La progresiva desaparición de las lagartijas podría estar directamente relacionada con la plaga de grillos en Ibiza, que se han multiplicado en los últimos dos o tres años en el campo.
Hay un daño colateral sorprendente y es que estos insectos se ‘comen’ las cintas de riego buscando agua, de manera que han destrozado por completo los sistemas numerosas fincas. Los agricultores que sufren esta plaga han tenido que cambiar todas las cintas por otras de mayor grosor para impedir que los grillos las horaden.
Toni Tur, presidente de la Cooperativa Agrícola de Sant Antoni, habla del fenómeno como portavoz de un sector en el que el problema se repite finca tras finca, allí donde la plaga ha hecho acto de presencia.
Este verano, precisa Tur, no ha habido en general problemas importantes de plagas —la torcaz, de hecho, ha tenido más alimento en primavera y ha dado menos quejas entre los socios—, pero el grillo es la excepción. Su población se ha disparado en los últimos dos o tres años.
El problema que ha ocasionado, señala el presidente de la cooperativa, no es tanto que se coma los cultivos, «que a veces sí ocurre pero no es el tema principal», dice, sino que se come, literalmente, las mangueras de plástico y las cintas de riego, un daño que se repite entre todos los agricultores afectados por la plaga y que confirmará cualquier payés que se dedique a la hortaliza y riegue con cinta de riego.
El motivo, explica Tur, es el agua: los grillos agujerean las cintas para beber, y al final generan una fuga tan grande que la línea de riego deja de regar bien.
Ante este daño colateral, que nadie había previsto, los agricultores han tenido que cambiar sus cintas por unas de mayor grosor.
Incluso desde la Cooperativa de Sant Antoni, como proveedora de suministros agrícolas para sus socios, han hablado con sus proveedores para que les envíen un catálogo de cintas de riego más gruesas, ya que las más ligeras no aguantaban las perforaciones. Con ese cambio, aunque los grillos siguen ahí, ya no se comen los tubos.
Tur relaciona este repunte, aunque no tienen un estudio científico a mano que lo atestigüe, con «la desaparición total de las lagartijas en el campo de Sant Antoni», donde antes era habitual encontrarlas por todas partes, incluso bebiendo dentro de los aspersores de riego de la patata.
«Desde que no tenemos lagartijas hemos tenido un incremento de grillos», apunta, aunque recalca que es una observación directa, no un estudio científico que establezca una relación directa.
«Al perder una especie del ecosistema se desequilibra otra, eso es evidente», reflexiona Tur. Podría estar relacionado, matiza, pero no es la única explicación posible.
Toni Tur explica que al visitar Formentera, donde todavía se ve corretear a las lagartijas por todas partes, es cuando se es más consciente de lo que Ibiza ha perdido.
Un fenómeno que ya apuntábamos en enero
La observación de Tur no es aislada. Ya en enero, Noudiari recogía testimonios de varios payeses ibicencos que describían un patrón muy similar en distintos puntos de la isla, vinculado a la llegada de las serpientes y a la progresiva desaparición de la lagartija pitiusa (Podarcis pityuensis).
Josan Aguiló, agricultor y presidente de la cooperativa ecológica Ecofeixes, explicaba entonces que en su finca de Sant Llorenç proliferaba «mucho el grillo común», además de otros insectos como el conocido como «bicho bola» o las babosas, y apuntaba a la misma hipótesis que maneja ahora Tur: que el grillo era uno de los alimentos de la lagartija y que, desde que esta ha desaparecido, su población se ha disparado.
Aguiló describía daños coincidentes con los de Sant Antoni —mordeduras en raíces, planteles y tubérculos como la patata, y mangueras de riego y mallas agujereadas— y explicaba que algunos agricultores habían tenido que cambiar directamente toda la manguera por otras más gruesas porque el grillo, atraído por el sonido del agua corriente, las perfora buscando humedad.
También Marina Cardona, de la finca Can Puvil, en Es Cubells, relataba en aquel reportaje una experiencia parecida: a finales de 2025 perdió una tonelada y media de patata por una plaga de grillos que calificaba de «bíblica», además de un tramo de manguera de riego agujereado, con unas pérdidas totales aproximadas de 4.000 euros. Cardona, como Tur, se mostraba cauta a la hora de atribuir el fenómeno únicamente a la falta de lagartijas, apuntando también a un año especialmente cálido y húmedo.
Esa cautela de los agricultores contrasta con la contundencia de la ciencia. El equipo del investigador Oriol Lapiedra, biólogo del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales, lleva desde 2021 estudiando sobre el terreno en Ibiza los llamados «efectos cascada» que provoca la llegada de la serpiente y la consiguiente desaparición de la lagartija pitiusa. Lapiedra confirmaba a Noudiari que las observaciones de los payeses coinciden con lo que su equipo constata en la isla: al eliminar una especie clave como la lagartija —que regula poblaciones de artrópodos y también poliniza flores—, se desajusta todo el sistema y otros organismos, liberados de un depredador y competidor, se multiplican. El propio investigador ponía como ejemplo a la araña, que también compite con la lagartija por los saltamontes, y advertía además de un impacto sobre la población de musarañas, «voraces insectívoros» con un papel importante en el control de insectos.
No todas las voces del sector, eso sí, apuntan en una única dirección. El agrónomo Bernabé Linero, de la Cooperativa de Santa Eulària, matizaba en aquel mismo reportaje que, si bien la desaparición de la lagartija puede contribuir a la proliferación de plagas, hay que tener en cuenta otros factores que se acumulan, como el hecho de haber vivido dos años consecutivos prácticamente sin invierno. Desde su cooperativa, precisaba, la pérdida de biodiversidad todavía no está afectando de forma masiva a la producción, aunque reconocía que la ausencia de depredadores de estos insectos «acompaña» el contexto actual. Como resumía el propio Linero, en biología no suele haber un único factor, sino un cúmulo de efectos que se superponen: la falta de lagartijas, sí, pero también la sequía y la falta de frío que, como constata ahora la experiencia de Toni Tur en Sant Antoni, siguen dando alas a una plaga que ya empieza a dejar huella en las infraestructuras del campo ibicenco.






