Que la cadencia con la que se construye un relato en el que todos nos vemos envueltos, de manera casi invisible, sea la que proponen los medios —o la media— ha contribuido de manera significativa a que estos se hayan convertido en el principal poder. Que los dueños de esos medios y de esa media sean, en buena medida, tecnooligarcas con ideas de derechas, e incluso algunos próximos a la derecha radical, convierte al medio y a la media en una maquinaria con un potencial sin precedentes para desplazar hacia la derecha todo el espectro público. No hace falta censurar una idea cuando puedes conseguir algo mucho más eficaz: hacer que parezca absurda, antigua, marginal o sencillamente imposible de pensar.
Si la llamada IA es una herramienta que, además, acelera este proceso, no resulta tan descabellado decir que la IA no solo puede acabar teniendo un sesgo político determinado, sino que puede convertirse en un mecanismo formidable de administración de la opinión pública, capaz de anticipar, absorber o neutralizar cualquier alternativa. Una suerte de totalitarismo sin dictador. Un totalitarismo amable e incluso divertido. Es decir: la IA podría ser tirana, podría ser facha y, si todo esto fuera cierto, podría acabar con todos nosotros. Pero no necesariamente en el sentido romántico —si cabe la expresión— de Terminator. Quizá se parezca bastante más a Matrix.
Resulta, cuanto menos, llamativo que aparezca alguien como Jacob Coxon, investigador británico de inteligencia artificial que renunció a su puesto en Anthropic, diciendo que “las personas que están construyendo IA creen sinceramente que podría matarnos a todos para finales de la década”. Y resulta también curioso que este tipo de declaraciones aparezcan en un momento en el que las grandes empresas de inteligencia artificial necesitan cantidades descomunales de capital y se preparan, directa o indirectamente, para jugar en las grandes ligas financieras. Y todos sabemos que pocas cosas son más rentables que desacreditar una empresa, hacer que baje su valor bursátil y que, en un tris, mediante un giro inesperado, ese valor vuelva a aumentar generosamente, sobre todo para las carteras que estaban al tanto.
Quizá no haya conspiración alguna. Ni siquiera hace falta. El capitalismo ha demostrado sobradamente que puede producir comportamientos perfectamente coordinados sin que nadie tenga que reunirse en una habitación oscura para coordinarlos.
Mientras tanto, los tecnooligarcas, los propietarios de esta infraestructura —que casi podrían contarse con los dedos de una mano—, pueden construir un relato extremadamente sencillo, sobrecargado de alarmismo, para después dar ese giro: hay que ganar la carrera de la inteligencia artificial. Ganársela a China y, por extensión, al bloque de los BRICS. Y como estamos ante una carrera, cualquier medio empieza a quedar justificado por el fin. Además, nos dirán que es mejor que lo hagan ellos porque ningún gobierno está capacitado para comprender, desarrollar o controlar una tecnología semejante. Chimpún.
La guerra que antaño, en una coordenada Este-Oeste, justificó la carrera nuclear y la bomba atómica aparece ahora desplazada hacia otra geometría del poder. Occidente y China. Ahora se discute quién posee la tecnología capaz de organizar la realidad: quién clasifica la información, quién decide qué aparece primero, qué desaparece, qué consideramos verdadero, qué deseamos, qué tememos discutir y hasta qué preguntas somos capaces de hacernos.
Quizá el verdadero poder de la IA no consista en que algún día pueda destruir a la humanidad con un clic. Quizá consista en algo mucho menos espectacular: que llegue a intervenir en la construcción de aquello que llamamos realidad sin que apenas percibamos esa intervención.
Llegados a este punto, la única pregunta que cabe es: ¿dónde está la salida?
El afuera, que hasta hace poco podía parecer incómodo pero posible, empieza a dejar de ser afuera. Y eso lo cambia todo. Quizá aquella escena metafórica en la que Neo debía elegir entre la pastilla roja y la azul se quite en edición y deje de existir en la pantalla. Puede que no exista ningún Morfeo esperando para invitarnos a dudar. Puede incluso que el simple hecho de estar aquí, frente a esta pantalla —este black mirror—, signifique que ya estamos dentro de las cápsulas, produciendo datos y energía para alimentar el ecosistema digital que organiza una parte creciente del mundo.
Pertenecemos a una coordenada concreta: la del norte global y su relato. Un relato que no necesariamente coincide con el del sur global y que tampoco parece demasiado interesado en que conozcamos o siquiera flirteemos con su antítesis. Porque quizá desde allí exista otra versión de lo que está ocurriendo. Otra interpretación del progreso y de la tecnología.
Y puede que precisamente ahí haya algo parecido a una salida. Un afuera. Un Morfeo. Una pastilla roja. O, por lo menos, la posibilidad de la duda.
Ya nada impedirá que la tecnología continúe su ritmo acelerado. Pero quizá sí pueda darnos alguna pista sobre cómo convertirla en aliada en lugar de enemiga. Al fin y al cabo, también el fuego debió de parecer alguna vez una fuerza imposible de controlar.
Y acabó dentro de un mechero Clipper… recargable.






