Hace muchos años, mientras dos enfermeras me trasladaban a quirófano, una de ellas me dijo: Pero, ¿estás sola? Sí, le respondí —si acaso el miedo que sentía no era ya una presencia más en aquella habitación—. ¿Y tu bolso?, insistió. Puede entrar cualquiera y llevárselo. Me quedé pensando en esa frase. Cualquiera puede entrar en un hospital. En tu habitación. Les pedí que guardasen el bolso en el fondo del armario y pusiesen la silla de acompañante delante, como si eso pudiera salvarme de algo.
Me he acordado ahora de ese momento.
Una mujer hospitalizada en el Can Misses ha sido agredida sexualmente por un intruso que logró colarse hasta su habitación durante la noche del martes. No era trabajador del hospital. No era visita. No era paciente. Era un extraño que entró, subió una planta, traspasó una puerta y encontró a una mujer enferma, sola y vulnerable.
No hay explicación que valga. No hay nada que pueda justificar lo ocurrido. Lo que ha pasado es inadmisible a un nivel que destroza.
Intenta imaginarlo un solo momento: enferma, convaleciente, en el lugar donde se supone que te cuidan, que te protegen. Ese debería ser el sitio más seguro del mundo. Y resultó ser el peor.
Pienso en ella. Pienso en su familia y en la culpa que pueden sentir (aunque no tengan ninguna culpa) por no haber estado en ese momento, esa noche. Pienso en todo lo que ha fallado para que esto fuera posible: los accesos sin control, la vigilancia inexistente, las puertas que no debían abrirse y se abrieron.
Decir: esto tiene que cambiar, es una patraña. Un engaño. No tiene que cambiar, tendría que haber cambiado antes, mucho antes de que algo así sucediera. No mañana, no en la próxima reunión de dirección. No. ¿Se puede viajar al pasado?
No.
Los protocolos de seguridad del hospital ibicenco no solo tienen que revisarse de arriba abajo: quién entra, quién sale, a qué horas, con qué control, sino que tiene que pasar algo más. No sé qué, pero algo más. ¿Quién es el responsable de que algo así haya sucedido? Porque, si no estamos seguras ni en un hospital, ¿dónde lo estamos?
No quiero concluir esta opinión sin aplaudir el trabajo de mi compañera Cristina Marí, que ha adelantado el suceso en exclusiva y ha tratado el tema con extrema profesionalidad y absoluta delicadeza, muy al contrario que otros medios de comunicación en los que —leo horrorizada— no han tenido el más mínimo decoro en proteger los datos personales de la mujer agredida. Datos que mi compañera conocía pero que no ha hecho públicos porque la víctima jamás debe ser descrita o señalada. Tampoco estamos seguras en los medios de comunicación. Tampoco ahí.





