Interesantísima la entrevista publicada hace unos días por Noudiari a José Antonio Guasch Ribas, Watson, uno de los propietarios del popular bar Can Sala de Sant Jordi y que le realizó Laura Ferrer. A mi modo de ver, las palabras de Watson reflejan de forma diáfana el pensamiento de una gran mayoría de ibicencos, que no están de acuerdo con la deriva hacia el lujo que ha tomado la isla y las consecuencias que esta estrategia genera para el residente.
Watson decía lo siguiente: “No quiero caer en el pesimismo. Ibiza ha evolucionado, lógicamente, y seguirá evolucionando. Tal vez el problema principal es el de la vivienda, que es muy difícil de solucionar. Si algo no me gusta es lo del turismo de tanto lujo. Creo que debíamos haber ido por otro lado, porque este tipo de turista me parece incluso hortera. Pero en la isla todavía hay muchos rincones muy bonitos, sin tanta gente. Yo siempre comparo la isla de Ibiza con un restaurante. En Can Sala puedo dar de comer a 100 personas. Si le quiero dar de comer al doble, a 200 personas, es todo un desastre: no tendré personal suficiente, ni baños para todos, ni nada. Ibiza es una isla pequeña y creo que las cosas se podrían hacer mejor si no se dejase entrar a tanto turista”.
A su manera, de forma inteligente y sin emplear adjetivos gruesos, Watson subrayaba dos problemas tremendos: la excesiva expansión del turismo de lujo, que está contagiando a toda la isla, y la saturación extrema que padece nuestro territorio. A ello yo añadiría además que el lujo y la omnipresente promoción que hace de él el sector hotelero y, muy especialmente, las discotecas y los beach clubs, que todo lo tienen compartimentado en vips, megavips, ultravips y simples mortales, es en buena parte la espoleta que ha hecho estallar la crisis de la vivienda con las consecuencias de sobra conocidas: imposibilidad de acceder a ella a precios razonables para la clase trabajadora, progresivo abandono de la isla por parte de residentes y profusión de campamentos chabolistas, que se van desmantelando en un sitio para que luego surjan en otro, en una rueda sin fin.
Veremos dónde acaban todas estas familias expulsadas de sa Joveria y Can Misses, a las que se trata sistemáticamente como a cucarachas, cuando además de ser personas cubren puestos de trabajo imprescindibles para nuestra sociedad. Desde luego, no se van a esfumar milagrosamente como el genio de la botella y habrá que esperar a discernir si el alcalde de Ibiza consigue pasarle el marrón al de Sant Josep, a la de Santa Eulària o al de Sant Antoni, que son los municipios colindantes, o, por el contrario, se le sigue atragantando en otros descampados de su jurisdicción.
Es realmente muy triste ver una isla tan urbanizada como la nuestra sembrada de grúas por todas partes, donde únicamente se construyen pisos y villas de lujo. Ni un solo edificio para la clase media ibicenca, que no puede afrontar viviendas de 800.000 euros para arriba.
Ojalá los políticos que tienen competencias en nuestro destino y nuestra calidad de vida tomasen buena nota de lo que piensa Watson, que es lo que muchos ibicencos de todas las tendencias políticas tenemos en la cabeza y en el corazón. En un comentario en una red social, alguien le mostraba su admiración al empresario de Can Sala con una expresión muy ibicenca: “Ets es gall de sa garbera”, que, sin atender a la pura literalidad del término, podríamos traducir como “eres el gallo del corral”.
Ojalá Watson lo fuera porque mucho mejor nos iría. Con independencia de mi simpatía y admiración por él y la gente de Can Sala, los ibicencos hace ya mucho tiempo que dejamos de ser los gallos del corral. Perdimos la capacidad de administrar nuestro destino cuando empezamos a vender la isla al mejor postor. Ahora pertenece a fondos de inversión, multinacionales y una ralea de gente que no tiene la más remota idea de lo que es Ibiza ni le importa un rábano, y que, sin embargo, decide por nosotros al transformar el territorio en base a sus intereses económicos. Y si entre los gallos del presente hay alguno de por aquí, vive tan cegado por la codicia que las consecuencias no le quitan el sueño.
Si el lector quiere una pista clara sobre quiénes son los verdaderos gallos del corral, estos días se ha publicado una noticia que lo deja meridianamente claro. En el International Music Summit, celebrado recientemente en un hotel de Cala Llonga, enclave antaño familiar que también se ha sumado a esta plaga de los VIP, los dj’s y el lujo, se hizo público que Ibiza recaudó la temporada pasada 160 millones de euros en venta de entradas de discotecas. Sólo en entradas. Luego tenemos las lucrativas subastas de mesas VIP, los millones de consumiciones y el aluvión de extras, que a buen seguro superan esta cifra de largo.
Si tenemos en cuenta que el presupuesto del año pasado del Consell Insular fue de 168 millones de euros, podemos afirmar con rotundidad que el poder económico de las discotecas sobrepasa de largo al de la máxima institución pitiusa. Tal vez así los ibicencos entiendan por qué tardan diez o quince años en tramitar los papeles para construirse una casa en la finca heredada de sus antepasados, mientras de una temporada para otra proliferan macrodiscotecas y beach clubs como champiñones y hasta se permite que hoteles, restaurantes e incluso alojamientos rurales ejerzan como salas de fiestas en plena naturaleza.
En Ibiza impera el libre mercado a todos los niveles y los políticos, que son los únicos que podrían poner límites y establecer criterios de sostenibilidad, se limitan a disimular aplicando superficiales operaciones de maquillaje que ya nadie nos creemos, porque los resultados a la vista están. Luego que no se extrañen cuando algún majadero se presente a las elecciones, prometa cualquier disparate y les acabe comiendo la tostada, como ya ha sucedido en otras latitudes.
Así que, aunque los ibicencos consideremos que ya hay demasiados turistas y un exceso de lujo, los mandamases han ordenado que Ibiza siga apostando por “los productos premium” y la expansión de las “experiencias VIP”. Ni siquiera hace falta leer sus intenciones entre líneas, porque las manifiestan con rotundidad en sus declaraciones, en las notas de prensa que envían a los medios y en las entrevistas que les conceden.
Dudo que algún día lleguemos a saber cuánto han invertido los verdaderos dueños de la isla en mantener contentos y colocados a los subalternos que les hacen el trabajo sucio en las posiciones adecuadas. Sería la única forma de entender el tejido de influencias que nos ha traído este desmadre, que cada temporada que pasa parece más irreversible. Mientras tanto, seguiremos comulgando con sus ruedas de molino sin que nadie haga nada, esperando a que nuestra Ibiza definitivamente se precipite por la borda y nosotros, nuestros hijos o nuestros nietos, con ella. Es sólo cuestión de tiempo.




