Hay países que se idealizan. Y luego está Suiza, que sencillamente es.
Esto no es un blog de viajes, es más bien una declaración de intenciones. Venir a Suiza no es desplazarse en el mapa, es colocarse en un espejo incómodo. Venir al verdadero norte global, no como turista que contempla, sino como grumo en el líquido: una pequeña densidad que no termina de diluirse en la perfección aparente.
Uno viaja a Tailandia o a Marrakech con la sensación, injusta, de llevar encima el privilegio. Aquí sucede justo lo contrario, se experimenta una inferioridad evidente. Una conciencia de estar en un epicentro donde el orden no es aspiración, sino un hábito.
Entonces me surge la pregunta: ¿es la administración reflejo de la sociedad o es la sociedad reflejo de la administración?
Suiza no parece debatirse entre lo que quiere ser y lo que es. Aquí los mililitros y los milisegundos se aprovechan. Los ángulos rectos son un centro de gravedad permanente y un cuarto de hora adquiere una densidad inmensa.
La nieve no es paisaje, es recurso. Absorbe el ruido y vacía la montaña de estridencia. El silencio es material. La montaña calla y en ese silencio se funde uno llevando unos esquís carísimos.
El Ródano nace de un glaciar, en un valle custodiado por picos que superan los tres mil metros y se alzan como una dentadura mineral. Ese río desciende hasta el lago Lemán, donde, en el año sin verano, Lord Byron dio forma al vampiro más cool de la historia y Mary Shelley alumbró a un nuevo Prometeo. Montaña y agua como matriz literaria.
Entonces no es casual que aquí Einstein relativizara el tiempo mientras Rolex lo medía. Que el chocolate suavizara la severidad del clima. Que Gruyère invitara a fundir deseos en pan compartido. Que Chaplin abandonara al pequeño vagabundo.
Que Freddie Mercury se elevara frente al lago como un ángel de bronce. Aquí se veneran ingenieros, no santos. Y eso lo cambia todo.


Me veo en una tienda sin dependiente. Confianza como sistema operativo. Democracia directa. Estado federal. Descentralización real. No es solo estructura política, es…cultura.
Si el sueño de la razón produce monstruos, aquí el monstruo tendría el tamaño de Extremadura, un mundo donde todo parece nuevo siempre, incluso los alquileres y los sueldos. Un sitio donde el futuro ya no se promete.
Y, sin embargo, la pregunta persiste: ¿es esto el futuro o es una excepción geográfica, un accidente? O, dicho de otro modo, ¿puede diseñarse la confianza?





