ayudarlo, pero al llegar descubrieron que no había ningún lobo. Pedro se rio de ellos.
Días después, volvió a hacer lo mismo:
—¡Auxilio! ¡El lobo! ¡El lobo!
Los aldeanos acudieron otra vez y descubrieron que era otra mentira. Pedro volvió a reírse.
Pero un día apareció un lobo de verdad. Asustado, Pedro gritó:
—¡Ayuda! ¡El lobo está aquí de verdad!
Sin embargo, los aldeanos pensaron que estaba mintiendo otra vez y no fueron a ayudarlo. Entonces el lobo lanzó el ataque al rebaño.
Matteo Salvini, mientras todos aplauden y aporrean la mesa con el puño derecho, se levanta de manera categórica y, con la mano derecha en alto, les dice:
—Cuando una persona miente repetidamente, los demás dejan de creerla, incluso cuando dice la verdad.
La frase provoca un estado de éxtasis colectivo. Se miran, sonríen, vuelven a golpear la mesa. Por fin han encontrado la grieta. Esa pequeña fisura por la que introducir la palanca y hacer saltar alguno de los goznes que todavía mantienen unida a Bruselas. Por fin el plan avanza.
La primera ministra observa y se dice a sí misma: «Soy Giorgia. Soy mujer, soy madre, soy italiana, soy cristiana». Levanta la mano derecha y dice en alto:
—Dios, patria y familia.
Todos, cuando la miran, piensan que, si Margaret Thatcher fue la Dama de Hierro, Meloni aspira a convertirse en la «Dama de Acero Inoxidable». Más moderna, más flexible y, sobre todo, más resistente a la corrosión de Bruselas. Además, es Capricornio y eso lo cambia todo.
Saben que Meloni ya no parece conformarse con gobernar Italia. Quiere liderar Europa. O, al menos, liderar la Europa que imagina para después de esta Europa. Y para hacerlo necesita demostrar que el viejo edificio comunitario tiene grietas.
Y propone suspender el espacio Schengen con España ante la situación que se vive en Ceuta.
La noticia llega desde Palazzo Chigi y cae sobre la mesa como una botella de bollicine. No porque Ceuta les importe demasiado, ni siquiera España. Lo importante es el precedente. La posibilidad de demostrar que Europa puede empezar a deshacerse exactamente por aquello que prometió mantener unido: sus fronteras.
Schengen fue construido sobre una idea extraordinariamente sencilla: que un italiano pudiera atravesar Francia y llegar a España sin que nadie le preguntara quién era ni adónde iba. Una Europa donde las fronteras continuaban dibujadas en los mapas, pero habían desaparecido de las carreteras. Durante décadas funcionó tan bien que terminamos olvidando que existían.
Hasta que llegaron los migrantes.
Entonces la frontera volvió a materializarse.
El problema comienza en Ceuta, pero nadie cree que vaya a quedarse allí. Si las instalaciones colapsan y el Gobierno español traslada a los migrantes a la Península, estos entran de facto en el enorme territorio sin fronteras interiores que Europa construyó durante décadas. Desde Algeciras se puede llegar a Barcelona; desde Barcelona, cruzar Francia; y desde Francia, aparecer en Italia.
Meloni lo sabe. Salvini también.
Y precisamente por eso sonríen.
Porque el verdadero asunto ya no son unos cuantos miles de personas atrapadas entre África y Europa. El asunto es quién debe hacerse cargo de ellas. España sostiene que la frontera de Ceuta también es frontera europea; Italia recuerda que lleva años diciendo exactamente lo mismo sobre Lampedusa. Francia mira hacia otro lado. Alemania calcula. Bruselas redacta comunicados.
Y mientras todos discuten quién debe abrir la puerta, Meloni empieza a preguntarse quién tiene suficiente fuerza para cerrarla.
Europa construyó Schengen para demostrar que podía existir un continente sin fronteras interiores, pero nunca terminó de decidir qué hacer con su frontera exterior. Mientras entraban turistas, trabajadores y mercancías, el experimento parecía perfecto. Cuando comenzaron a llegar quienes nadie había invitado, reaparecieron las viejas naciones debajo del barniz comunitario.
Italia vuelve a ser Italia. Francia vuelve a ser Francia. España descubre que Ceuta está mucho más cerca de Bruselas cuando hay que pedir dinero que cuando hay que repartir migrantes.
Y Meloni contempla el tablero.
Porque quizá su objetivo no sea abandonar Europa, sino algo bastante más ambicioso: cambiar quién manda en ella.
Thatcher quiso doblegar a Bruselas desde Londres. Meloni pretende hacerlo desde dentro.
El hierro se oxida.
El acero inoxidable, no.
En lo que respecta a Pedro, aún no ve el lobo como tal. Sigue creyendo su mentira. Porque cuando se está a gusto, se está a gusto: AC, sillón presidencial y 140 caracteres para salvar el mundo. Además, ya ha comparecido en Ceuta para la foto, que casi sale borrosa por la rapidez de su comparecencia ante la prensa, ya que la agenda última va apretada antes de las vacas.
Eso y que, además, últimamente está escuchando, entre avión y avión, «The Magic», un temazo de su banda fetiche, Joan As Police Woman, que descubrió escuchando 180 grados, de Virginia Díaz, en Radio 3, la radio de los de izquierda, que aunque a veces pongan reguetón, todos los que la escuchamos sabemos que están fingiendo. Es pura mentira.
Como el cuento aquel.
Está claro que un licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el Real Centro Universitario María Cristina de El Escorial no sabe a qué sabe el polvo.
Los 49.000 que han entrado irregularmente no es que un día decidieran juntarse para liarla en la frontera de Ceuta. Pero saben a qué sabe el polvo. Y están desesperados. Algo de lo que ninguno de los despachos donde se les despacha tiene demasiada idea. La distancia entre unos y otros para entender sus respectivas realidades es tan enorme que la cosa termina sonando, otra vez, a un cuento.
Y luego estás tú, que lees esto.
Quizá pienses que una persona en situación irregular viene a quitarte tus privilegios porque defiendes el discurso del que está sentado en el despacho. Pero hay algo que se te escapa: eres su siervo y él —ellos— son tus señores. Y en el momento en que aceptaste esa relación te quedaste sin soberanía.
No defendiste a los tuyos porque pensabas que tú también eras el lobo.
Pero no te equivoques, que visto así te pareces más a un cordero.
Y aunque me he permitido banalizar, ha sido siguiendo la línea de quienes van trajeados y deciden desde sus despachos. Porque el drama produce tanta vergüenza, en tanto en cuanto uno observa cómo lo gestionan, que ya parece que la única alternativa posible sea el delirio.
Porque todos estamos de acuerdo en que hay una única verdad, que está entre líneas —no me malinterpretes…—: los miles que han cruzado la frontera de Ceuta son, en realidad, agentes del Mossad que Netanyahu manda a Europa para delinquir y provocar incendios por doquier, porque a quien más la líe le han prometido un ático en Chamberí.
Esta es la verdad.
Y que no te engañen.
Samaj Moreno






