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Home + Pitiüses

Iván Doménech: «Ibiza ha perdido más de lo que ha ganado»

Por Laura Ferrer
28 junio 2026
en + Pitiüses
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Iván Doménech. Fotografía de Paco Natera

Iván Doménech. Fotografía de Paco Natera

Hay músicos que llenan escenarios y otros que dejan huella también cuando se bajan de ellos. Iván Doménech lleva más de tres décadas en Ibiza como profesor de música, cantante y músico. Es el alma de Canallas del Guateke, una banda que ha convertido los grandes éxitos de los 70′ a los 2000 en una fiesta de pop, rock y nostalgia. Este vallisoletano que llegó a Ibiza siendo adolescente habla sin filtros de educación, de la evolución de la isla, de la música en directo y de una vida marcada también por el compromiso con causas solidarias: todos recordamos su trabajo incansable en la campaña para la investigación del Hunter. Todo ello sin perder el sentido del humor ni una máxima: no sabría imaginar su vida sin música.

Quedamos con él en la terraza del popular Corde’s, un bar de barrio en el centro de Ibiza. Durante la charla no para de saludarle gente. Es de esas personas a las que conoce media Ibiza y le suena a la otra media.

—Eres profesor y músico. ¿Qué te define más?

—La música. Pero el mundo de la música es muy difícil y tienes que buscarte las castañas. Por eso me fui por una rama que me permitiese hacer lo que me gustaba. Ya daba clases de música en BUP y COU a unos amigos, así que me hice profesor. Me gusta mucho enseñar, pero cada vez es más duro. Ahí seguimos, luchando. Llevo ya 28 años en el colegio Mare de Déu de les Neus de Sant Jordi y 11 años en la universidad, donde doy clases de música en Magisterio… y ahí sí me escuchan [ríe].

—¿En el cole no te escuchan?

—Sí, pero en la universidad, más [ríe]. Me vino muy bien empezar en la UIB porque me tuve que reciclar muchísimo y me puso en contacto con profesores de otras universidades. Aprendes un montón.

—Ya has dejado entrever que la profesión de profesor de cole es más dura ahora que antes. ¿El sistema educativo actual no ayuda? ¿Cambiarías algo?

—Muchas cosas, para empezar: darle más valor a la profesión. Algunos padres nos traen los niños al colegio no para aprender sino para educarlos. Antes nos educaban en casa y en el colegio aprendíamos. Obviamente los niños son niños y el foco hay que ponerlo en los padres.

—Pero, para que lo entienda, ¿qué es lo que pasa en las aulas?

—Muchas cosas. Hay gente muy maja pero también padres que se meten en tu trabajo, que quieren que les justifiques cada paso que das… y no se dan cuenta de que sus hijos no dan un palo al agua y no lo harán porque detrás tienen a unos padres poniéndoles una balsa de aceite. Nos cuentan profesoras de infantil que hay niños de tres años que, cuando se caen al suelo, no intentan levantarse. Se quedan esperando a que alguien les venga a recoger.

—¿No se saben levantar porque siempre les aúpan sus padres?

—Exacto. No se saben levantar solos. Otro problema que tenemos en las aulas es la diversidad de los alumnos, que hace que tengas que dar como cinco clases diferentes en una. Hay que adaptarse a cada niño y no damos abasto. Y la inspección educativa a veces no ayuda mucho. 

—¿Hay cosas buenas también?

—Niños y familias súper majas que todavía te recuerdan con el paso de los años y me vienen a ver a conciertos… La gente es maja, en realidad, pero la sociedad actual está un poco liada y en los colegios vamos aportando lo que podemos: poniendo normas claras, aunque en luego, en su casa… La sociedad actual cuestiona mucho a los profesores y nos tienen por ‘los de las vacaciones’.

—Precisamente hemos vivido unos meses de huelgas y reivindicaciones del profesorado en otras comunidades…

—Es una vergüenza la de leyes educativas por las que he pasado desde que trabajo. En lugar de acordar una ley educativa entre todos los partidos, cada uno quiere dejar su impronta y, cada vez que deja su impronta, somos los profesores los que sufrimos las consecuencias, las burocracias…

—Hemos saltado directamente a tu profesión de educador pero hay que empezar por el principio. De Valladolid y adoptado por Ibiza. ¿Por qué Ibiza?

—Pues por mi padre, que trabajaba en la central contable de Banesto de España que tenía relación [societaria] con la Banca Matutes de Ibiza. Cuando se separaron los bancos, escogieron a tres o cuatro personas, entre ellos mi padre, y nos trajo a toda la familia a Ibiza. Yo tenía entonces 16 años. El mayor de cuatro hermanos.

Iván Doménech. Fotografía de Paco Natera

—¿Y cómo fue para ti venir a Ibiza siendo adolescente?

—Lo pasé bastante mal, si te digo la verdad. El primer año, sobre todo. Entré en el instituto Santa María nada más llegar y tuve mucho apoyo, pero es una edad muy mala. Unos meses después de llegar conocí a Jano Blanco, el bajista, que toca conmigo desde siempre. Hicimos un grupo de música y se me pasó todo. Ya estaba feliz.

—Ya eras cantante y músico desde hacía muchos años…

—Mi primera actuación fue a los siete años. Mi madre me llevó a cantar a un festival de Manos Unidas. Canté La niña de la mochila azul, una canción mexicana de Pedrito Fernández. Es más, aún hoy me conocen allí por el de la mochila azul. Me acompañó el director de la Escuela de Música, que luego llevó el Conservatorio de Medina del Campo, y le encanté. A partir de ahí hicimos un montón de festivales…

—Y llegaron las verbenas…

—Me metí en una orquesta que iba por los pueblos y cantaba de todo: pasodobles, tangos, rumbas. Y empecé con la guitarra también. En aquel momento era menor de edad y tenía que venir mi padre o mi madre a los conciertos.

—Parece una buena escuela y de las que curten.

—Ha sido una lección total y me dio muchas tablas sobre cómo enganchar con la gente… pero también me ha tocado salir corriendo alguna vez de algún pueblo.

—¿Corriendo? Pero, ¿por qué?

—Tenías contratadas dos o tres horas de bolo y, cuando decías que era la última canción, la gente te decía que no y hacía gestos de rajarte el cuello. Teníamos que salir escoltados por la Guardia Civil. Y no una ni dos veces.


—De lo más pequeño a lo más grande: ¿Qué concierto es el más grande que has hecho?

—Con Ressonadors probablemente, el de s’Arenal de Sant Antoni ante más de 8.000 personas. El proyecto de Ressonadors es tan bonito… Cuando tocas con ellos ves la sonrisa de la gente de principio a fin. De repente, niños que decían que las canciones de UC ‘eran canciones de viejo’, las hicieron suyas. [Saluda a unos amigos]

—Creo que vas a saludar media Ibiza durante la entrevista.

—[Sonríe y saluda otro que pasa]

—¿Es una lástima que cuando se habla de Ibiza fuera de Ibiza en el plano musical se asocie todo a djs y discotecas? En rock y en pop se ha hecho mucho y muy bueno.

—El tema de la isla es un hándicap tremendo, porque el nivel y las bandas que hay aquí es buenísimo. Nada que envidiar a Valladolid o Medina del Campo. Galicia, Asturias y Andalucía tuvieron su movida pero aquí hemos tenido el hándicap del mar. Que te contraten es muy complicado. Tienes que ser súper conocido. Y si vas a una sala tienes que pagar la sala. Ha cambiado todo tanto…

—Musicalmente has visto cambiar mucho Ibiza en estos años, ¿está mejor o peor?

—Yo creo que está bastante bien para cómo podía estar. Hay bastantes sitios donde tocar, muchos grupos. Yo creo que disfruta de buena salud.

—No tenía una impresión tan positiva. El cierre del Teatro Ibiza, por ejemplo…

—Lo del Teatro Ibiza ha sido una faena tremenda. Eso ha sido un palo gordo en todos los sentidos, no solo para la música en directo sino para la gente de nuestra generación que no tiene dónde salir. Pero hay muchos locales y bares que apuestan por la música en directo. El Teatro Pereyra está haciendo cosas, la sala Jazzta Bé… Nosotros, como Canallas del Guateke trabajamos más en fiestas de pueblos, por contratación o bien de comisiones o bien de ayuntamientos. Y siempre cuentan con los grupos de Ibiza. La verdad que eso funciona bien por ahora.

—Si le pudieras pedir algo a las instituciones con respecto a la música, ¿qué sería?

—Menos burocracia y obstáculos, que abrieran un poco más la mano a la hora de facilitar la apertura de salas. A lo mejor habría más gente interesada, porque ahora se encuentran con muchos problemas. Cumpliendo horarios, normas y respetando a los vecinos se podría hacer. Cuesta muchísimo que te den una licencia de música en vivo. 

—¿Qué tal se cobran los bolos en Ibiza?

—En Ibiza vivimos en una burbuja, nada que ver con lo que cobran músicos en la península.

—¿Pero burbuja para bien o para mal?

—Para bien. Yo te estoy hablando de nuestro caso, que llevamos muchos años. Lógicamente un grupo que empieza no puede cobrar lo mismo. Y, de hecho, hay una cosa que está clara: si hay muchos grupos es porque hay interés y se mueven cosas.

—Ibiza tiene la ventaja de que hay muchos eventos privados entre turistas y residentes: fiestas, bodas, además de cumpleaños…

—Hay de todo. Hemos llegado a tocar unos sitios impresionantes. Con Canallas del Guateke tocamos un día en una de las casas más impresionantes en las que he estado… y el público eran cinco personas. Tocamos para la abuela, el hijo, la mujer del hijo y dos niños para el aperitivo antes de irse a cenar. Allí estaban, encantados los cinco, moviendo las piernas y ya está. Y también hemos estado en fiestas más grandes… en las que ha venido hasta la policía. Y también hemos estado en casas de algún futbolista y ciclista famoso.

—Tocar en estos sitios, ¿os abre puertas?

—Sí, cuando les gustas, que es lo que nos está pasando, nos llaman para tocar en la península. Hace ya varios años, por ejemplo, que la Universidad San Pablo CEU de Valencia nos contrata para las fiestas que hacen para los licenciados de hace 25 años.

—Y me consta que el público ibicenco y residente también les contrata a menudo…

—Hemos pasado por las casas de todos los cincuentones de Ibiza que han cumplido en estos años [ríe].

—¿Las redes también os funcionan?

—Por mucho que queramos vender redes o un vídeo, nos tienen que ver en directo. Tocamos temas desde los años 70 hasta los 2000, 2010… pero llevado a nuestro rollo, más canalla, más rockero, más a nuestro estilo. Y eso lo tienen que ver y sentir en directo.

—Tus compañeros de banda son Joan Barbé, Jano Blanco, Fernando Hormigo y Rolfi Calahorrano.

—Así es.

Canallas del Guateke en un concierto. Foto Canallas del Guateke Facebook.

—Pues vamos a jugar a definir a cada uno en muy pocas palabras .

Empezamos por Joan Barbé.

—Genio y figura. Es una bestia.

—Jano Blanco.

—Amistad, humildad y una bellísima persona. Es un BUENAZO, lo puedes poner así, en grande.

—¿Dirías que es tu mejor amigo?

—Sí [ni se lo piensa].

—Fernando Blanco.

—Ritmo, experiencia y estilo. 

—¿Y Rolfi?

—Justamente este verano no va a estar con nosotros, se ha ido a Argentina por un tema personal aunque regresará. Es una joya. Ha sido director musical de Julio Iglesias, ha tocado con Miguel Ríos, Ana Belén… Vino aquí hace ya unos cuantos años y fue director en el Hard Rock. Nosotros le encantábamos, entró a la banda y es una bestia.

—¿Quién llega siempre tarde a los ensayos?

—Ostras, ¡es que somos muy puntuales! He tocado con gente que era terrible en el tema. Pero nosotros somos relojes. Solemos ensayar en los estudios Magrana de Joan, pero la verdad te digo: no ensayamos mucho. ¡Ensayar es de cobardes! Es nuestro lema [ríe].

A ver, si tenemos un evento gordo o un concierto de Ressonadors sí que ensayamos las veces que haga falta. Pero tenemos un repertorio muy controlado. Las cosas nuevas nos las vamos pasando por el móvil y ensayamos todo en las pruebas de sonido. Y nos preocupa mucho el sonido, así que contamos siempre con Omar Gisbert, que es un técnico de sonido buenísimo.

—¿El más perfeccionista del grupo?

—Joan está un nivel que ve cosas, a veces, que los demás no vemos. Es como Messi o Ronaldo: esos jugadores que ven la jugada antes que nadie.

—¿Cómo es la banda fuera del escenario?

—Somos amigos que nos divertimos, que hacemos canciones, que nos las llevamos a nuestro rollo… y encima somos responsables [ríe] Lo de ‘canallas’ está puesto ahí como de pega. Nos da la vida este grupo. Cantar es una suerte y ver a la gente aplaudir es algo que hay que vivirlo.

—¿Quién es el que saca una sonrisa al resto cuando estáis más bajos?

—Ese soy yo.

—¿La situación más surrealista, complicada sobre un escenario…?

—Recuerdo un día en la plaza del Parque, hace muchos años, cuando una mujer de las que solían estar por la plaza se subió al escenario, se le cayó encima del guitarrista y encima se subió las faldas. Otro en Sant Carles, empeñado en subir a cantar, y según subía por la escalera se partió la pierna: un trozo para allá y otro para acá. 

—Pero es verdad que a veces animáis a gente a subir al escenario.

—Si alguien siente la necesidad de subir a cantar, le ayudamos. Si vemos que lo hace mal, me pongo a cantar yo. 

—Y sorpresas positivas de gente que digas: ostras, pero si canta genial.

—Por supuesto. Me acuerdo de Álvaro Velázquez, que tenía 16 añitos. Se subió a cantar y nos sorprendió muchísimo porque se sabía canciones de Karina, de Nino Bravo… Y ha seguido cantando en coros y demás…

—¿Alguna vez has pensado: de esta actuación no salimos vivos?

—Más de una vez. En Baltanás, provincia de Palencia. Eran fiestas de carnaval y estábamos a -12 ºC. Nos contratan y nos dicen que tocaremos en la discoteca a las 3 de la mañana. Es un pueblo muy pequeño pero tiene una pedazo de discoteca. ¿Tú has visto la película Abierto hasta el amanecer? Un sitio donde parece que no hay nada y te encuentras un discotecón, al que venía la gente de todos los pueblos de los alrededores. Nos ponemos a tocar a las tres y, como muy tarde, a las 6 teníamos que salir a Madrid a por el avión. 

Cuando termina nuestra actuación y nos tenemos que ir… no veas tú, imposible, la gente mirándonos con los ojos encendidos y que de allí no nos íbamos. Nos tuvo que escoltar la gente de seguridad. 

—¿Y el concierto que nunca olvidarás?

—Muchos, pero sobre todo los de la campaña para el síndrome de Hunter. Los tengo muy en la retina por toda la gente que apoyó y todos los artistas que vinieron. Y los de Ressonadors también los tengo muy presentes. Son súper especiales por la química que hay con el público y el buen rollo que hay en el camerino. Nos queremos muchísimo. 

—Te recordamos, precisamente, por las campañas que impulsaste para la investigación del Hunter. ¿Por qué te implicaste en esta causa solidaria? 

—El hijo de mi mejor amigo de Medina del Campo nació con síndrome de Hunter, y eso me empujó a luchar por la investigación. Lanzamos la campaña #CuraParaHunter, con apoyo de actores, cantantes e incluso el Papa Francisco, logrando casi 400.000 firmas y consiguiendo que, por primera vez, la Agencia del Medicamento se reuniera con las familias afectadas. Es una enfermedad rara son alrededor de 50 casos diagnosticados. Se llegó a un acuerdo para impulsar el ensayo clínico, pero llegó el Covid y todo el avance quedó paralizado. En Barcelona, en el Vall d’Hebron se logró desarrollar una cura.

Iván Doménech. Fotografía de Paco Natera

—¿Qué pasó después de lograr la cura?

—Una farmacéutica compró la patente, como es habitual, y la dejó «guardada» porque no resultaba rentable invertir en ensayos clínicos para tan pocos pacientes.

—¿Qué fue del hijo de tu amigo?

—Recibió un tratamiento paliativo en el Niño Jesús de Madrid que solo alargó un poco su vida; falleció hace algo más de un año. Si la cura hubiera llegado a tiempo, no habría sufrido tanto…

—¿Qué sentimiento te queda de todo esto?

—Mucha rabia: existe la cura, pero los intereses económicos de las farmacéuticas frenan su desarrollo, no solo en el Hunter sino en muchas otras enfermedades raras. Pero me queda también la alegría de haber contado con tanta gente y tan buena, de saber que la música logró muchas cosas…

—Llevas muchos años en Ibiza. En este tiempo, ¿qué crees que Ibiza ha perdido y qué crees que ha ganado?

—Yo creo que ha perdido más que ha ganado. La esencia de la isla se pierde y menos mal que hay gente velando por sus tradiciones, o que existen Ressonadors… Los precios se han salido de madre. Los de los alquileres y los pisos ni te cuento. Y la compra. El supermercado ya había subido, pero ahora, en dos meses, ha sido una pasada… Eso por no hablar de que ni se puede ir a la playa por la masificación. Me preocupa por los míos y porque, al final, nos quedamos sin médicos, sin policías, sin servicios esenciales a pesar de todo el dinero que genera esta isla. ¿Quién va a querer venir aquí con estos precios? ¿Quién viene?

—Si hoy llegaras a la isla, como hace 35 años. ¿Crees que te enamorarías igual de Ibiza?

—Yo en el fondo sigo estando enamorado de Ibiza. Si llegase ahora, no lo sé. Supongo que si me relacionase con la música me llevaría otra vez a enamorarme. A veces bromeo con Joan [Barbé] y le digo: nos presentamos tú y al Ayuntamiento cuando tengamos 80 años y lo arreglamos todo [ríe].

—Para no dejarnos llevar por la desazón, vamos a finalizar con un juego de respuestas rápidas.

—Venga.

—¿Un disco que cambió tu vida?

—Saca la lengua de Los Ronaldos. Además los vi en directo en ese concierto.

—Un disco de todos los tiempos.

—Todos los de Mark Knopfler. 

—La canción que no te cansas de tocar con ‘Canallas del Guateke’.

—Cualquiera de Los Secretos.

—Tus cantantes favoritos.

—Enrique Urquijo, Antonio Vega y Manolo Tena. Y están los tres muertos, los pobres.

—¿Qué canción te hubiese gustado escribir a ti?

—The Sound of Silence de Simon & Garfunkel.

—¿El mejor rincón de Ibiza?

—Dalt Vila.

—¿Algún alumno o alumna que jamás vayas a olvidar? 

—A José Manuel, un chaval que tenía bastantes problemas de salud mental, pero era un amor. Ese chaval murió en un accidente de moto. Tuvo un final tan trágico…

—¿Tú mayor defecto?

—Cabezota [su mujer, que se ha acercado hace unos minutos a la mesa, asiente].

—¿Y tu mayor virtud?

—La paciencia [su pareja asiente también y dice que tiene muchas virtudes].

—Imagínate que, dentro de 30 años, alguien te está presentando antes de entrar en un concierto. ¿Qué te emocionaría que dijeran?

—¿Una buena persona y un gran músico?

—Qué fuerte, te iba a preguntar cómo prefieres ser recordado, si como una buena persona o como un buen músico.

—Pues ya está respondida [ríe].

—¿Alguna vez dejarás la música?

—Yo creo que no. Me da algo si dejo la música.

—¿Qué te interesa de la música actual?

—Uf, tengo una pelea yo con esto [mira a su hija adolescente que está presente durante la entrevista, junto a su perro Milo y que se ríe al escuchar la pregunta]. El reggaetón lo respeto mucho, pero a mí no me llena. La verdad que soy muy clasicote. Antes de los conciertos de Bad Bunny, que han sido increíbles en cuanto a público, me fui a ver a Eric Clapton, por ejemplo. Pero sí que hay gente actual que me interesa mucho como Mat Alba, un argentino muy joven que hace cosas chulísimas.

—Y ya por último: ¿qué canción crees que resume mejor tu vida? 

—Uf, deja que piense… Me quedaría con Pero a tu lado de Enrique Urquijo de Los Secretos. Me veo, sobre todo, en el contexto musical de la canción y en la letra: me identifico con agarrarme a los míos y hacer camino después de los errores.

Iván Doménech. Fotografía de Paco Natera

Tags: Canallas del GuatekeIbizaIván DoménechJoan BarbéMusica
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