Cuando Vicente Costa Losa acabó la carrera de Ingeniería de Telecomunicaciones, en 1996, cogió las maletas y volvió a su tierra natal, Ibiza, a trabajar para la asesoría Unidad. Treinta años después, sigue en la isla, aunque ahora como CEO de Infinitel, la empresa tecnológica que fundó en 2010 y que hoy da servicio a más de 3.000 clientes.
La historia de Infinitel no se entiende sin Unidad. Durante años, Vicente y su equipo fueron, sencillamente, el departamento de informática de esa asesoría. El salto llegó empujado por la crisis de 2008: separar la actividad en una empresa propia les permitiría ganar independencia y abrirse a otros clientes. «Éramos cinco o siete personas cuando empezamos, no más», recuerda en la luminosa sede que tienen en pleno centro de Ibiza (C/ Bisbe Huix, 17, bajo). Hoy son 17 profesionales con sede propia en Ibiza —un local que compraron hace apenas dos años— y una oficina recién inaugurada en el Parc BIT de Mallorca, el parque tecnológico que Vicente describe con admiración como «el Silicon Valley balear».
El nombre no es casual. Infinitel es un acrónimo de Informática, Ingeniería y Telecomunicaciones, las tres disciplinas que vertebran la empresa. El logo, el símbolo del infinito, tampoco: «Indica el poco miedo que tenemos a enfrentarnos a cualquier tema nuevo en tecnología», explica Costa Losa con la energía y el optimismo que le caracteriza.
Cuatro patas para no caerse
La empresa ha construido su negocio sobre cuatro áreas que funcionan como seguros mutuos. Si flaquea una, las otras sostienen el conjunto.
La primera y más antigua es el software para empresas. Infinitel distribuye Exit ERP, un programa de gestión y facturación para empresas medianas y grandes, y Ágora TPV, un punto de venta táctil para hostelería y comercio con más de 50.000 instalaciones en toda España. También trabajan con software de PMS hotelero para la gestión de reservas, un segmento en el que tienen mucho terreno ganado en Illes Balears.

La segunda es telecomunicaciones, especialmente para hoteles. Aquí Infinitel fue verdaderamente pionera: hace años que llevan fibra óptica hasta cada habitación —lo que hoy se conoce como FTTR, Fiber To The Room— un estándar que entonces nadie adoptaba y que las grandes tecnológicas han terminado por incorporar como propio. «Nosotros seguimos siendo pequeños, no nos hemos forrado, pero las grandes ya lo han adoptado», dice Costa Losa, con una mezcla de orgullo y humor.
La tercera pata es sistemas y virtualización: servidores de empresa que funcionan divididos en múltiples máquinas virtuales, llevando a la pequeña pyme de Ibiza lo que hasta hace poco solo estaba al alcance de los grandes centros de datos.
La cuarta es la nube, para los clientes que prefieren externalizar sus servicios en lugar de mantener infraestructura propia.
La isla como laboratorio
Trabajar en un entorno insular obliga a reinventarse constantemente. Cuando la fibra tardaba en llegar a ciertas zonas de Ibiza, Infinitel tendió radioenlaces en la isla y que llegaban hasta Formentera. “Hubo temporadas en que los únicos negocios que seguían funcionando cuando los barcos arrastraban el cable submarino con el ancla eran los clientes de Infinitel, que tiraban de su red inalámbrica propia”, recuerda Vicente.
Hoy, cuando el verano satura las redes móviles con miles de turistas, la empresa despliega antenas Starlink (los famosos satélites de Elon Musk que a veces se ven surcando los cielos de Ibiza) como solución de backup. Y tiene routers configurados para saltar automáticamente de una conexión a otra si alguna cae, sin que el cliente pierda ni un minuto de trabajo. «Aquí se trata de que los clientes estén bien atendidos», resume Vicente.
El golpe del Verifactu
El año pasado pasaron algunas cosas que les hicieron fruncir el ceño. A la empresa y a sus clientes. Infinitel había hecho un esfuerzo considerable para adaptar todos sus productos —Exit ERP, Ágora TPV y Prana Software, pensado para autónomos y micropymes desde 19 euros al mes— al sistema Verifactu, la normativa que obliga a los programas de facturación a generar registros inalterables y comunicarlos a Hacienda de manera instantánea. Tenían todo listo en julio.
En diciembre, el Gobierno anunció un aplazamiento de un año. Fue como una bofetada. «El que se había gastado el dinero y había hecho todo, castigado; el que había sido un gandul y no había hecho nada, premiado», resume Costa Losa, sin disimular el enfado. En Prana especialmente, las cancelaciones llegaron al día siguiente del anuncio. Su previsión es que el boom de implementaciones llegará igualmente, pero a última hora y mal ejecutado.
La inteligencia artificial entra por la puerta del teléfono
Con el Verifactu aparcado, el equipo ha volcado energías en inteligencia artificial. Ya tienen implementados en su centralita telefónica agentes virtuales capaces de mantener conversaciones naturales con el cliente, pasar llamadas, cambiar de idioma en tiempo real y actuar como asistente personal del directivo que los contrate. La empresa les ha puesto nombre: María (Mar + IA). Un agente humano supervisa las conversaciones por si la IA tiene alguna «alucinación».
Pero la novedad más llamativa es otra. Infinitel ha desarrollado un conector MCP (Model Context Protocol) que enlaza las bases de datos de sus programas —Ágora y Exit ERP— con los grandes modelos de inteligencia artificial del mercado, ya sea Claude de Anthropic, ChatGPT de OpenAI u otros. La idea es analizar la auditoría de seguridad de los sistemas, ese registro de todo lo que ocurre en un punto de venta —cajón abierto, ticket cancelado después de impreso, descuento aplicado, línea borrada— para detectar comportamientos fraudulentos.

«Le pasas la auditoría de eventos y le dices: dime quién ha podido cometer algún fraude. Y ya te dice qué trabajador ha hecho algo indebido y cómo», explica Vicente. Lo han probado con bases de datos reales de clientes con más de 200 empleados y cinco millones de registros. «Te quedas espantado de las cosas que pasan», dice con una sonrisa un poco torcida.
Crecer, sí, pero ¿para qué?
Con 17 empleados, estructura de socios —el director técnico, el director de sistemas y un reciente asociado— y reuniones mensuales que implantaron tras el COVID para corregir el rumbo con agilidad, Infinitel es una empresa que ha aprendido a no correr más de lo que puede controlar. «Podríamos crecer más, pero ¿para qué?», pregunta Costa Losa. Es, paradójicamente, una de las frases más reveladoras de la entrevista.
La oficina de Mallorca está montada y esperando a activar la maquinaria y el personal necesario. La sede de Ibiza es nueva, luminosa, nada que ver con los sótanos a los que se suele relegar a los IT en las grandes empresas. Y en el sector ya nadie duda de que el FTTR que Infinitel defendía en Madrid hace años, cuando nadie les hacía caso, es hoy un estándar. A veces picar piedra tiene premio, aunque llegue tarde.






