Los acontecimientos tienen que alcanzar ya una magnitud de película para resultarnos sugerentes o, peor aún, para que tengan sentido. A todo lo demás le otorgamos un significado metafísico para proporcionarle esa dosis fílmica que parece necesitar o, directamente, no sabemos muy bien de qué estamos hablando. Llegados a este punto, solo empieza a causarnos “cierto” interés una guerra, un incendio (sobre todo si es grande), una inundación como la DANA de Valencia o lo sucedido hace poco en Ceuta. Todo de película, made in Jolibud.
El eclipse no solo fue un acontecimiento astronómico, sino que se envolvió de una especie de psicosis propia de un apocalipsis, con amenazas y advertencias de todo tipo que terminaron por darle ese aderezo tan sugerente de una gran producción. Todo era más bien una escena en la que podíamos, además, participar. Carreteras colapsadas por desplazamientos masivos, gafas especiales, lugares privilegiados desde donde observarlo, profecías, espiritualidad y, sobre todo, la sensación de estar asistiendo a algo que había que vivir como si fuese irrepetible.
Lo que queda al margen de esa escala o no lo reconocemos o necesitamos elevarlo. Le damos una dimensión metafísica o nostálgica, hablamos de casualidades, señales, sincronías o incluso nos aventuramos a decir que parece ciencia ficción. Como si la realidad, por sí sola, hubiese dejado de ser suficiente. Llegados a este punto, el terraplanismo quizá sea la menor de nuestras amenazas. En esa insuficiencia, todo tiene que parecer propio de una película para poder reconocerlo. Película americana, eso por supuesto.
Y esto termina metiéndose hasta en nuestra cama, donde nos han establecido una especie de prospecto para el coito situado en algún punto entre la película romántica y el porno. Así, la intimidad parece necesitar una referencia audiovisual para saber qué nos interesa o nos satisface. Hemos visto tantas veces cómo debería ser ese beso o un orgasmo que, cuando finalmente nos sucede, comparamos la experiencia con su representación para darle el OK.
Casi todo, además, viene ya acompañado de una playlist. Porque con la música adecuada hasta bajar a comprar el pan puede adquirir cierta profundidad cinematográfica. Caminamos con auriculares convirtiendo trayectos absolutamente vulgares en secuencias, miramos una puesta de sol como si alguien estuviera a punto de colocar los títulos de crédito y grabamos aquello que nos sucede para comprobar después, en una pantalla, que efectivamente nos ha sucedido.
Lo inquietante es que cada vez necesitamos más que todo se parezca a una gran producción para sentir que merece la pena. No nos conformamos con una peli local o independiente.
Creo que ahí hay algo que explica por qué nos excitan tanto los grandes desastres: se acercan más a los relatos del fin del mundo propios del cine norteamericano.
Está bastante claro que nuestras vidas se parecen mucho más a un capítulo de Aquí no hay quien viva que a una escena de Nolan. Sin embargo, todos aspiramos, de alguna manera, a esa escena de Nolan mientras despreciamos lo que nos parece mediocre: sabernos dentro de ese capítulo de Aquí no hay quien viva. Por eso, cualquier carnaza que se acerque un poco más a Nolan nos excita: primero, los grandes desastres naturales y, por supuesto, los políticos.
No se siente igual hablar de la guerra, de Trump o del desastre medioambiental que de la vida del vecino, del barrio o de esas cosas que parecen carecer de ese efecto tan necesario. Si no, que se lo digan a Bardem, Banderas o Bosé.
Aquí lo único jodido es vivir esperando algo que nunca llegará, por muy grande que sea tu caja tonta, que creo que sigue teniendo bastante más de tonta que de smart.
Que no te engañen.
Esto es todo, amigos.
Samaj Moreno






