Enric como gran buscador de belleza que era, observaba con cuidado el sol del verano que a esa hora de la tarde realzaba los colores rojos de las adelfas pero en especial se fijaba más en los haces amarillos que cruzaban las hojas. Su cara unas horas antes de ponerse el sol dibujaba el nacimiento de su sonrisa.
Debido a la plena observación de la belleza, aprendió con los años a verla en los lugares más impensados de la geografía, tanto humana como la del país, desde la hoja que cargaba la hormiga en su camino al nido hasta escuchar el trompeteo de los cisnes en la orquesta y ese día quiso superarse y entró en el club Mistic que ya el nombre comercial era un buen indicador de lo que se esperaba de allí por la primera i latina siendo la palabra britana.
Enric abandonó el ruido de los sábados y entró sin saberlo en el erotismo del domingo, erotismo, por cierto, que en su vida tan sólo en los frascos de los perfumes él solo veía.
Cuatro difusores de fragancias neutralizaban los olores que crecían en la explosión emocional del Mistic. Al ser día de fiesta, incluso los aborígenes vestidos con guayucos y en número decreciente, asistían a aquel evento semanal.
Enric, el esteta, acudió al club quedándose atrapado entre la búsqueda de una relación sin apego y una mano que sin saber el origen, trepaba por los pliegues de su pantalón. Notó tensión muscular en su pierna derecha y esta vez se dispuso a analizar aquel tacto pero con mayor detalle, pues ya aprendió de los repliegues de su vida.
¿ Cuál era el fin de aquella mano que rastreaba quizás un futuro ? Por la presión del tacto, se captaba que era una búsqueda. Pero ¿ qué buscaba ? ¿ Buscaba la proporción exacta de algodón o si el pantalón era de pana? ¿ Elevarse como los santos por encima de las penas ?
Enric tan sólo sospechaba lo que se avecinaba. Sospechaba en la lectura imprecisa de aquellos gestos femeninos y eso le daba una esperanza sin fin y decidió esperar un poco más dándole una oportunidad.
Al mismo tiempo, las botellas con la marca colorida Mistic seguían rodando por los suelos y cayéndose de las mesas los vasos de plástico también…
Enric sintió temor al notar esa mano tan atrevida pero finalmente se calmó cuando la mano se hospedó en el hueco de la parte trasera de su rodilla. Poco después, los dos se miraron a los ojos un buen rato y la chica extendió su mano para que Enric le sirviera en un vaso de cristal que trajo de su propia casa, y sin que nadie lo viera, un poco de ron caribeño que guardado tenía.
Y empujando y empujando los músicos de la banda municipal que yo vi en el claro del bosque con sus pies desnudos un día, lograron colarse por la ventana del club y encontrar un espacio entre la gente que sólo consumía la bebida que daba nombre al negocio y todos ellos la pidieron, pero esta vez, de kiwi.
Por Jaume Torres






