Una peluca y una nariz verdes dieron a Silverio Marín (Granada, 1962) un mote eterno: Guisante. Pero antes de ser Guisante, este hombre de personalidad astuta y afable que se ha ganado el corazón de generaciones desde que llegó a Ibiza en el año 92, tuvo varias vidas.
Criado a la vieja usanza granaína –entre montaña, calle y río–, Marín, que lleva 35 años trabajando con gente joven en Ibiza, vivió las violencias del sistema educativo franquista español: «la letra con sangre entra». De eso queda en él un afán por ser todo lo contrario, un hombre amable con la infancia y con quien se presente en el casal jove Xerinol·la que coordina como técnico de juventud de Sant Josep desde 2008 en Platja d’en Bossa.
De carácter travieso y rebelde –aún hoy–, salió pronto de casa para curtirse en la vida. Ha conocido todas las vendimias posibles: la uva, la pera, la manzana, el melocotón… “Cómo picaba el pelo del melocotón”. Ha sido un perro callejero, y aunque la vida le deparó sorpresas increíbles –como pasar de futbolista a bailarín clásico en París–, “no fue siempre maravilloso”. Un primer sueldo robado, dormir en la calle para sobrevivir, o en los últimos años un cáncer con el que ha aprendido a convivir que no le quita el sueño.
Guisante, o Guis, como le llaman ahora los jóvenes de Xerinol·la, es una ficha fija en la memoria colectiva de muchas generaciones en Ibiza, y especialmente en Sant Josep. Entre algunos de los grandes proyectos que ha parido en la isla destaca El Festín, un festival internacional de teatro infantil y familiar que organiza desde el año 92 en Ibiza. Aunque siempre ha trabajado creando espacios creativos para la juventud, ahora, a sus 64 años, disfruta también con los mayores en talleres de risoterapia.
En esta entrevista, en la que intentamos por activa y por pasiva hablar de Ibiza y su juventud, Silverio Marín desvela a Noudiari una historia personal alucinante y desconocida, y nos descubre, sobre todo, que el descaro y las ganas de vivir van de la mano.
Quería preguntarte por tu infancia, por tus padres, por dónde creciste, porque acabar siendo como eres es difícil hoy en día. ¿De dónde sales?
Mi infancia fue en un pueblo de Granada, la Puebla de Don Fadrique, hasta que migramos a Madrid cuando yo tenía 8 años. Pero los recuerdos del pueblo son súper guapos.
Vivíamos en la calle, eso sí era la calle. Con seis años nos íbamos a la montaña, lejos del pueblo, nos íbamos ahí 14 o 15 niños sin los padres, a jugar. ¿Qué hacíamos? Nos quitábamos la ropa, nos vestíamos como los indios, nos pintábamos, hacíamos ahí nuestras hachas, nuestras cabañas en los árboles, íbamos luego al río… Había una especie de presa y donde nos bañábamos había sapos, yo no sabía ni nadar, pero ahí nos lavábamos la pintura para que no nos regañasen en casa. Pensábamos que nos limpiábamos muy bien pero en realidad hacían la vista gorda.
Mis recuerdos son de jugar todo el día en la calle, y los juegos eran batallas con espadas y a pedradas. Tengo marcas por todas partes y una ceja partida de eso. También había una huerta, y cogíamos lechugas, peras, almendras. Uno vigilaba y los otros cogían porque estaba el guardián de la huerta, que tenía una escopeta con cartuchos de sal y teníamos que salir corriendo si nos pillaba.

¿Y a qué se dedicaban tus padres?
Mi padre era comerciante y mi madre tenía a seis hijos en la casa. Era lo que había en esa época.
Al colegio íbamos con una silla nuestra, de chinches. Si te portabas mal nos ponían de rodillas, con libros en los brazos. Si se bajaba la mano te pegaban con la regla.
De esa época es muy común escuchar historias de verdadera violencia en los colegios de los pueblos de Andalucía y la península en general.
Pues sí, era horrible. No estábamos en posguerra en mi infancia [nació en el 62] pero en los pueblos todavía había esa dureza. Yo iba todo el año en pantalón corto cuando en invierno había nevadas de dos metros. Mis padres, cuando escuchaban avionetas se iban corriendo al monte a esconderse, no comían nada más que pan. Por eso en casa no podíamos tirar nada.
En el colegio a mí me pegaban todos los días. Yo tenía una travesura sana. Pero a mí el maestro me llamaba el bailarín: me cogía de la oreja y me daba con la vara a la vez (y yo “bailaba”). Con cinco o seis años, una maestra que nos dabla clase en su casa – la llamábamos Eugenia Patagorda porque tenía las piernas gordas – me encerró en un cuarto lleno de ataúdes. Su marido era enterrador. En aquella época se la sudaba, los padres no decían nada y lo sabía todo el mundo. Pero luego llegué a Madrid y allí había ostias también. Don Jesús (al que llamábamos don Pinocho) me pegaba todos los días. He visto salir de clase a gente con la cara ensangrentada. Era “la ley con sangre entra”.
¿Y lo de irse a Madrid, por qué surge? ¿Costó mucho adaptarse a la ciudad viniendo de una vida de callejeo y naturaleza?
El hermano de mi padre ya vivía allí y le dijo a mi padre que podíamos vivir bien en Madrid. Abrió una tienda. Nos fuimos a un barrio del sur que se llamaba Ciudad de los Ángeles. Menos mal que fuimos a un barrio y no al centro.
Todos los niños jugaban al fútbol todo el día y yo nunca había jugado fútbol. Yo venía de jugar en los árboles, de jugar a los indios, a la comba, a la rayuela, de jugar en la plaza por las noches mientras los padres sacaban la silla a la calle. Allí los niños no salían solos de casa. Recuerdo que el primer día que llegué me fui y me visité todo el barrio, fui lejísimos. Tenía 8 años pero me iba solo.
¿Aprendiste a jugar al fútbol?
Yo jugué yo al fútbol ¡fui futbolista! Era muy bueno. A un campeonato vinieron unos ojeadores y me quiso fichar el Rayo Vallecano, pero entonces quedaba lejos ir hasta Vallecas y aún tenía 14 años, así que mi padre me dijo que había que terminar la escuela.
¿Dejaste el colegio por toda esa violencia que había y empezaste a trabajar joven?
A los 17 años dije que me iba de casa. Ya no quería más. Estuve por Toledo, recogiendo fruta, haciendo la vendimia, recolecta de la pera, la manzana, el melocotón. Era durísimo, y de noche comíamos el pote manchego que era agua, aceite, sal y patatas. También trabajé de niño recadero en un hogar de mayores.
Cuando volví a casa trabajé un año en el circo ruso de Ángel Cristo y Bárbara Rey. Fue mi primera experiencia con el circo.
¿Y qué hacías ahí?
Yo era fotógrafo, aprendí sobre la marcha. En el circo había gente de todo tipo. Todos eran –la mayoría –, ladrones, asesinos… Un circo es una cárcel viviente.
En esa época nos movíamos mucho, también coincidí con el circo Monumental de Teresa Rabal. Vi cosas muy fuertes, había mucha violencia con los animales. Yo ya no volví más al circo despues de eso.
¿Y en qué momento entras en el mundo de las artes escénicas, el teatro, la danza…?
Tuve una pareja entonces que era bailarina de Víctor Ullate (padre). Nos fuimos a vivir a París por ella y allí empecé a dar con la danza. Yo bailé durante siete u ocho años danza clásica y contemporánea. Me presentaba a todas las audiciones.
¿Pero con qué formación?
¡Yo era futbolista!
¿Cómo acaba un niño medio salvaje de los montes granaínos bailando para compañías de danza clásica y contemporánea en París?
Porque para un bailarín la energía es importante y físicamente es importante que tú puedas hacer cosas. Yo era muy flexible. Tenía un pie en pointe (en punta) que la mayoría de bailarines no tenía.
Tras un tiempo en París, estaba un poco sin saber qué hacer, aún no bailaba. Mi pareja trabajaba para la compañía de Michelle Lazér, y Lazér era una estrella – bailarina, coreógrafa –, de la Ópera de París. Esta mujer quería abrir un teatro en un viejo cine de Toulousse y me llegó la posibilidad de hacer los trabajos de renovación: albañilería, grietas, escenario de planchas… Yo no tenía ni idea pero necesitaba un trabajo. En ocho meses me construí todo el teatro, y a través de unas grietas veía a las chicas de la compañía ensayar sus ejercicios de ballet clásico. Flipaba.
Un día haciendo el tonto con las bailarinas, a la hora del almuerzo, me pidieron que bailase. A mí me encantaba hacer el payaso, cantar flamenco, era divertido. Así que sin cortarme me puse a hacer lo que veía que hacían ellas a través de las grietas [se levanta y hace un par de vueltas y saltos al estilo ballet]. Al rato vino la coreógrafa a verlas, y ellas le contaron lo que había hecho. Lazér me pidió que lo repitiera delante de ella. Y yo ahí que fui. Cuando terminé – aún la recuerdo con su pipa larga – me dijo: “A partir de mañana ensayarás con la compañía”.
Terminé mis trabajos de albañilería, el teatro… y nos fuimos a París. Allí me presentaba a todas las audiciones, me encantaba.

También era un trabajo increíble y un trabajo, nada menos.
Para mí era divertirme, yo quería estar allí. Y me acuerdo que había una coreógrafa alemana, Karin Waehner, que era la mejor en danza contemporánea y llevó el contemporáneo a París en la época. Yo estaba en clásico y muchas amigas eran profesoras de las academias de danza, me invitaban a las clases porque no tenía mucho dinero para pagarlas. En el clásico todo era muy rígido, la cara era muy importante… En el contemporáneo podía romper todos los esquemas, te podías tirar al suelo, podías coger a alguien y hacer mil cosas y, joder, cómo mola.
Un día me enteré de que hacía una audición, yo quería ir y mis compañeras de clásico me decían que estaba loco, si no tenía formación de contemporáneo. Ese día justo llegaron mi hermano Gerardo y Sandra, iban de viaje a Londres. Sandra llevaba un abrigo de pelo muy cool, un broche pomposo y un sombrero, iba muy moderna. Se lo cogí todo y me fui vestido con su ropa a la audición y con mis mallas y mis calentadores.
Pero a ver, ¿tú no tenías ni idea de danza contemporánea y te fuiste a audicionar con una pionera?
Éramos más de doscientos y al llegar todos ya calentaban, yo imitaba lo que hacían [de nuevo, se levanta para escenificar el recuerdo: salta, calienta, mueve articulaciones como el boxeador que se sube a un rin]. Antes de empezar la audición fui a presentarme y a hablar con la coreógrafa. Le dije que era español y no sabía francés muy bien, y que además venía de clásico. Me dijo que no era un problema. Cuando su ayudante empezó la audición dijo algo así como que el español se pusiera en la parte de atrás. Yo al contrario, me puse delante. Karin iba descartando a gente. Al final quedamos solo dos. Otro y yo. Me dijo: “Tú a partir de mañana estás trabajando con la compañía”.
Esto era un déjà vu único. ¿En qué momento llegas a trabajar con clown, con niños, con juventud? ¿En qué momento dejas esa vida y llegas a Ibiza?
Trabajé con muchos espectáculos y un poco más tarde, con una compañía al sur de Francia, que hacía clown y contemporáneo. Me cogieron y hacíamos un programa de danza en los pueblos, enseñábamos a los chavales danza, clown… Me gustó hacer enseñar. Luego estuve haciendo esto mismo en Asturias con mi propia compañía de danza. Era precioso, subía a la montaña a dar clase.
Y al tiempo llegó la posibilidad de venir a Ibiza, donde ya estaba trabajando mi hermano Gerardo [otro histórico técnico de juventud y cultura en Sant Josep]. Me llamó: “Oye tío, que aquí no hay nada, aquí hay muchos colegios, muchos niños… pero no hay actividad”. Él sabía lo que yo hacía ya en Asturias, y que movía un montón de chavales.
En las Navidades del año 90 vine por primera vez y preparamos un proyecto. Y en el año 91 ya me vine para Ibiza. Estuvimos trabajando en los colegios, directamente.
¿Cuáles fueron algunos de esos primeros proyectos en Ibiza?
En el año 92 hicimos el primer festival El Festín, de teatro [que aún continúa su rodaje con 33 ediciones a sus espaldas]. Pronto empezamos a colaborar con colegios, en ses Salines tenía un grupo chulísimo con gente como [la actriz] Ana Vide. Luego empezamos en los colegios Urgell, en es Vedrà y empezamos con actividades de teatro y expresión corporal con las escuelas, mediante el Ayuntamiento de Sant Josep. Hacíamos psicomotricidad, expresión corporal, mimo. Estaba bien porque los profesores me decían que los niños se desinhibían, veían una evolución en cómo se comportaban en clase, perdían miedos.
¿Recuerdas algún proyecto en especial de esos inicios en Ibiza?
Un proyecto muy bueno de los inicios fue en el instituto Blancadona, donde estuvimos trabajando con gente muy problemática.
Eran de octavo, en aquella época existía octavo y tenían una clase que llamaban Compensatoria. Era la gente que no funcionaba. El proyecto era crear una película, desde decorados, guión, escenas, edición… Los profesores me dijeron que no creían que fuéramos a lograrlo con estos chavales. Pues hicimos una película con ellos, los chavales alucinaron, funcionaron bien, todo el rollo. Nos hicieron en el colegio un homenaje por haber hecho un trabajo muy guapo y aún lo tengo grabado. Me acuerdo de todos ellos [enumera sus nombres como prueba].

¿Cómo les hiciste trabajar? ¿Cómo hiciste para que se implicaran?
[Se levanta para escenificar la respuesta]. Entonces improvisaban, ¿Querían pegar a alguien? Ok, vamos a hacer como si hubiera una pelea. Venga, ahora vamos a hacerlo a cámara lenta, para jugar un poco. Repetimos: ¿Y si quitamos ahora el lenguaje obsceno? Íbamos jugando con las escenas y se iban implicando en ellas, se iban interesando.
Si no le dan a estos chavales las herramientas para poder descubrir esas cosas, ellos no te van a dar eso. Todos podemos improvisar y hacer mil papeles, pero tienen que provocártelo, darte herramientas y guiarte. No te pueden decir: venga haz esto así.
Ahora eres el técnico de juventud en Sant Josep y desde hace muchos años «regentas» el casal jove Xerinol·la, en Platja d’en Bossa. ¿Cómo se te dan los jóvenes de hoy en día? ¿Han cambiado mucho?
Sí. Empecé en Xerinol·la en 2008, y en aquella época la juventud no tenía nada. Han pasado por aquí muchos chavales [mientras hacemos esta entrevista una mañana entre semana pasan por el Xerinol·la varios grupos de chavales a jugar al ping-pong en una mesa de 18 años que Marín ha arreglado en incontables ocasiones]. Desde el principio hacíamos excursiones, torneos, decoraciones, un montón de cosas.
Los chavales han cambiado y lo que hay ahora es realmente horrible. Antes estaba el típico que se salía de la norma, pero había respeto. Después de la pandemia hubo una bajada gorda y se jodió mucho, se encerraron y salieron más salvajes. El mayor problema es el móvil. Consumen un montón de bulos, siguen a youtubers que normalizan la violencia contra las mujeres, la homofobia, la xenofobia… Y luego hay muchísima permisividad, o todo lo contrario: están súper controlados y también se pierden parte de la vida.
Aquí intento poner orden en todo eso, intento que sea un centro social, que se mezclen padres, madres, niños, adolescentes, desde la base. Que dejen los malos rollos fuera.
¿Qué necesita la gente joven de Ibiza?
Necesitan un sitio que sea su sitio. Aquí igual pasan 10 minutos o una hora. Si la lían les engancho y les pongo a hacer algo distinto. Antes se decía que la juventud necesitaba que se les escuchara. Ahora hay que darles a entender que la vida y la manera de estar y todo lo demás va con respeto, con educación. Necesitan un espacio en el que ellos vean eso. Lo bueno aquí es que se mezclan y conviven con otra gente. Aquí vienen de todos los tamaños.






