¿Os parecería atractivo reservar un destino turístico a 38 grados de día y 27 de noche, con una humedad media del 72%, picos del 80% o más, y todo aderezado con alguna jornada de bochorno y/o calima africana? Mmmm, no mucho, ¿verdad?
Acabamos de sobrevivir a un agosto en el que la medalla al mérito se la merecen los ventiladores, que han rugido como nunca, a punto de salir propulsados por la habitación. Un agosto en el que hemos hecho saltar los plomos de Endesa a fuerza de mantener el aire acondicionado a todo gas, día y noche. Nos dicen que los apagones constantes se han debido al estrés térmico de las instalaciones provocado por la elevada demanda.
Pero, para estrés térmico, el nuestro.
Hemos pasado semanas y semanas sin respiro, apáticos, decaídos, sudando a mares, con esa sensación tan poco agradable de no sentirte limpio ni recién salido de la ducha. Ya lo dice la Aemet: una media de temperaturas 2,5 grados por encima de lo normal y una humedad de república bananera.
Nos disculpamos unos a otros por besarnos con la cara churretosa, por abrazarnos y sentir el sudor ajeno fundiéndose con el propio. Los ibicencos huyen al norte —¿a cuántos conocéis que hayan pasado unos días en Galicia, Asturias o Cantabria este verano?— y yo misma he teletrabajado dos semanas desde mi Galicia natal, a riesgo real de haberme quedado en Ibiza convertida en una masa de mercurio derretida sobre el teclado.
¿No habéis tenido la sensación de que, en lugar de vivir, hemos estado sobreviviendo? ¿No se os ha pasado por la cabeza que así es imposible vivir en Ibiza?
Mi pregunta es: ¿se puede ser atractivo a 38 grados y un 80% de humedad? Tan atractivo como las guiris con el maquillaje desintegrado bajo el sol del beach club, o como los guiris con las neuronas ya en modo jamaicano: «me estás estresando, bro».
Quizás la temporada alta acabe siendo la de mayo y septiembre, los únicos meses en que todavía podemos sentir el verano como antaño y comportarnos como personas, y no como charcos andantes con nombre y apellidos. ¿O tendremos que rendirnos y trasladar toda la vida laboral y social a la noche, cual murciélagos y ginetas? Pensemos también en quien trabaja en una terraza, en la playa, en un mercadillo al aire libre o asfaltando carreteras a 40 grados.
Hemos vivido el agosto más cálido desde 1961, con una anomalía de 2,7 grados. En Ibiza la media fue de 28,2 grados (+2,4) y la ola de calor duró siete días, con hasta 39,2 grados en Sant Joan. Como remate, una humedad altísima que incrementa la sensación térmica y un 70% menos de lluvia de la habitual, para que ni el cielo se apiade de nosotros.
Así que entre subidones térmicos, bajones anímicos, apagones, insomnio, noches tropicales que ya no bajan de 25 grados y una isla entera funcionando en modo zombi solar, empieza a sonar menos a chiste y más a profecía que a Ibiza le toque colgar en la puerta un cartel muy poco ibicenco: «cerrado por calor».







Laura, de 10 com sempre
El nuevo orden vacacional a debate público 😉🤔