La fiesta «The Pharaoh’s Ball«, organizada el pasado 13 de agosto en la cantera de Sa Pedrera de Can Coix por los hermanos Bronson y Mimi van Wyck, ha derivado en una montaña de titulares con el Ayuntamiento de Sant Antoni en el punto de mira. Un tenso pleno municipal –con petición de dimisión del alcalde de Sant Antoni, Marcos Serra, incluida– no han puesto fin a la polémica, que sigue alimentando redes sociales y titulares.
Entre pirámides de ocho metros, obeliscos, un templo de cartón piedra y un lago artificial que se llenó con toneladas de agua mientras se cierran duchas en playas y se pide a los ciudadanos hacer un consumo responsable, el evento se ha convertido en uno de los focos de atención mediática de Ibiza.
Pero, para el arqueólogo Mikel Herrán, doctor por la Universidad de Leicester y autor, entre otras obras, de La historia no es la que es, es la que te cuentan, este baile de ricos tiene una lectura que va más allá de licencias municipales o del gasto de agua.
«No luce lujoso, luce hortera»
Herrán, figura mediática con cientos de miles de seguidores y suscriptores en redes sociales y apariciones en El Intermedio o en El condensador de Fluzo, analiza el suceso en su canal PutoMikel.
No discute que el mayor delito de la fiesta sea medioambiental pero llama la atención sobre algo que va más allá.
Por un lado critica la estética, pero, por otro vincula este tipo de bailes con ambientación histórica a una costumbre de las élites para reforzar sus posiciones en la cumbre, muchas veces endebles mientras el resto de los mortales pasa aprietos económicos.
Por un lado, la mezcla de referencias históricas sin criterio con la que los invitados acudieron ataviados es motivo de mofa para el arqueólogo, que tacha la fiesta de de «crimen estético». El resultado «no luce lujoso, luce hortera», dice, un kitsch que alude a otra época sin llegar a definir con claridad a qué está haciendo referencia. Parafraseando a Dolly Parton, recientemente fallecida, se pregunta por qué gastar tanto dinero en parecer tan barato.
Un género con nombre propio: el «ball» histórico
Para el arqueólogo, el propio nombre del evento —»The Pharaoh’s Ball»— no es casual. «Ball» es la denominación clásica de los grandes bailes formales de la élite decimonónica, un formato que vivió su apogeo hace cien o ciento cincuenta años, cuando los nuevos ricos de la revolución industrial competían con la vieja aristocracia por el estatus social. En ese contexto, sostiene, disfrazarse de figuras del pasado servía para vincular el apellido y la fortuna propios a las élites históricas y ganar así una legitimidad que el dinero recién estrenado no proporcionaba por sí solo.
Como ejemplos de esa tradición cita dos bailes reales de finales del siglo XIX y principios del XX en Estados Unidos, en los que los invitados debían acudir disfrazados de reyes y reinas de distintas épocas, mezclados sin ningún rigor histórico.
Lejos de quedarse en la anécdota estética, el arqueólogo interpreta estos bailes históricos como el síntoma de una época de movilidad social acelerada, en la que tanto la vieja aristocracia como los nuevos multimillonarios veían tambalearse su posición, mientras por debajo se organizaban sindicatos y cooperativas obreras.
Disfrazarse de las élites del pasado, argumenta, transmitía una sensación de control: la idea de que, pese a todo lo que cambiaba, el orden social permanecería intacto.
Aplicado al presente, Herrán lanza una lectura incómoda sobre la fiesta de Ibiza ya que más que un simple capricho millonario, podría leerse como el reflejo de unas élites que intuyen que no lo tienen todo ganado.
«¿Y si es el síntoma de unas élites inseguras y ansiosas?», se pregunta, apuntando a la posibilidad de que los ultrarricos actuales sepan, en el fondo, que las cosas todavía se pueden cambiar.
Mientras el debate cultural se libra en redes, el político se libra en el Ayuntamiento de Sant Antoni. El PSOE acusó al alcalde del PP, Marcos Serra, de haber tramitado el evento como «actividad no permanente inocua» pese a una memoria técnica de 69 páginas en la que, según los socialistas, la palabra «water» aparecía en diez de ellas, incluyendo expresiones como «steps into water».
La oposición denuncia además la ausencia de certificados de montaje antes del evento, un seguro de responsabilidad civil sin verificar, la falta de un informe forestal vinculante pese a la presencia de generadores y bombonas de gas, y una tasa de 199 euros que considera irrisoria y la donación benéfica de 50.000 euros que, a su juicio, sirvió de «pase VIP» para flexibilizar la normativa.
El equipo de gobierno, a través de la concejala Eva Prats y el propio alcalde, ha rechazado esas acusaciones. Serra ha insistido en que «no hubo secretismo ni opacidad», ha admitido que la tasa cobrada «puede ser insuficiente» y ha explicado que el consistorio no tenía constancia de que se fuera a usar agua real para el lago, cuya cifra de 170 toneladas —remarca— procede de la prensa y no de datos verificados oficialmente por el Ayuntamiento.
Sea cual sea el desenlace político del expediente, el análisis de Herrán apunta a una pregunta que trasciende Sant Antoni y es por qué, generación tras generación, las nuevas fortunas siguen recurriendo al mismo gesto simbólico de vestirse con ropajes del pasado (reinas, reyes, zares, faraones..) para asegurarse un lugar en el presente.






