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«Ibiza ya no merece la pena»: Rambo Viñals, sin filtros

Por Laura Ferrer
11 abril 2026
en + Pitiüses
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Rambo Viñals en el Parque de la Paz de Ibiza. Foto Cristina Marí.

Rambo Viñals en el Parque de la Paz de Ibiza. Foto Cristina Marí.

Quedamos en el Sacromonte, uno de esos pocos bares de siempre que van quedando en Vila. Desde que ponemos un pie dentro hasta el fin de la entrevista perdemos la cuenta de la gente que le ha saludado. Como buen cazador, Javier Viñals, conocido como Rambo Viñals (4 de septiembre de 1966) no habla: dispara. Las frases le salen con la misma rapidez e intensidad con la que dice haber vivido siempre. Y es que intensidad es la palabra que más repite —la que le repiten quienes le conocen— y también la que mejor lo define.

Cocinero de profesión, cazador y pescador por vocación, deportista… Rambo es uno de esos perfiles que ya no encajan del todo en la Ibiza actual. O quizá es Ibiza la que ha dejado de encajar con gente como él.

A los 60 años, sigue caminando horas cada día, sigue sin concebir faltar al trabajo —ni con lesiones, ni con operaciones— y sigue entendiendo la vida como un ejercicio de entrega total. “Si hago algo, lo hago al 200%». Es impulsivo y ha vivido a veces en los márgenes de la ley y eso tiene consecuencias: accidentes, una huida de la policía local solo por ir sin casco y alguna que otra multa por pescar algún pez más del permitido…

Pero detrás del personaje jovial hay algo que sorprende: una nostalgia profunda que le hace emocionarse hasta llorar cuando recuerda la Ibiza de su infancia.

Rambo no duda cuando se le pregunta por la Ibiza actual: “Para mí ya no merece la pena”. No es una frase provocadora, es una conclusión. Habla de una isla donde antes todos se conocían, donde los niños crecían libres, donde el campo y el mar marcaban el ritmo. Hoy, en cambio, ve masificación, pérdida de identidad y una presión que afecta a todo: la vivienda, el trabajo, incluso las relaciones humanas.

“Yo no nací en Ibiza. Mis padres me tuvieron en Valencia, por temas de trabajo. Pero a los 15 días de nacer ya estaba aquí. Me siento más ibicenco que nadie, te lo puedo asegurar. Mi mujer es ibicenca de Sa Penya. Leí el artículo de Noudiari, ese que pregunta si vale la pena vivir en Ibiza. Te digo la verdad: para mí ya no, no merece la pena”.

—¿Por qué crees que Ibiza ya no merece la pena?

Antes nos conocíamos todos, nos saludábamos, ahora ya no… Esto ya no es Ibiza. ¿Quieres tomar algo?

—Claro, ahora pedimos. Si quieres empezamos por conocer un poco más a la persona detrás del personaje.

Si quieres saber cómo soy, el resumen lo tiene mi jefa: muy intenso. Soy muy intenso. Trabajo en el restaurante De Vila, al lado del boulevard. En ese restaurante llevo cuatro años, pero con mis jefes estoy desde hace ya 14 o 15 años. Antes tenían otro negocio, el restaurante Dausol. En De Vila necesitaban un cocinero que supiera de cocina ibicenca y ese soy yo. [Nos saluda un hombre con una traqueotomía. Se va]. Es mi cuñado. Las consecuencias del tabaco.

—¿Y tú fumas?

Ni fumo, ni bebo, ni tomo excitantes, ni Coca-Cola. Nada.

—¿Por qué nos has citado en el Sacromonte?

Es un lugar ibicenco. Cada vez son menos. Estamos en extinción, no en peligro de extinción… ¡en extinción!

—¿De dónde te viene lo de Rambo?

Aquí donde me ves tengo 60 años, y siempre he sido muy activo: he sido cazador, pescador, ciclista… he sido mil cosas. Y siempre he destacado por las burradas que hacía. Hace unos años mi mujer me regaló un puñal enorme que incluso llevaba una brújula. Lo compró de broma y yo lo llevaba debajo del coche. El caso es que un día salimos con más gente al monte y cuando fuimos a comer no teníamos cuchillo para cortar el pan. Y yo dije: “Creo que llevo uno que me regaló mi mujer”. Y saqué aquello. Cuando lo vieron me llamaron Rambo y Rambo se quedó.

—Pero no será solo por eso…

He hecho muchas trastadas y en todas he ido alimentando la fama. Te podría contar mil y una.

—Cuéntame una.

Tantas… Me caí de la bicicleta y me abrí la rodilla. Llegué a casa, cogí el costurero de mi suegra y me cosí la rodilla yo mismo con aguja e hilo.

—¿¿¿Que te pusiste los puntos a ti mismo???

Exacto. Y ese día no falté a mi trabajo. Nunca he fallado a mi trabajo: ni por operaciones, ni por roturas, ni por amputaciones [enseña un dedo al que le falta una falange].

—¿Cómo perdiste ese trozo de dedo?

Fue un borracho en un restaurante en el que trabajaba. Lo estábamos echando y me cerró la puerta del coche en el dedo. Ahí se quedó la falange. La llevamos en hielo para ver si el doctor Guimará, el traumatólogo, me la ponía. Me fui al hospital y le dije: “Déjamelo muy bien, que tengo que ir a trabajar mañana”. No me pudo restaurar la falange, pero no ha quedado mal del todo. Al día siguiente estaba trabajando. Vino a verme Guimará porque no se lo creía y me dijo: “Ya sé por qué te llaman Rambo”.

La mano de Rambo Viñals, con la falange amputada. Fotografía de Cristina Marí

—¿Y por qué es tan importante para ti no fallar al trabajo?

Soy el jefe de cocina. Y siempre he tenido que estar al pie del cañón. Esto hoy en día no se lleva. Hay gente que si puede estar 20 días en casa por el COVID, se queda. Esto en mi religión no existe. Nadie me va a dar una palmadita en la espalda ni busco eso, yo soy así, es mi filosofía y no la voy a cambiar. Nadie jamás habrá dicho que Rambo, Javier Viñals, falló al trabajo. Y esto me enorgullece. Entonces lo que digan los demás no me importa. Soy así, muy intenso.

—Ya has avanzado algunas cosas, pero si yo tuviera que explicarle a alguien quién eres, ¿qué tendría que decirle?

No soy muy normal, las cosas como son. Todo lo tengo que hacer al 200 por cien. Soy un culremena.

—¿Sigues siendo deportista?

Antes de la entrevista ya he caminado dos horas esta mañana. Hace un tiempo tuve un accidente con la bicicleta, me rompí dos vértebras y he parado un poco. Caminar me va fantástico y la caza y la pesca no las he dejado.

—Tienes pinta de ser muy sincero, ¿te ha creado problemas?

No me gusta la hipocresía. Pero ser sincero da problemas. Si eres “falso” tienes un millón de amigos, pero ser sincero es muy difícil. Cuando dices la verdad pierdes amigos.

—¿Eres una de esas personas que vale más por lo que calla que por lo que habla?

Valgo más por lo que hago. Me gusta demostrar, hacer.

—En Ibiza se te conoce por muchas cosas, pero especialmente por un hecho muy doloroso para tu familia.

Sí, a mi sobrino Dani Viñals lo mató un borracho cuando iba en bicicleta. A un chico súper sano lo mató un borracho y mi hermano se volcó en cuerpo y alma para que no volviera a ocurrir esto. En aquel momento hablé con los medios de comunicación porque mi hermano estaba muy afectado. Lo mismo pasó en el caso del atropello mortal de Bernat Ribas, que también era amigo. Fue como un déjà vu. Estamos en un mundo de locos.


—¿Sintieron que hubo algún avance legislativo real gracias a la lucha de su familia y otras?

Sí hubo algunos cambios y las penas aumentaron hasta nueve años. Pero en el caso de mi sobrino fueron solo cuatro años por matar, hablando claramente. Además, si el culpable estaba borracho o drogado, le reducían la pena porque decían que sus facultades estaban afectadas.

—Ibiza ha cambiado mucho desde su infancia, ¿qué es lo mejor y lo peor de ese cambio?

Yo tengo ya sesenta años y con doce, trece, catorce años me iba andando desde el centro de Ibiza hasta las montañas de Cas Mut y no había más que la casa de Sa Joveria. Era todo bosque. Yo soy hombre de naturaleza y me duele. Sinceramente, veo pocas cosas positivas; ha habido avances y vivimos con más salud, más años… pero se me hace muy difícil decirte algo positivo.

—¿Cuál es tu mejor recuerdo de Ibiza?

Todo, todo. Iba solo por Ibiza con 7 años, iba a la playa a coger cangrejos, a hacer el tonto. Sin maldad ninguna. Antes no existía esa maldad [se emociona y se le empañan los ojos]. Se la han cargado. Se la han cargado.

Viñals durante la entrevista, emocionado al recordar su infancia en Ibiza y una isla que ya no existe. Fotografía de Cristina Marí

—¿Te has planteado alguna vez irte de Ibiza?

De hecho, le he dicho a mi mujer que mis últimos años de vida quiero ir a vivir fuera, a un pueblecito donde vuelva a encontrar esa tranquilidad que teníamos en Ibiza. Si no me voy es porque mi mujer no quiere irse. Esta isla ya no me convence.

—¿Qué cambios ha sufrido Ibiza que ves más claros?

No tenemos salida. Veo infraviviendas y asentamientos en cualquier esquina del bosque. Rafa Triguero, el alcalde, lo explicaba: son saharauis, son gente que viene a trabajar, no son problemáticos. Pero no puede ser que se creen guetos en Ibiza. Es inhumano. Esos asentamientos no se deberían haber permitido desde el primer día.

—¿Te afecta el tema de la vivienda directamente?

Estoy buscando un piso para mi hijo y no hay nada. Las viviendas se alquilan por 2.000 o 3.000 euros y lo que sucede es que se meten 20 ecuatorianos, paraguayos o marroquíes. Y el problema es del que alquila, que le da igual con tal de embolsarse el dinero. Los inquilinos aceptan vivir en unas condiciones que no aceptaríamos los demás.

—Vamos a volver a temas menos densos: ¿en qué faceta se define más Rambo Viñals? ¿Como cocinero, pescador, cazador, deportista…?

Ayer iba andando y pensaba en lo que hoy me preguntarías… Soy aprendiz de todo, oficial de nada. Pero he sido campeón de caza, de ciclismo, porque si me pongo con algo tengo que ser el mejor. Eso me define. Mi hija y mi hijo son iguales. Mi hija, Irina Viñals, ha salido un clon de su padre con los deportes. Ella ha jugado con la Selección Española de Baloncesto, con la Selección de España infantil en prebenjamín… Mi hijo, Javier Viñals, es pescador profesional. Me ha dejado pequeño, es el mejor.

—¿Cuántos nietos tienes?

Dos nietos. Lo más bonito del mundo. Eso se disfruta.

—Creo que llevas muchos años con tu mujer.

Imagínate, yo con 14 años ya iba a buscarla al colegio Santa María y ella tenía 12 años. Nos casamos en 1996. Hasta que no tuvimos una casa, un poco de dinero ahorrado… no dimos el paso de casarnos.

—Espero que haya sido una feliz convivencia. ¿Cuál es la clave para llevarse bien?

Aguantarse un poco. Dar el brazo a torcer un poco. Normalmente soy yo el que da el brazo a torcer [ríe]. Ella es pequeñita pero matona. Me encanta cómo es.

—¿Y compartir aficiones?

Con mi mujer disfruto mucho de todo, pero somos el yin y el yang. A ella no le gusta ni la caza ni la pesca… no le gusta nada. A ella le gusta la feria, un tablao flamenco… Ella es de Sa Penya y se ha criado con los gitanos, le encanta esa cultura. Esa era Sa Penya antes, había una convivencia muy buena y a ella la quieren mucho.

—Pero Sa Penya se pervirtió con la droga…

Claro, claro. Aquel barrio dejó de ser un barrio de pescadores. Llegó la heroína en los años 80…

—También le conocemos por su faceta de pescador, que siempre es de los primeros en ir a por raones el día que abre la veda.

Yo soy pescador. Yo soy un tío que ha vivido de la pesca, tanto de pesca submarina como de pesca de caña. Me ha perseguido la Guardia Civil por esconder pescado. Me han perseguido cazando. Pero somos amigos.

—Con ‘amigos’, ¿a qué te refieres?

Yo nunca los he criticado, sé que lo que he hecho está mal y ellos hacen su trabajo. Cuando veo que vienen a por mí o que me esperan en una rampa después de ir a pescar, me río y les digo: “Iros a Sa Penya a buscar yonquis”.

—¿Has tenido que pagar muchas multas por furtivo?

Algunas, sí.

—¿De cuánto dinero hablamos?

Alguna de 3.000 euros. De caza algunas más pequeñas, pero me han retirado el permiso. ¿Te cuento una fuerte que me pasó?

—Cuenta, cuenta.

Yo venía de trabajar en el restaurante Es Tancó por la noche. Venía súper relajado, sin casco en la moto. Cuando estoy a punto de llegar a casa, me ve una patrulla de la Policía Municipal y me dan el alto. ¿Y Rambo qué hace? Pues darse a la fuga. Y yo empiezo a correr, a correr, y ellos a perseguirme y a perseguirme, y sirena y sirena y sirena, y yo, sin pararme. Es el gen que tengo. Me escapé y ellos incluso se estrellaron con el coche en la persecución, aunque ninguno resultó herido. Creía que me había escapado, llegué a casa, pero al rato: toc, toc, toc. Los tenía en la puerta. Voy a abrir y eran dos agentes que conozco, además.

Rambo Viñals, como se conoce a Javier Viñals, durante la entrevista en el bar Sacromonte. Fotografía de Cristina Marí

—Se debieron quedar de piedra.

Me dijeron: “Pero Javi, pero tío, si era una multa de 100 euros… ¿Por qué te has dado a la fuga?”. Y no sé explicarlo, sé que no tiene sentido, toda mi vida he sido así. Me entra ese ímpetu.

—¿Y cómo se resolvió?

Pidieron tres años de cárcel y tres años de retirada de carnet de conducir. Tuve que ir a juicio por eso. El abogado me decía: “¿Pero es que llevabas droga encima?”. Yo no llevaba nada. No se lo podía creer. La pinza se me ha ido muchas otras veces, pero esta fue gorda y me retiraron el carnet un año y medio.

—Estoy viendo que tu vida no da para una entrevista, da para varios libros. Vamos a abordar otra faceta, la de la caza. Es una actividad que genera rechazo, pero en Ibiza las asociaciones de cazadores hacen mucho por las plagas de torcaces y serpientes…

Como sabes, soy uno de los miembros de la Delegación de Caza. Luchamos contra plagas que te arruinan la cosecha, como las torcaces. Ellas no tienen ninguna culpa. Solo buscan comida, pero destrozan todo el sueldo de un agricultor, de un payés. Con las serpientes, nosotros gestionamos y colocamos muchísimas trampas por toda la isla, con la ayuda del Consell. Pero claro, somos cazadores. Todo esto lo hacemos porque nos gusta la caza.

Pero a mí, sinceramente, no sé si es por la edad, cada día me cuesta más recoger un animal herido. No me gusta verlo. Me siento entre dos aguas. Si hubiera más tiradas de tiro al plato, todo el año, mucha gente dejaría de tirar a los animales.

—¿Las torcaces se pueden comer? Es decir, ¿ustedes se comen los animales que matan?

Por supuesto. Y se cocinan de mil maneras. En ningún momento se te ocurra abatir una torcaz y dejarla. Me parecería una falta de ética total. En Ibiza se cazan perdices, torcaces, tordos, conejos, becadas, liebres. En épocas que se levanta la veda, por supuesto. Si abates un animal, te lo llevas. Lo contrario me parece penoso.

—Y como pescador, ¿es verdad que está esquilmado el mar de Ibiza?

El exceso que hemos hecho todos es evidente. Me incluyo dentro de ello. Antiguamente, tanto los payeses como cualquier persona mirábamos a tierra para saber dónde pescábamos. Hoy en día la tecnología se ha cargado al pescado. Sondas, motores eléctricos, carretes eléctricos… todo esto se ha cargado el pescado. Ahora hay unas nuevas leyes que están intentando endurecer esto. Se han limitado ciertas capturas. Y cada vez hay menos gente en el mar porque hay mucha presión sobre el pescador. Yo muchos días estoy en mitad del mar y estoy solo.

—Como cocinero, ¿cómo defines tu cocina?

Cocina ibicenca, tradicional. Sin inventos raros. Respeto al producto y al sabor de siempre.

—¿Tu plato estrella?

El bullit de peix. Ahí no fallas nunca si lo haces bien.

—¿Influye tu faceta de cazador y pescador en tu cocina?

Totalmente. Conozco el producto desde el origen. Eso marca la diferencia.

—¿Se está perdiendo la gastronomía tradicional?

Sí. Quedan pocos sitios auténticos. Cada vez menos.

—¿Cuál es tu restaurante favorito de Ibiza?

Para darme un homenaje, el Port de Balansat. Y Es Camí Vell de Puig d’en Valls y Es Pi Ver de Sant Miquel, que se come bien y estás como en casa.

—La entrevista toca a su fin, así que vamos a hablar de finales, ¿cómo te gustaría ser recordado cuando faltes?

Como alguien que estuvo ahí para los suyos. Que dio todo sin pedir nada. ¿Sabes que a veces he pensado en hacer mi funeral en vida para ver la reacción de la gente?

—Pero… ¿fingiendo que te has muerto?

Sí, algo así. ¿Me entiendes? Para ver la reacción de la gente. Para ver hasta dónde llega la falsedad de la gente [ríe].

—Por cierto, ¿te han propuesto alguna vez presentarte a un partido político?

No, gracias a Dios. A Rafa Triguero lo he visto muy cercano al pueblo. Le conozco bien, es un tío normal y corriente y es el primero que ha luchado para que no hubiera estos asentamientos. Siempre criticamos a los políticos, pero yo no tengo queja de Rafa Triguero, la verdad.

Tags: cazaCazadorescocinacocina ibicencaIbizapescadores
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