Jordi Cardona Baos (Ibiza, 1976) no ha nadado en es Bol Nou, en sa Caleta, desde que el Ayuntamiento de Sant Josep cerró esta playa por riesgo de desprendimiento el pasado 27 de abril de 2025. Su hija de siete meses, tampoco. “Lo juro”, dice. “No me veo saltando una valla dentro de mi propia casa”, reitera, y es que este amante del mar se ha criado entre las rocas de es Bol Nou y los embarcaderos de sa Caleta, al otro lado del histórico poblado fenicio que otorgó a Ibiza el título de Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Los reconocibles acantilados arcillosos que rodean esta pequeña cala famosa por la pesca del gerret y con una enorme tradición familiar son ahora la causa de que miles de residentes y turistas deban dar un paso atrás y renunciar a un baño en estas aguas. Para Jordi Cardona, de Can Puvil, esta era una crónica anunciada, y llevaba años mentalizándose para su llegada. Ha estudiado las posibilidades orográficas del terreno, ha invertido en proyectos para averiguar cómo salvar la cala y reducir sus riesgos, y ha hecho lo posible por mantener a flote el restaurante que sus padres, Pepín y Vicky, abrieron en 1988.
Todo ello, a pesar de haber jurado “con una mano en el corazón y al ocaso” sobre uno de los acantilados de sa Caleta que nunca se pondría al frente de un restaurante en Ibiza. Tras licenciarse en Ciencias del Mar y emprender en el mundo de la asesoría medioambiental y la restauración de mueble, en 2009 entró, tras una petición de ayuda de su padre, como camarero. Desde entonces no ha salido.
En esta entrevista con Noudiari, hablamos con detalle sobre la situación actual de sa Caleta y es Bol Nou, sobre los problemas que afronta desde su cierre, las propuestas para conservar esta zona del Parque Natural de ses Salines, y sobre el sentimiento de pertenecer al mar de Ibiza.
¿Cómo recuerdas todo esto cuando eras pequeño?
El restaurante lo abrimos en el 88. Yo nací en el 76. Tenía 12 años. Esto ha sido mi casa y todavía lo es. En las casas hay tantos cambios, y al final son los pequeños cambios de cada día los que van generando grandes cambios con el paso del tiempo. Lo recuerdo mucho cuando era un chiringuito, ¿sabes? No sé si ya son recuerdos directos o por las fotografías que todavía se conservan, pero sí, lo tengo muy presente. Ahora ya hace muchos años que quisimos ser un restaurante y dejamos atrás el mantel de papel, las sillas de plástico y las mesas de Coca-Cola. Pero era así. Eran mesas de Coca-Cola, sombrillas de Mahou…
Mis padres tuvieron una muy buena idea en los años 90: hacer eso de lo que ahora tanto se habla y que casi nunca se pone en práctica por muy pocas empresas ibicencas dedicadas al sector turístico, que es la desestacionalización.
Y decidieron aplicarlo a su forma de vida y abrir durante todo el año.
¿Ya en el año 90?
Ya estábamos abiertos todos los días del año. Y poco a poco, en el 95 o el 96, las copas ya tenían otra forma. Poco a poco fue desapareciendo lo que nosotros entendíamos como un chiringuito para convertirse en un restaurante. Aunque nunca perdió ese espíritu de chiringuito de playa, con comida informal de toda la vida e intentando…
Ahora se reivindican mucho las sombrillas y las mesas de plástico. No sé cómo ves eso… Es un cambio de modelo importante.
Ahora mismo nos peleamos por sentarnos en el Bartolo de Formentera o en un chiringuito de sa Punta de Talamanca. Es un modelo que ha sido la evolución de Ibiza.
Me han dicho que eres un fanático de los llaüts tradicionales.
Soy un fanático de los llaüts y, sobre todo, de la cultura marinera. Lo que nos ha dado una isla es precisamente el hecho de poder navegar.
Formo parte de la Asociación Marítima Cultural de Ibizay Formentera desde el principio y hemos vivido muchas aventuras. Entre ellas, restaurar un llaüt muy grande; también hemos restaurado otros más pequeños. Esta asociación fue la impulsora de la idea de crear un Museo del Mar en el Antic Hospital del puerto de Ibizay yo también tengo mi propio llaüt restaurado.
¿Sales a navegar?
Cada día. En mi coche siempre están las llaves del llaüt, un tubo y unas gafas de buceo.
¿Dónde te gusta ir? ¿Tienes algún lugar secreto?
Hay que tener en cuenta que, como son salidas cortas, porque no son excursiones de todo el día sino un paseo, puedo ir a algún sitio donde el agua no esté tan caliente. Salgo de sa Caleta y puedo acabar en la Punta de la Rama o en Punta des Jondal; algún día incluso llego hasta la punta de Porroig, donde hay un par de cuevas muy bonitas…
Antes sí era muy aficionado a la pesca submarina y ahora hace un par de años que guardé los fusiles y me dedico a saludar a los peces cuando los veo.

¿Tiene algo que ver con ser padre? (La entrevista comienza con su hija de siete meses en brazos). Con los riesgos que tiene la pesca submarina…
No, no, porque los riesgos los sigo asumiendo igual, ¿sabes? No, simplemente porque pescar te genera una ansiedad, en el sentido de que sales con la idea de pescar y, si no pescas, parece que el día no está completo.
Y un día dejas el fusil, te tiras al agua sin él y te das cuenta de que lo que realmente te gusta no es pescar, sino estar ahí abajo.
Entonces piensas: «Pues mira, voy a dejarlo un día más». Y otro día más. Y otro. Al final te das cuenta de que, como los pescadores profesionales pescan igual de bien que tú o mucho mejor, es preferible ir solo a bucear y poder disfrutarlo también en familia.
Tengo dos hijos mayores y una hija pequeña, además de mi pareja, y a todos nos gusta muchísimo bucear. Siempre es mucho más agradable hacerlo acompañado de gente que comparte esa afición.
En el mar, con el tráfico de yates y embarcaciones que hay, ¿se respeta a las embarcaciones pequeñas como los llaüts?
Cuantos más barcos hay, más posibilidades existen de que haya accidentes o momentos un poco tensos en el mar. Mucha gente alquila embarcaciones con poca experiencia o sale con amigos, y además tenemos una cultura occidental en la que el alcohol siempre acaba estando presente. Así que, a veces, seguro que se viven situaciones más delicadas.
Yo no me he encontrado con ninguna especialmente grave. Algún susto sí he tenido, pero muy pequeño.
Me decías que tus padres decidieron abrir todo el año. ¿Eso significa que abrís todos los meses?
Abrimos todos los meses, todos los días. Solo cerramos el 25 de diciembre para poder celebrar la comida familiar.
¿Eso significa que se puede sobrevivir abriendo todo el año en Ibiza? ¿O hay que hacer sacrificios?
Se puede vivir muy bien. Lo que ocurre es que tienes que ofrecer un producto que sea consumible tanto en verano como en invierno, no hacer un producto para el verano y otro para el invierno. Eso tiene mucho que ver con el precio que quieras poner a tu producto.
Si quieres trabajar todos los días durante el invierno, no puedes tener un ticket medio que supere los 100 euros, porque es muy complicado encontrar en esa época una clientela dispuesta a gastarse esa cantidad.
Nosotros hemos contenido los precios durante estos años de subidas e intentamos que sean asumibles tanto para el turista, que tiene una mayor capacidad de gasto en un momento puntual, como para los habitantes de la isla, que, aunque puedan gastar, salen a comer fuera con mucha más frecuencia.
¿El ibicenco medio puede venir también a sa Caleta a comer un arroz un domingo?
Sí, sí. Nosotros tenemos un ticket medio de entre 55 y 60 euros por persona. Solo hace falta acercarse un martes de enero y verás que sí, que tenemos muchas mesas ocupadas y que hay muchos residentes y muchos ibicencos.
¿Cómo han cambiado las cosas desde que se cerró la playa por riesgo de desprendimientos el 27 de abril de 2025?
Han cambiado, han cambiado. En invierno no cambió nada porque, aunque hizo muy mal tiempo, fue un invierno muy bueno; trabajamos mucho y muy bien. Pero cuando llegó mayo, que ya eran días de playa, ya no fue igual. Este año todavía no lo tenemos contabilizado, pero el año pasado sí tuvimos un descenso de visitantes en el restaurante de un 42%.
Es decir, durante mayo, junio, julio, agosto y septiembre tuvimos una bajada del 42%. Muy fuerte, sí. Tuve que reducir un 30% la plantilla, y eso fue lo que más me dolió, porque tuve que pedirle a gente que llevaba años con nosotros que se marchara.

¿Qué sentiste cuando se cerró la playa? ¿Qué pensaste?
Con el cierre de la playa fui muy crítico porque no se me avisó con tiempo suficiente para poder organizar ese cambio en mi empresa. Y me afectó directamente, tanto a nivel empresarial como personal porque, de verdad, gestionar despidos en una empresa familiar no es fácil. Todo de frente, mirando a los ojos… Eso no es fácil. Decirles a tantas personas que no podía seguir dándoles trabajo fue muy duro para mí.
[Antes del verano de 2025 el restaurante de sa Caleta contaba con algo más de 40 trabajadores y este verano tiene casi la mitad, una veintena aproximadamente].
Esta playa es peligrosa y de eso no hay ninguna duda. No hay nadie en el mundo que pueda decir que esta playa no es peligrosa. Gracias a una fuerza mayor nunca ha habido ningún accidente relacionado con piedras o desprendimientos que haya provocado daños personales.
Alguna vez ha caído una piedra pequeña cerca de alguna persona, pero nunca ha ocurrido nada grave.
Yo, personalmente, llevo muchos años luchando para que llegara el momento que estamos viviendo ahora. He presentado proyectos y he hecho mucha presión para que las administraciones competentes actuaran en esta playa muchísimo antes, elaborando un proyecto para conseguir una playa con unas condiciones de seguridad mucho mejores que las actuales.
He gastado dinero en estudios de ingeniería, abogados… para intentar acercarme lo máximo posible a las administraciones y conseguir que se hiciera algo. Estoy hablando de 2016, 2017 y 2018. Al menos se sembró una semilla para que se viera que en la playa había que hacer algo y, desde ese momento, Demarcación de Costas empezó a presionar un poco más, sin poner un euro, pero apretando al Ayuntamiento para que también actuara.
Nuestra empresa, en su previsión de futuro, ya contemplaba que, en el mejor de los casos, durante uno o dos años la playa sería diferente. También existía un planteamiento mucho más pesimista: que ocurriera un accidente grave y entonces las cosas habrían sido muy distintas.
O sea, que ya habías hecho un análisis de riesgos en el que contemplabas que la playa podía permanecer cerrada durante un tiempo.
Sí, por supuesto. ¿Qué ha pasado? ¿Que ahora estamos económicamente peor que hace dos años? Sí, estamos peor que hace dos años, pero… Si lo vemos como una inversión y sirve para que la playa tenga un recorrido en el tiempo con menos riesgos de los que ha tenido hasta ahora, bienvenida sea.
¿Cómo has visto la actuación del Ayuntamiento de Sant Josep durante todo este tiempo?
Una obra como la que se les ha planteado, que es una obra relativamente pequeña, se podría haber hecho en mucho menos tiempo. Son dos temporadas cerradas, y no solo para el negocio, que al final el negocio no lo es todo.
Nuestro vecindario tiene es Codolar y sa Caleta y vive muchísima gente en esta zona porque es una zona residencial, y no tenemos playas de arena.

La única playa de arena que teníamos era sa Caleta y ahora tenemos que desplazarnos hasta Ses Salines o Platja d’en Bossa porque es Codolar es de piedras, igual que sa Cova de ses Dones, que además también tiene bastante riesgo porque cuenta con un acantilado muy parecido.
Al final, el hecho de que haya estos retrasos en ejecutar las obras no solo afecta al negocio, también afecta a la vida de la comunidad. Yo acabo de ser padre, lo estás viendo, y mi hija todavía no ha nadado en sa Caleta, ¡que es su casa!
Mientras hacemos esta entrevista y me dices eso de tu hija de siete meses, lo que sí veo es que hay gente [un grupo de turistas italianos] que sí está nadando ahora mismo en es Bol Nou.
Sí, hay gente bañándose y también barcos fondeados, que era una de las críticas sobre lo que podía pasar. Por momentos se convierte en una playa privada para quienes pueden llegar en barco, aunque haya carteles que indiquen que no se puede desembarcar. Después siempre hay jóvenes que dan un salto y se cuelan.
¿Qué os parece todo esto?
Es un circo. Imagínate tener un circo dentro de tu casa. El primer día hace gracia, pero después no. Es un circo que no ayuda en nada.
¿Hacen algo la barrera y la señalización?
Sí que sirven para algo, porque si te fijas, allí lo que hay es gente joven, que suele ser más atrevida. Esa gente asume unos riesgos que el ciudadano de a pie no asume.
Y, de repente, lo que ya no hay son niños pequeños, ni personas mayores, ni gente buscando sombra a cualquier precio. Hace dos años quizá ya habría 300 personas en la playa y hoy, si hay diez o doce, ya es mucho. La Policía también hace su trabajo y de vez en cuando pasa por allí.
Al final todo esto no le viene bien a un negocio porque venir a ver el Mediterráneo y acabar viendo uno de esos vídeos de YouTube titulados «Playa desalojada por las fuerzas de seguridad…» pues no es precisamente lo que busca nadie.
Lo que te puedo asegurar es que esa gente no acaba siendo cliente nuestro.
¿Conoces las mejoras que se han hecho en la playa sobre los acantilados para reducir los riesgos desde el cierre?
En la parte superior han hecho una limpieza. Primero crean una especie de terrazas con una pendiente muy pronunciada, las cortan para que caigan y, una vez eliminadas esas terrazas que son las más inestables, limpian las piedras que pueden desprenderse con una lluvia o con un viento fuerte.
Es una limpieza superficial que no tendrá un gran efecto frente a un gran desprendimiento, pero sí frente a pequeñas caídas, y es un trabajo que está muy bien hecho.
Estas mismas obras ya las realizó el Ministerio de Obras Públicas en 2017, 2018 y 2019. Era un mantenimiento destinado, sobre todo, a evitar accidentes menores, pero en los últimos años ya no se había hecho.
Al final, la costa es una cicatriz que tiene la tierra porque el mar es mucho más fuerte, mucho más erosivo que el viento o cualquier otra cosa. Todas las costas deben tratarse como una herida, como una cicatriz de la tierra, y siempre tendremos puntos del litoral que serán más inestables.
En el caso de sa Caleta, tiene una estratificación de tres tipos distintos de arcilla y actuar sobre esos acantilados es muy complicado.
Es tan complicado que casi es mejor no tocarlos y dejar que el tiempo haga su trabajo. Y, si eres creyente…
Eso incluso significa que esos acantilados tienen que caer y que, con el tiempo, el mar acabará formando una playa.
Exacto.
¿Estás dispuesto a asumir ese escenario?
Me encantaría poder llevar a cabo la propuesta en la que trabajé hace muchos años, que consistía en intentar crear una escollera de piedra para que la playa empezara unos metros más adentro; hacer una especie de línea de piedra más dura y conseguir que la playa se desplazara unos metros hacia el mar para separar a los usuarios del verdadero peligro, que son los acantilados.

Eso supondría un cambio de la orografía dentro de un proyecto bastante básico. Pero creo que sería bastante efectivo a la hora de reducir el peligro. Con esta estratificación, si se tocan los acantilados es muy difícil saber si se ha generado una nueva inestabilidad en la estructura.
¿Ha habido empresas que hayan trabajado en esa posibilidad?
Yo encargué a una empresa una evaluación, pero Demarcación de Costas tiene un proyecto muy parecido al mío, elaborado también desde 2016. Una tercera empresa tuvo ambos proyectos sobre la mesa y llegó a la misma conclusión: son acantilados que no se pueden tocar.
Y en estos dos años he escuchado todo tipo de propuestas de cuñados: cemento, filamentos de hormigón… Pero no debemos perder el sentido común. Es una playa dentro de un parque natural y la naturaleza hace su trabajo.
Sa Caleta siempre ha tenido una relación muy especial con toda la gente que vive en esta parte de la isla. ¿Vale la pena hacer algo para conservarla?
Es una playa en la que hay muchísimas familias, muchísimas. Además, el propio Consell Insular tiene unas instalaciones muy bien preparadas aquí cerca, que son el campamento de Cala Jondal. Durante los últimos veinte años todos los niños del campamento de Cala Jondal han venido a sa Caleta.
Sí, claro que vale la pena. Pero hay que pensar que hacer una gran obra que pueda generar una posible inestabilidad debe plantearse con mucho cuidado y creo que el Ayuntamiento ha elegido un proyecto que consiste en limpiar, hacer mantenimiento y después advertir a los usuarios de que, cuando estén bajo el acantilado, la responsabilidad también es suya, porque saben que arriba hay piedras y ellos están debajo.
Yo estoy de acuerdo porque, de alguna manera, mucho más no se puede hacer.
Se suponía que este verano el Ayuntamiento tenía que abrir la playa de es Bol Nou. ¿Podéis aguantar mucho más esta situación?
Desde el principio el Ayuntamiento nos dijo que el proyecto ya estaba redactado; es más, creo que ya está licitado, pero el verano se les ha echado encima. Al final nos encontramos en la situación de pasar otro año sin playa.
El proyecto tiene un plazo de ejecución corto y esperamos que, al final de esta temporada, empiecen las obras.
Quizá para Navidad ya tengamos la playa. Así que, si quieres venir el primer día del año a darte un baño…
¿Qué supondría para ti, sentimentalmente, volver a ver esta playa abierta?
Sentimentalmente sería un cambio enorme volver a verla abierta. El primer día que reabran la playa meteré en el agua a mi hija, que ahora mismo tiene siete meses. Si tiene nueve, diez u once cuando llegue ese momento, dará igual que haga calor o frío, pero estoy seguro de que el primer día se bañará en sa Caleta.
¿De verdad que todavía no ha nadado allí? ¿No os habéis colado siquiera para meter los pies?
No, en la playa no. Todos los días vamos al embarcadero a navegar y desde abril se baña allí, pero siempre en el embarcadero, nunca en la playa [cerrada]. Yo tampoco he entrado, te lo juro. Y de mi familia tampoco ha entrado nadie.
Ya te digo, desde hace muchos años tenía claro que algún día habría que hacer algo en la playa. No me veo saltando una valla dentro de mi propia casa, ¿sabes? Porque esta playa es mi casa. Y si nos han dicho que esperemos, pues esperaremos.
Tengo una caseta de pescadores, que es un paraíso, a cinco minutos andando. Realmente uno se acerca al mar. Ya te he dicho que dejé de pescar para disfrutar del mar con la mayor tranquilidad posible…
Antes o después la playa acabará reabriéndose y, si tenemos la suerte de que no ocurra ningún accidente, todo esto quedará como un recuerdo. Lo que pasa es que este cierre ha provocado un auténtico efecto mariposa.
¿Qué quieres decir con eso?
El cierre de sa Caleta ha hecho que salga adelante el proyecto para cerrar la finca donde se encuentra el Centro de Interpretación de sa Caleta. Creo que el hecho de que la playa sea peligrosa y de que el Ayuntamiento la haya cerrado ha facilitado el cierre total de la finca del poblado fenicio.
Todo el frente marítimo también ha quedado cerrado con una valla metálica que, personalmente, al no ser algo temporal sino permanente, me ha dolido porque no me gusta ver un tramo de costa cerrado.
El visitante llega y tiene la sensación de encontrarse con un espacio clausurado. El turista que viene a Ibiza no busca principalmente cultura, pero este cierre del frente marítimo tampoco ayuda. Además, es feo y tampoco favorece las fotografías.
Tenemos un punto aquí que es el agujero en el acantilado que da a la playa. Es uno de los lugares más fotografiados de Ibiza y te puedo asegurar que podían venir cada día 300 o 400 personas únicamente para hacerse esa foto. Ahora lo han cerrado y no vendrán ni cuatro.
Y, efectivamente, por el mismo motivo, ya que la playa es peligrosa, la solución no ha sido colocar una barrera antes de llegar al final, sino poner una barrera para impedir directamente el acceso.
¿El Centro de Interpretación de sa Caleta os ha traído más clientela? ¿Hay más gente por aquí?
Lo que realmente ha ocurrido es que la excursión que hacían los cruceros para visitar es Vedrà, desde que cerraron el aparcamiento donde estacionaban los autobuses cerca de Cala d’Hort, ahora viene aquí. Ahora la excursión viene a sa Caleta. Nos ha llegado de rebote, no por la cultura, sino porque han cerrado un aparcamiento.
Así que se junta la gente que salta la valla, la Policía que multa, las multitudes de cruceristas que no gastan absolutamente nada, solo utilizan el baño, se hacen cuatro fotos y se marchan. Los camareros dicen que vienen los ñus. Con eso te lo digo todo, porque llegan en manada.
Cambiemos de tema. Ibiza se ha puesto muy de moda para chefs internacionales. Están abriendo muchos restaurantes, sobre todo en hoteles, con grandes nombres de la gastronomía que llegan con una marca a Ibiza. ¿Cómo valoras ese fenómeno?
Yo, como persona, lo veo maravilloso. Todo lo que sea variedad me parece fantástico. Y cuando viene gente de fuera con una trascendencia gastronómica tan potente como la que está llegando a Ibiza, ¡chapó!
Están convirtiendo Ibiza en un punto neurálgico de la gastronomía. Pero creo que lo que hemos hecho para que las grandes marcas y los grandes nombres quieran estar en Ibiza no es algo que hayamos hecho bien, sino mal.
Aunque el resultado sea muy bueno, creo que es un error nuestro y que responde a un cambio de modelo. Y eso lo tenemos muy claro quienes vivimos de un turismo que lleva tantos años aquí.
Es decir, ese cambio de modelo está haciendo que a la clase media le resulte cada vez más complicado venir a Ibiza. De alguna manera, la oferta de lujo o dirigida a un nivel económico más alto que la clase media puede crecer porque se instala en hoteles, y el hotel puede asumir el coste de un local que, al fin y al cabo, es suyo; es decir, no existe un alquiler como tal. Así pueden venir a trabajar dos o tres meses ofreciendo todo lo bueno que tienen a un tipo de cliente y a un precio que para nosotros queda muy lejos.

A mí me encanta ir una vez en la vida a conocer a David Muñoz, por supuesto. Ir una vez a Nobu a comer un sushi que está por todo el mundo. Me encanta. Me encanta ir a ver la bodega de vinos que tiene Zuma. Me encanta. Rafa Zafra ha montado un restaurante que es una auténtica maravilla aquí cerca. Me encanta. Yo iré una vez al año, si puedo. Pero siempre está lleno. Lo que ocurre es que es un tipo de clientela que no se reparte, por decirlo de alguna manera. Al final se queda allí…
Y esta temporada, igual que la anterior, los restaurantes y negocios que trabajamos para la clase media lo estamos pasando muy mal. Muy mal. No solo por la playa, sino porque hay menos clase media, menos familias. Son las dos de la tarde y no hay ni un niño.
Si un niño viene tres veces con sus padres a comer durante su infancia y adolescencia, volverá cuando crezca… Es pura estadística y aquí lo vemos. Volverá al 100% o al 90% cuando sea mayor.
¿Habéis perdido ese tipo de clientela con mayor poder adquisitivo, que cada vez se mueve en ambientes más exclusivos?
Sí, claro. Todas las clases sociales se mueven por modas, ¿no? A los ricos les pasa exactamente igual. Y ahora, si sa Caleta no está de moda entre ellos, se van a otro sitio y se pelean por entrar. Eso ha pasado siempre.
También hay restaurantes ibicencos con tradición que han mantenido el nombre, pero han cambiado de manos y el negocio ha cambiado notablemente, perdiendo la esencia, por decirlo de alguna manera. Cuando ves esos cambios, ¿piensas que los propios ibicencos hemos contribuido a todo esto?
Por supuesto. ¡Pero si somos nosotros! Es decir, el propietario que decide alquilar y hacerlo a un precio que le permita no volver a trabajar en toda la vida… Claro que sí.
¿Eso está perjudicando a nuestros hijos y a nuestros nietos? Por supuesto.
En muchos casos, los precios que tenemos en la isla vienen de lo que hablábamos antes: tenemos un tipo de clientela con un poder adquisitivo mucho mayor que antes, o mayor que el de la clase media, y esta última se está quedando fuera.
Pero el cambio de modelo de muchos locales se debe a que el propietario de turno decide alquilar su restaurante a precios desorbitados. Y esa gente que alquila, por muy bien que vaya de dinero, perder no quiere, ¿sabes? Al final todo es un equilibrio.
Vosotros habéis sabido mantener un negocio de playa abierto todo el año. ¿Qué piensas cuando escuchas a los políticos de Ibiza hablar de desestacionalización?
Ahora te hago yo una pregunta, ¿de acuerdo?
¿Me sabrías decir cuatro grandes obras privadas que se hayan hecho en los últimos tres años en Ibiza? UNVRS. ¿Cuánta gente entra allí? ¿Es una obra que impulsa la desestacionalización?
¿Cuántas reformas de hoteles ha habido en los últimos cinco años? ¿Cuántos han pasado de tres a cuatro estrellas a cinco? ¿Y cuántos son solo para adultos?
¿Eso contribuye a la desestacionalización? Lo hace el sector privado, pero para hacerlo necesita permisos y autorizaciones, y siempre se les ha [facilitado]… Yo no soy partidario de regularlo todo, pero el mercado está jugando con fuego.

Sa Caleta, es Bol Nou o El Rincón del Marino. ¿Cuál es la intrahistoria de esos nombres y qué es lo correcto?
Esto [la cala principal] es es Bol Nou. Esta playa [hace muchísimos años] estaba cerrada porque había un acantilado que llegaba hasta aquí [donde ahora está la entrada a la cala]. Había una playa de arena, pero no se podía bajar.
Existe un arte de pesca llamado bolitx, que se utiliza para pescar gerret.
Cuando los peces empiezan a salir, a primera hora de la mañana o antes de que salga el sol, empieza a haber algo de luz, se acerca el alimento y detrás viene el gerret. Hay una época del año en la que forman un círculo, que en ibicenco se diría bol, y entonces se recoge.
Lo que a mí me han contado es que, en un momento dado, algún pescador empezó a hacer esos bols delante de sa Caleta. A día de hoy todavía hay dos llaüts que pescan gerret justo enfrente.
Parece ser que, por las corrientes y, sobre todo, porque allí hay la profundidad adecuada para hacerlo, empezaron a pescar en ese punto. Y de ahí viene el nombre, de haber cambiado el lugar donde se pescaba el gerret y empezar a llamarlo es Bol Nou.
¿Qué ocurrió después? Que el propietario de estas fincas empezó a cultivarlas y desvió artificialmente el torrente que pasaba por la zona del restaurante y desembocaba directamente en sa Caleta para poder aprovechar toda la finca.
El torrente pasó a discurrir pegado al acantilado que sale entre esos dos pinos y desemboca cerca de la entrada de la playa. Eso hizo que, poco a poco, cuando llovía con fuerza, el agua fuera golpeando la roca hasta abrir un agujero.
Ese agujero fue haciéndose cada vez más grande y, en 1983, se instaló allí abajo un chiringuito que se llamaba El Rincón del Marino. Fue entonces cuando ese lugar empezó a conocerse con ese nombre.
La zona era muy concurrida. Antes venían muchísimas familias al campo a hacer paellas y aquí, junto al poblado fenicio, recuerdo ver siempre siete, ocho, diez o quince familias cocinando juntas. Y todas ellas venían a sa Caleta.
No venían ni a es Bol Nou ni a El Rincón del Marino, porque lo importante no era bañarse. Lo importante era venir a hacer la paella a sa Caleta. Sa Caleta es toda esta zona.
En 1988 mi padre abrió el restaurante y le puso Restaurante Sa Caleta porque nosotros somos pescadores de sa Caleta.
¿Un deseo para sa Caleta?
Un deseo, simplemente, es que la gente, cuando venga a sa Caleta, venga a disfrutar y que no ocurra ningún accidente. Pero un accidente puede ocurrir en esta playa, igual que puede ocurrir en cualquier otro lugar.
Tengo un proyecto que consiste en hacer un aparcamiento bien acondicionado, con bocas de incendio, porque si se incendia un coche no tenemos cómo apagarlo y estamos rodeados de bosque.
Creo que, si seguimos permitiendo que las playas de Ibiza reciban el volumen de visitantes que tienen actualmente, debemos contar con unas instalaciones —y no estoy hablando de ningún lujo, ni mucho menos— donde, al menos, si hay coches aparcados, exista una boca contra incendios para minimizar los riesgos.






