En pleno debate y polémica por el arranque del proyecto piloto de trasladar la basura de Ibiza a Mallorca para incinerar ante el colapso del vertedero de Ca na Putxa, al límite de su capacidad, hablamos con Christian Sarnelli, un hombre que apuesta por ir a la raíz del problema que no es otro que producir y consumir menos y reutilizar más.
Sarnelli dirige el Centro de Recuperación Creativa de Ibiza, una asociación sin ánimo de lucro nacida en 2022. El nombre, precisa él mismo, no es casual: no solo recuperan objetos, sino que aspiran a darle el valor que se merecen a los oficios y las habilidades manuales y creativas que, según insiste, se están perdiendo.
La idea llevaba años rondándole. En 2016, trabajando todavía en su primer proyecto —los Art-Car de We Love Ibiza de los que hablaremos más tarde—, acudía con frecuencia al punto limpio para deshacerse de aceites de motor. Allí veía tirados muebles y objetos de decoración en perfecto estado. Preguntaba al responsable si podía llevarse algo y la respuesta siempre era ‘no’.
Le resultaba incoherente que, precisamente en un lugar pensado para difundir el reciclaje, se permitiera semejante desperdicio, y se quedaba dándole vueltas: con la pobreza y la emergencia ambiental que vivimos, tirar cosas en buen estado le parecía una injusticia.
Diseñó entonces, con detalle, la idea de un centro de recuperación donde a los objetos rescatados se les aplicara, además, un proceso creativo y artesanal.
Pero comprometerse con un proyecto tan grande mientras sacaba adelante los Art-Car le pareció excesivo, y decidió aparcarlo.
La oportunidad de retomarlo llegó en 2020, por lo que él mismo describe como una señal del destino: le propusieron trabajar en un punto limpio, la Deixalleria de Cala de Bou. Aceptó, y para ello dejó de lado el proyecto Art-Car: quería formarse a fondo en el mundo de los residuos y preparar, con más base, el centro de recuperación que llevaba años en la cabeza. Su objetivo era aplicar, no solo a coches sino a todo tipo de objetos, la misma lógica de reutilizar.
Fue precisamente ese paso por la Deixalleria el que terminó nutriendo la asociación: como trabajador, clasificaba y guardaba lo que veía que podía tener una segunda vida, y lo derivaba periódicamente hacia el Centro de Recuperación Creativa, siempre con el permiso correspondiente. De hecho, buena parte de los kilos de objetos recuperados hasta ahora (desde microondas a mesas) proceden de ahí.
Hace poco, sin embargo, tomó una decisión que describe como dura: dejar ese trabajo para dedicarse por completo a ordenar el almacén, dirigir el proyecto, presentarlo al Consell de Ibiza y sacar adelante también una campaña para conseguir reparar una furgoneta que necesitan para trabajar. «No podía dedicarle el tiempo que necesitaba mientras seguía trabajando allí. Tuve que elegir», resume.
Ahora su objetivo es involucrar a empresas que tengan estas mismas inquietudes para que se unan al movimiento: primero ayudándoles con esa furgoneta que necesita reparación y que es fundamental para poder recoger y repartir objetos y también abriendo sus puertas para vender los objetos reparados.
Ya tienen sellos tanto para esos objetos reparados que volverán a ser usados como para los comercios que se impliquen.


Lo que más le sorprende, después de tantos años metido en esto, es la cantidad de cosas que se tiran en la isla.
Habla de muebles, lámparas, vajillas, ropa, restos de obra —madera, palés, azulejos, bloques— que terminan en el contenedor simplemente porque alguien cambió de casa o de decoración.
«En Ibiza se tiran cosas en perfecto estado: llega alguien que compra la casa de otro y quiere cambiarlo todo en diez días. Hablamos de muebles y objetos que están perfectos y que acaban en la basura», explica. Cree que buena parte de ese material podría recuperarse: calcula que hasta un 40% de lo que se tira podría tener una segunda vida si hubiera espacio e infraestructura suficientes.
Respecto a si reciben apoyo de grandes organizaciones de corte medioambiental en Ibiza, la respuesta es que no. «Me hubiera gustado que nos ayudaran más las grandes organizaciones, de la misma manera que una persona sabia y con experiencia ayuda a crecer a otra persona, pero esto todavía no ha pasado pero espero que pase, que alguna entidad se sume a esto», explica a Noudiari.

Sobre plataformas de segunda mano como Vinted o Wallapop, su opinión es clara: «aunque impliquen transporte, salen a cuenta frente a comprar algo nuevo, porque evitan toda la extracción de materia prima y el gasto energético de fabricar un producto desde cero», reflexiona.
Le preocupa, sobre todo, que se haya perdido el valor social de regalar. «Antes la ropa de los hermanos pasaba a los primos, una bicicleta se le daba al vecino. Ahora eso ya no se le ocurre a nadie», lamenta. Es la lógica que quiere recuperar con las famosas «5 R» que guían el proyecto: reducir, reparar, reutilizar, regalar y, solo al final, reciclar.
Preguntado por si le pesa ir «a contracorriente», no se detiene demasiado en la pregunta. Prefiere hablar de lo que falta por hacer: ordenar el almacén, sacar adelante el proyecto, presentar todos los papeles al Consell para poder acceder a ayudas, poner la furgoneta en marcha y, con el tiempo, acercarse un poco más a esa idea original de un centro donde convivan la sostenibilidad, los oficios y la cultura, y donde generaciones distintas —jubilados que enseñan oficios manuales, jóvenes que aprenden— puedan cruzarse.
Por el momento tienen un almacén en la zona de Ses Païsses donde trabajan y almacenan los objetos reparados. Su sueño, sin embargo, es contar con un espacio público donde tener una nave en la que convivan objetos con talleres y actividades de arte y reciclaje.

Hay en el discurso de Sarneli, una idea muy interesante y casi provocadora en tiempos como los actuales, tan individualistas: trabajar en uno mismo está bien, pero no es suficiente. Para Sarnelli, el crecimiento personal necesita ir acompañado de algo de tiempo dedicado al crecimiento colectivo, a trabajar para la comunidad. Es, en el fondo, la misma lógica que aplica al proyecto: no basta con que cada uno mejore por su cuenta, hace falta gente dispuesta a dedicar, aunque sea una pequeña parte de su energía, a que las cosas avancen para todos.
De Nápoles a Ibiza
Todo lo que mueve a Sarnerlli tiene raíces mucho más antiguas, y personales, de las que uno imaginaría. Christian Sarnelli se crió en Nápoles y creció en una casa donde reutilizar, reparar y consumir con cabeza no eran una tendencia ni una moda sino la normalidad. Su sensibilidad, insiste, no nació de ningún referente «ecologista fanático», sino de casa.
Su madre era de las que repetía eso de «apaga la luz» cada vez que salía de una habitación, y no por ahorro económico sino por la contaminación que supone producirla y porque, según le explicaba, generar energía tiene un coste que va mucho más allá de la factura —no olvidemos todas las guerras que se originan por intereses energéticos como reservas de petróleo—. Su padre, con mano de artesano y mente de artista, reparaba casi todo y le enseñaba a reparar prácticamente cualquier cosa.
De adolescente, en los momentos en que no sabía muy bien hacia dónde tirar, encontraba refugio en el campo. Fue ahí, dice, donde empezó a sentir que lo mínimo que podía hacer para devolver algo de lo que la naturaleza le daba era cuidarla.
En 2002 pisó Ibiza por primera vez y se enamoró de golpe de su naturaleza, de la fiesta, de un ambiente que recuerda como distinto a cualquier otro sitio, donde no importaba tanto quién eras o qué llevabas puesto, sino las ganas de pasarlo bien y de alimentar buena energía alrededor. Cuenta que en aquella época no existían los reservados VIP, y que bailó junto a personajes que luego resultaban ser famosos sin saberlo hasta que alguien se lo decía. Empezó a volver cada verano, y más de una vez perdió el vuelo de regreso a propósito para quedarse un poco más.
A partir de 2008 combinó, durante años, temporadas en Ibiza con inviernos recorriendo el mundo. Fue, dice, una escuela de vida porque pudo ver de manera directa la ‘cara b’ de occidente en forma de degradación ambiental y pobreza en ciudades de África y Asia. Le hizo reflexionar sobre la injusticia social y la crisis ambiental; vivir en rincones salvajes de la Polinesia o del Amazonas, alejado de la civilización, reforzó todavía más su vínculo con la naturaleza y las ganas de cuidarla.

En 2015 decidió quedarse a vivir definitivamente en la isla y lanzó su primer proyecto propio: We Love Ibiza Art-Car. Recuperaba coches viejos, los cedía a artistas para que los pintaran y los sacaba después en alquiler. También hicieron una importante labor de divulgación sobre la llamada «obsolescencia programada», es decir, la fabricación de productos con una vida útil deliberadamente corta para fomentar su sustitución y el consumo masivo.
La reutilización ya estaba en el centro de la idea, no solo con los vehículos sino con buena parte de los materiales del primer taller. Fue por entonces cuando empezó a fijarse, cada vez que pasaba junto a los contenedores, en la cantidad de cosas todavía en buen estado que la gente tiraba. En algunos casos, cuenta, encontraba piezas que jamás habría hallado comprando en una tienda. De ahí, como se ha visto, nacería poco después la idea que hoy ocupa todo su tiempo.
De Nápoles conserva una identidad con la que se siente cómodo, aunque lleve más de veinte años en Ibiza y diga sentirse bien aquí. No le convence eso de responder «soy del mundo» cuando le preguntan de dónde es porque es una expresión muy manida prefiere reivindicarse napolitano, sin que eso le impida sentirse parte también de la isla que lo adoptó. De su ciudad natal recuerda, además, una creatividad parecida a la que busca aplicar aquí, y una cultura de recuperar y reutilizar que allí nace, según explica, más de la necesidad que de la conciencia ambiental.
Quien quiera contactar con la asociación o colaborar de alguna forma puede hacerlo a través de su correo electrónico y su página web.
info@crcibiza.com
www.crcibiza.com






