El pasado 30 de mayo se cumplieron sesenta años desde que el Hostal Rosales, en Es Pujols, obtuvo su primera licencia de apertura. Aprovechando la efeméride y que hoy Formentera celebra Sant Jaume, hemos hablado con Joan Serra Mayans (Vila, 1956), al frente del grupo familiar Serra Mayans —que además del Hotel Rosales incluye el Hotel Puchet, la agencia Viajes Es Freus y una conocida asesoría—, sobre cómo ve, desde su experiencia de más de cuatro décadas en el sector, el modelo turístico actual de las Pitiusas y qué es lo que más le preocupa de cara al futuro. «Todo ha cambiado y no necesariamente a mejor», alerta.
Coincidiendo con estos sesenta años del Rosales, ¿cómo valora el momento que vive hoy el turismo en Formentera?
Con sentimientos encontrados. Por un lado, desde el inicio de la temporada las previsiones son buenas, se habla de otra temporada de buena ocupación, y eso en términos de negocio es una noticia positiva. Pero, cuando uno lleva tantos años viendo esto desde dentro, no puede evitar fijarse también en todo lo que ha cambiado y no necesariamente a mejor. Formentera ha pasado de ser un lugar pequeño, casi de nicho, a estar sometida a las mismas dinámicas de masificación que vemos en todo el país. Estamos hablando de un país que recibe cerca de cien millones de turistas al año. Eso, a la fuerza, tiene que hacernos reflexionar sobre qué modelo queremos.
Usted insiste mucho en su preocupación por el cambio turístico: de un tejido de pequeños empresarios locales a la llegada de fondos de inversión. ¿Qué le inquieta de esta transformación?
Porque no es lo mismo tener una estructura social de gente que vive, trabaja y consume en la isla, a que las decisiones sobre Formentera se tomen quién sabe dónde, por parte de alguien que quizá viene tres meses al año a explotar un negocio y luego se va. Cuando un negocio pasa de manos de una familia local a un fondo o a una multinacional, lo que cambia no es solo la propiedad: cambia el arraigo. Una persona que trabaja para un fondo de inversión no siente lo mismo por ese lugar que alguien que sabe que detrás hay una familia, una historia, un compromiso con el territorio. Y esto tiene consecuencias muy concretas: si mañana a esa empresa le conviene trasladar su actividad, o cerrar, o cambiar de rumbo, la decisión se toma en un despacho que puede estar a mil kilómetros, sin ningún vínculo con quienes viven aquí.
¿Cree que esta tendencia es ya imparable?
Es muy goloso vender o alquilar. Entiendo perfectamente a quien lo hace: cobras un alquiler y te desentiendes de la gestión, de los problemas del día a día. Pero lo que yo intento explicar es que el día en que decides desconectarte de esa gestión, cuesta muchísimo volver a entrar. Nosotros, en el grupo, hemos hecho en los últimos años un esfuerzo importante por tener una estructura de venta propia, al margen de touroperadores e intermediarios, y eso te da independencia, pero también te obliga a estar metido en el negocio de verdad, aprendiendo cada día. Una empresa familiar no es solo un modelo de propiedad, es una forma de vivir el trabajo. Y creo, sinceramente, que se está perdiendo esa tradición de pequeña y mediana empresa. Es un desarraigo del que después es muy difícil volver atrás.

¿Cree que las instituciones son conscientes y están abordando este problema?
Solo he visto cierta sensibilidad hacia este tema en la Cámara de Comercio, dentro de la asociación de empresa familiar. Y creo que sería un buen tema de reflexión colectiva, porque no hablamos solo de negocios, hablamos de qué tipo de sociedad queremos tener en las islas dentro de veinte o treinta años.
Otro asunto que le preocupa es la presión de accesos: coches, barcos, control de aforos…
Sí, y aquí hay que ser honestos con toda la ecuación, no solo con una parte. Se habla mucho de limitar la entrada de vehículos, y me parece razonable, pero pocas veces se pone sobre la mesa la cantidad de barcos que llegan cada día a Formentera. Y en pleno verano, alguno de esos barcos va prácticamente vacío. Ahí también hay un impacto, de contaminación y de saturación, que no siempre se analiza con la misma vara de medir que se usa para los coches. Y luego está el efecto colateral: hay gente que antes iba a comer a Formentera con su coche de forma espontánea y que, con el sistema actual de cupos y precios, deja de ir porque no puede tomar la decisión en el último momento. No digo que el control no tenga sentido, lo tiene, pero hay que analizarlo con perspectiva, viendo todos los efectos, no solo el primero que salta a la vista.
Habla también del descuento de residente como un sistema que merecería revisarse.
Es un tema que creo que no se analiza lo suficiente. Todos los residentes en Formentera —y también en Ibiza— nos beneficiamos de un billete de barco muy subvencionado. Y me pregunto si no sería más eficiente, en vez de subvencionar directamente el billete, aplicar esa ayuda de otra manera, por ejemplo a través del IRPF. Porque, tal y como está montado, hay quien usa ese descuento sin necesitarlo realmente, gente empadronada que en la práctica ya no vive aquí… No tengo la solución exacta, pero sí tengo claro que habría que estudiar bien a quién beneficia realmente el sistema actual y si el dinero público se está empleando de la forma más eficaz.
Usted apunta también al crecimiento de la administración como parte del problema.
Es un tema que me preocupa mucho, sí. Creo que en invierno, en Formentera, una parte muy importante de las personas dadas de alta laboralmente son funcionarios. Ha crecido muchísimo esa parte de la estructura y, en paralelo, tengo la sensación de que la administración funciona cada vez peor, que cuesta más sacar adelante cualquier trámite. No lo digo con ánimo de hacer un discurso ideológico, sino porque lo vivo en el día a día de mi trabajo: la burocracia se ha vuelto muy pesada y eso también acaba lastrando la actividad económica de la isla.
Y si hay un tema que recorre el mundo empresarial de Ibiza y Formentera en los últimos años es la falta de personal, ¿hay dificultades para encontrar personal también para su empresa?
Muchísimas, y no es solo un problema de la hostelería. Son pocos los que están dispuestos a trasladarse a vivir a Formentera por un puesto de trabajo. Es un síntoma más de un problema de fondo: el coste de la vida y el aislamiento hacen que sea difícil atraer y retener a la gente, ya sea para trabajar en un hotel o en un colegio.
Además de estas cuestiones económicas y sociales, usted hacer hincapié en la preocupación medioambiental.
Sí, y es algo que me inquieta especialmente porque apenas se habla de ello. Los bosques de sabinas de Formentera se están secando. Basta con dar una vuelta al Estany Pudent para verlo: la vegetación está reseca, y no creo que sea solo por la sequía. Hay indicios de que se trata de algo parecido a una epidemia que también está afectando a Ibiza. Es un asunto que requeriría previsión y actuación, y que sin embargo pasa bastante desapercibido frente a otros debates más mediáticos. Para mí, el paisaje natural —los bosques, los espacios como el Cap de Barbaria— es tan parte de la esencia de Formentera como su tejido social y económico.
Después de tantos años dedicado a esto, y llegando ya a una etapa de mirar hacia la jubilación, ¿cómo le gustaría ver Formentera dentro de veinte años?
Me pongo a hablar de esto y me caliento enseguida (ríe). Pero si tengo que resumirlo en una frase, sería: que no pierda la esencia. Y esa esencia tiene, para mí, dos caras. Una es la parte natural: sus bosques, sus praderas de posidonia, sus rincones que la hacen única en el Mediterráneo. La otra es la parte económica y social: que la isla conserve un tejido de empresas y familias con arraigo, con decisiones tomadas desde dentro y no desde despachos lejanos. El turismo va a seguir existiendo, y eso está bien, pero me gustaría que Formentera pudiera crecer sin renunciar a lo que la hizo especial.

Una última reflexión: usted también pasó por la política. ¿Cree que esa experiencia condiciona su forma de ver estos temas?
Sin duda. Fue una etapa enriquecedora, y sigo pensando que sería bueno que hubiera más gente del mundo empresarial o laboral dispuesta a pasar por la política de forma temporal, sin que se convierta en una profesión. Eso ayudaría a mantener el contacto con la realidad del día a día. Y también echo de menos más implicación ciudadana en estos debates. Al final, lo que le pido a Formentera —y a quien tenga que tomar decisiones sobre ella— es lo mismo que le pido al Rosales cuando entrego las llaves a la siguiente generación: que se cuide lo que se ha heredado, en lugar de simplemente aprovecharlo mientras dure.







Muy de acuerdo con todo.
Especialmente con el tema del descuento de residente, una medida regresiva a nivel fiscal solo comparable a la subvención de la universidad cuya discusión es un tabú.