Estaba ahí sentado, comiéndome una tostada con fuagrás y, de paso, viendo Instagram; es decir, en el juego del like por like. Debe de ser que el algoritmo se ha confundido conmigo, porque me bombardeó con reels y mensajes de motivación personal, experiencia kundalini y meditación. Me jode bastante, así que apago el móvil y, a cambio, le doy un buen bocado a la tostada. Dejo que el fuagrás se mezcle con el pan Bimbo tostado en mi boca y me sirva de motor de inspiración. Como reacción a la ofensa de Instagram, me dedico inmediatamente a desarrollar esa idea.
El diagnóstico, aunque incompleto, es algo así:
La clase obrera y la clase media no deberían participar en el coaching de manera tan activa. Hay en ello algo de caricatura del privilegio de la pequeña burguesía. Cuando estas clases fantasean con ese mundillo, responde a algo más complejo.
No se trata simplemente de imitación cultural o aspiración simbólica, sino de un fenómeno más profundo: la colonización de la subjetividad por lógicas que no le pertenecen. Lo que en la pequeña burguesía funciona como extensión de su capital lúdico, en la clase obrera y media aparece como sustituto de aquello que les ha sido retirado: la conciencia de clase.
Hay que reconocer el auge contemporáneo del coaching, el mindfulness y cierta espiritualidad “holística”. No es una simple moda cultural, sino un dispositivo ideológico funcional al capitalismo tardío. Su éxito no reside en transformar la vida de los individuos, sino en algo más eficaz: reformular el malestar estructural como un problema íntimo.
En este desplazamiento se juega algo crucial. Donde antes había un conflicto social, ahora hay una ficción personal. Se ha reemplazado hablar de explotación laboral por hablar de bloqueo emocional, y allí donde se organizaba la rabia, ahora se medita sobre ella. En ese cambio, el lenguaje pierde su potencia política. Términos como “resiliencia”, “crecimiento personal” o “abundancia” operan como sustitutos que anulan la posibilidad de nombrar la injusticia.
Esta mutación no es inocente.
El sujeto contemporáneo está cada vez más desarraigado de estructuras colectivas y privado de herramientas políticas para interpretar su realidad. Así pierde la conciencia de clase y queda expuesto a una intemperie simbólica. Ya no se percibe como parte de una clase, sino como un individuo aislado cuya vida depende exclusivamente de sus decisiones, su actitud y su capacidad. La frustración no encuentra cauces colectivos y se vuelve hacia dentro, adoptando la forma de culpa o insuficiencia. Traducción: ansiedad.
Pero hay algo más. Esta interiorización del conflicto no solo desactiva la acción política, sino que produce sujetos funcionales al sistema precisamente en su malestar. Son sujetos que sufren, pero de manera compatible con la continuidad del orden existente.
En este hábitat emerge el mercado de la autoayuda y la espiritualidad mainstream, no como respuesta al sufrimiento, sino como industria de gestión emocional. Algo así como un capitalismo conformista. Su metodología no consiste en eliminar las causas del malestar, sino en hacerlo tolerable y capitalizarlo para que el individuo siga funcionando dentro de él.
Para ello simplifica radicalmente la complejidad de la experiencia humana y reduce la existencia a fórmulas del tipo: “Eres parte del proceso”, “Estar presente”, “Eres el creador de tu propia realidad”, “Quiérete como si tu vida dependiera de ello” o, mi favorita, “Todo pasa por algo”. Hay repertorio infinito. Son frases que no describen la realidad, sino que generan una ilusión de control en un espacio donde el margen de maniobra es cada vez más ilusorio.
Esta simplificación tiene consecuencias claras. En primer lugar, infantiliza al sujeto y lo acostumbra a pensar en términos binarios, a desconfiar de la ambigüedad y a rechazar el conflicto. Así se distorsiona algo elemental: la capacidad de sostener la contradicción, punto de partida de toda conciencia crítica.
También introduce una forma de dependencia. Aunque el discurso insiste en la autonomía personal, en la práctica genera la necesidad de una guía externa: el coach, el mentor, el gurú. Estas figuras funcionan como autoridades blandas que no imponen desde la coerción, sino desde la seducción, reeditando una lógica conservadora: la necesidad de un “padre simbólico” que dé sentido y dirección.
Aquí aparece uno de los aspectos más paradójicos: su aparente neutralidad política. Se presenta como algo transversal e incluso progresista, pero en su estructura profunda opera como mecanismo de despolitización. Al trasladar todos los problemas al ámbito individual, elimina la posibilidad de pensar en términos colectivos. Si todo depende de ti, nada depende de las condiciones materiales. Si el sufrimiento es una cuestión de actitud, no hay nada que transformar fuera de uno mismo. Además, convierte cualquier intento de politización en inmadurez emocional y toda crítica en negatividad.
La consecuencia es una forma sofisticada de adaptación. El individuo aprende a sobrevivir en estas condiciones sin cuestionarlas; gestiona su ansiedad en lugar de preguntarse por su origen.
Este fenómeno conecta, de manera pasiva, con una deriva ideológica hacia la derecha. No en términos explícitos, sino en un nivel más profundo, ya que toda actividad colectiva acaba percibiéndose como una inversión individual. De este modo, la idea de lo común se desvanece y lo único que permanece es el individualismo. No es exagerado afirmar que este proceso se articula a través de un mensaje cargado de moral conservadora, donde se exaltan valores como el mérito individual, la autosuficiencia y la responsabilidad personal, mientras se desconfía de lo político.
A esto se suma el debilitamiento de sindicatos, movimientos sociales y espacios de politización, que dejan un vacío ocupado por estas formas de espiritualidad de mercado. No son una anomalía, sino una consecuencia lógica.
No se puede decir que el individuo contemporáneo sea menos consciente ni más ingenuo, sino más desconfiado. Y en esa desconfianza, cualquier discurso que ofrezca un ambiente cálido con apariencia de sentido y orientación resulta profundamente cautivador.
Pero la cuestión no es criticar estas prácticas, sino entender qué necesidad están cubriendo.
También hay que considerar que el lobby empresarial, dueño de los medios de comunicación, ha construido un relato funcional a este proceso. No solo desacredita la política, sino que la reduce a espectáculo. La corrupción deja de ser un problema real y se convierte en una pantomima cínica: “todos los políticos son iguales”. Al convertir a los políticos en caricaturas, se destruye la posibilidad de confianza. Y sin confianza, no hay organización. Desaparece la política. Se cierra así el círculo: por un lado se individualiza el malestar; por otro, se desacredita cualquier vía colectiva.
El resultado es un sujeto despolitizado que se repliega sobre sí mismo. Un sujeto que ya no espera nada del mundo, salvo aprender a soportarlo.
Esto genera el caldo de cultivo ideal para la consolidación de un orden decadente. No porque se imponga por la fuerza, sino porque deja de percibirse una alternativa. Ahí reside su mayor eficacia.
Si ampliamos el foco, este fenómeno no surge de la nada. Tiene una genealogía que conecta con transformaciones culturales de finales del siglo XX. Una de sus raíces está en la deriva del poshippismo. Lo que fue una contra radical al sistema fue absorbido y reformulado en clave individual. Del cuestionamiento del sistema se pasó al cuestionamiento de uno mismo dentro de él. El viaje hacia fuera se convirtió en viaje hacia dentro.
En ese proceso, elementos del budismo, simplificados y adaptados al consumo occidental, ocupan un lugar central. No en su complejidad filosófica, sino como herramientas de gestión del sufrimiento. Lo que podía tener un sentido emancipador se convierte en adaptación. El individuo interioriza las exigencias del sistema hasta vivirlas como propias.
Ya no es explotado: se autoexplota.
No es casual que estas prácticas prosperen cuando se debilitan las grandes narrativas colectivas. Tras el colapso de los proyectos políticos del siglo XX —“el fin de la historia”— se instala la idea de que no hay alternativa. Si el mundo no puede cambiar, solo queda aprender a habitarlo. Toda energía transformadora se redirige hacia la gestión de uno mismo.
Así, la nueva espiritualidad deja de ser una vía de trascendencia para convertirse en herramienta de gestión. El poshippismo encuentra su forma definitiva: una estética de la libertad que encubre una práctica de sumisión. El sujeto ya no busca emanciparse, sino equilibrarse; ya no aspira a cambiar las condiciones, sino a optimizar su experiencia dentro de ellas.
La libertad deja de ser esa ausencia compartida capaz de transformar el mundo y pasa a ser una habilidad para regularse dentro de él. Así, lo que fue contracultura se convierte en un mecanismo de reproducción del sistema. Porque al sistema ya no le hace falta convencerte de que es justo; le basta con que no imagines que podría ser distinto.






