Que el perro y el humano puedan llegar a tener una relación ya es curioso. Pero que, además, esa relación llegue a una intimidad difícil de explicar, eso sí que me parece un lugar donde poner el foco. Mucho más que en el axioma de turno: aquello de que el perro está para cubrir una carencia emocional o por el capricho de una moda, ya sea la de sacarlo de un refugio de animales o la de tener la raza que esté en boga. Que siempre hay una.
Toda la métrica de la domesticación: el ADN de los ancestros, el chip, las mil y una vacunas, el entrenador, el pipicán, el peluquero, la pedicura, el arnés X que hace Y, la caja donde lo puedes llevar de viaje, la chocolatina de premio, el pienso con partículas que lo hacen parecer un anuncio de IA, la bolsa perfumada para las cacas. Son los mil gadgets de este mundo que la sobredomesticación ha ido metiendo entre tú y el animal.
Pero a lo que voy de nuevo es que, aparte de toda esa parafernalia —que es la palabra—, he visto perros muy sanos correr por la montaña detrás de un rebaño de ovejas, alimentarse con un currusco de pan y no saber absolutamente nada de toda esa literatura contemporánea. Y no es que no hayan sido vacunados: es que ni idea. Saltar entre los matojos, contentar al dueño como misión y siesta a la sombra. Alguna pulga, alguna garrapata; nada que con una buena rascada de pata no se vaya al carajo.
Pero a lo que voy —que me voy por las ramas— es a la relación que se establece entre tú y el animal. Porque no deja de ser eso: un animal. Anda a cuatro patas, le mete el hocico a otro perro o perra en sus partes menores como saludo o reconocimiento, mea indiscriminadamente después de un olfateo, como si esa meada fuera un mensaje, un canwasap. Se tumba a la fresca, se lame, ladra, ya ves tú. Todo ello sin un código de lenguaje con el que, a priori, podamos comunicarnos.
Y, sin embargo, poco a poco entra en juego una cantidad de gestos que te van diciendo qué le pasa: si está contento, si tiene ganas de salir a pasear, si está excitado, si tiene hambre o si, simplemente, quiere estar contigo. Un lenguaje que no se sostiene en palabras pero que resulta más que eficaz.
Y ahí se establece una relación profunda, emocional e íntima. Donde el contacto físico no es un recurso moral ni necesita justificación, sino todo lo contrario: una caricia, un lametazo, apoyar la cabeza sobre tus piernas o simplemente tumbarse pegado a ti son gestos necesarios. No significan otra cosa y, al mismo tiempo, lo significan casi todo. Algo que todavía la dialéctica no tiene capacidad de expresar. Ni falta que hace.
Hay algo de todo esto en El perro de Goya. Apenas una cabeza asomando en mitad de ninguna parte. Goya no necesitó una sola palabra. Quizá ahí esté precisamente el asunto.



Porque, visto así, resulta curioso lo mucho que nos cuesta luego entendernos con un vêcinô. O con un país vêcinô. Cómo, siendo de la misma especie y disponiendo de códigos de lenguaje sumamente sofisticados, no somos capaces de establecer una relación mínimamente coherente.
Incluso parece ocurrir al revés: cuanto más sofisticado es el sistema de comunicación, mayor es la distancia que perpetra en la relación. Al menos, a mí es lo que me parece.
Y quizá el problema no sea que nos falte información. De eso vamos sobrados. Tenemos siglos de cultura a nuestra disposición, bibliotecas enteras metidas en un teléfono, palabras para casi todo y explicaciones para lo que todavía no tiene nombre. Pero una cosa es acumular mundo y otra muy distinta experimentarlo. Podemos saber muchísimo y que, aun así, todo eso no nos atraviese en absoluto. Una forma extraña de pobreza: tenerlo prácticamente todo a nuestro alcance y haber perdido cierta capacidad elemental para relacionarnos con ello. Y lo más inquietante es que tampoco parece molestarnos demasiado. Nos hemos acostumbrado.
Es como si, quizá, al haber puesto todo el foco en un medio de transmisión y entendimiento que considerábamos legítimo e incuestionable, hubiéramos terminado superando aquel umbral que Goya vaticinó con razón: «El sueño de la razón produce monstruos». Un alegato demoledor.
Por eso creo que tenemos un perro o un gato viviendo con nosotros. No tanto para humanizarlos a ellos, sino quizá para que ellos nos deshumanicen un poco a nosotros. Para recordarnos, de manera sutil, de dónde venimos y cuánto nos hemos perdido por el camino.
Samaj Moreno






