Al entrar en su conciencia y observar los pensamientos que fluían uno tras otro, ese día Pepe deseó prolongar más tiempo la meditación porque supo que los sucesos que estaban llegando marcarían pronto su futuro y quiso entenderlo.
Movió los dedos suavemente, tomó respiraciones profundas, abrió un ojo despacio y ya surgiendo de la meditación notó que olía intensamente a un perfume que regalado estaba y pensó:
–Me siento limpio una vez más.
Abrió ahora completamente sus ojos y examinó el frasco que contenía aquel perfume que conocía desde tiempo atrás y también vio una sombra que tras la puerta desaparecía y, sin equivocarse pero aún recogiendo el último pensamiento disperso que con apego le vino, dijo:
Vaya, es Auca y sé ahora lo que no sabía. Hallaré la esencia.
Admiró a través de la ventana el paisaje de los nevados con su blanco uniéndose al naranja del atardecer y no quiso llamar a Auca porque tanta importancia tenía ahora Auca como el frasco. Prosiguió en la meditación.
Al siguiente día, como siempre, cerró los ojos y tras escuchar los gritos de una huelga apareció un mar en calma y un claxon generado en su interior bloqueó el tránsito de pensamientos que circulaban por su conciencia a gran velocidad. Después de una hora, aclaró su futuro:
–Compraré un software sofisticado de grabación y cotejaré los sonidos del jilguero y los de Auca para hallar la esencia.
Era de esperar que el software de grabación que guardaba las mejores palabras de Auca y el canto del jilguero concluyera que escuchaba poco tiempo a Auca y que la única belleza que se encontraba en ese momento enjaulada no sólo era el jilguero y que tan sólo semillas al pájaro daba.
Auca trajo el jilguero de los Andes y siendo de clima frío no se adaptó al clima mediterráneo con facilidad pero sí encontró en las semillas con las que Pepe lo alimentaba el recuerdo de su hábitat natural. Al contrario, Auca aún dudaba entre el clima húmedo de su país y el del mediterráneo ya que tan sólo quería sobrevivir en un ambiente que era ajeno a sus creencias y no veía la forma de lograrlo.
Pepe supo ver en el jilguero lo mismo que le ocurría a Auca y pensó que con cuidados adecuados aunque no estuvieran en su entorno natural lograrían tener futuro.
Auca vestía alegremente su pollera roja y su sombrero por el espacio que habitaba y quiso mantener los ritmos de la siembra y la cosecha que eran opuestos a los de Pepe que se dirigían más hacia la luna que al alba y también sostuvo Auca que sus tareas debían ser correspondidas como siempre ocurría en su montaña.
Pepe miró los nevados una vez más por la ventana y con una mirada llena de curiosidad recordó el campo, la cosecha y la siembra que ya no volverían, prendió fuego en la chimenea, abrió un poco la ventana para que la habitación oliese a jardín y de puntillas se puso para darle las gracias a Auca.
Jaume Torres






