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Home + Pitiüses

Chris Langley, sin filtros: «Cala de Bou se tiene que independizar»

Por Laura Ferrer
27 septiembre 2026
en + Pitiüses
5
Chris Langley son tres personajes en uno: el músico que llegó a Ibiza en 1982, el empresario que levantó negocios y The Ibiza Sun, y el vecino de Cala de Bou que ahora se ha convertido en una voz muy crítica sobre el barrio. Fotografías de Paco Natera.

Chris Langley son tres personajes en uno: el músico que llegó a Ibiza en 1982, el empresario que levantó negocios y The Ibiza Sun, y el vecino de Cala de Bou que ahora se ha convertido en una voz muy crítica sobre el barrio. Fotografías de Paco Natera.

Chris Langley llegó a Ibiza en 1982 con una guitarra y sin saber muy bien dónde estaba la isla. Cuatro décadas después, aquel músico británico que acabó formando parte de la creación de Statuas d Sal, regentó el bar Zinema de Sant Antoni, puso en marcha el periódico The Ibiza Sun y ayudó a crear una asociación empresarial en la bahía sigue tocando, escribiendo y, sobre todo, dando su opinión, porque la isla le importa y mucho.

Ahora centra buena parte de sus críticas en el estado de Cala de Bou, un barrio que es un casa y que, dice, se encuentra «en tierra de nadie». Para él, hacen falta menos grandes proyectos (salvo el de saneamiento, que acabe con los vergonzosos vertidos de fecales) y más calles limpias, plazas y espacios para los vecinos. Y, puestos a pedir, hasta un ayuntamiento propio.

—¿Por qué hemos quedado en el bar No Bad Dayz, en Cala Pinet de Cala de Bou?

—Esta playa, en concreto, es una de las pocas que nos quedan a las familias de Cala de Bou. Es un lugar no tan comercial. Hay un restaurante, el reggae bar, que es como un chiringuito, y este también lo es. Las playas de Sant Josep han cambiado completamente. Aquí, sin embargo, muchas veces sacamos la guitarra y cantamos con los chicos del bar, como antes.

—Llevas 44 años en Ibiza, pero todavía hay gente que no te conoce. Has enviado algunas cartas al director muy reivindicativas este año a Noudiari y algunos lectores decían: «¿Qué tiene que decirnos este guiri?». Pero este guiri ha sido empresario, músico y hasta ha tenido su propio periódico, The Ibiza Sun.

—Claro. Piensan que soy un extranjero como cualquier otro, pero tengo nacionalidad española desde 1986, me casé con una ibicenca y tengo una hija y un hijo nacidos y criados aquí. Tengo una casa aquí cerca que he construido yo. Llegué a Ibiza sin nada, a tocar la guitarra un verano, y la isla me encantó. Pensé: «Aquí puedo hacer cosas». Me trataron muy bien y todo lo que he ganado aquí lo he vuelto a invertir en Ibiza. Yo creo que soy casi tan ibicenco como un ibicenco de pura raza [ríe].

De una furgoneta a Ibiza

—¿Qué te trajo a Ibiza?

—Tenía un contrato para venir en verano y tocar con un grupo aquí, en el West End de Sant Antoni. Cuando llegué, en 1982, el West End estaba lleno de bares con música en directo. Había al menos diez. Entonces el turismo era alemán, sueco, inglés, francés… mucho más mezclado. No había un grupo dominante. Vine en una furgoneta desde Inglaterra pasando por Barcelona. Yo ni siquiera sabía dónde estaba Ibiza y mi única referencia de la isla era una frase de Life on Mars, de David Bowie, que dice «From Ibiza to the Norfolk Broads».

—¿Y cuál fue tu primera impresión?

—Que esto era fantástico. Desde el primer momento me mezclé con la gente de aquí.

—Eso no siempre es lo habitual entre los británicos.

—Al principio me relacionaba con los ingleses que trabajaban en el West End, pero a las pocas semanas me di cuenta de que era una tontería estar aquí y no intentar involucrarme de lleno en la vida y la cultura española. Pensé: “Estoy en Ibiza, quiero conocer esto”. Me movía por todo el pueblo y comía menú del día con comida española que ni siquiera sabía qué era. Me compré una Vespa de segunda mano y conocí la isla entera con ella. Fue una aventura. Yo no quería volver a Inglaterra.

—Pero te fuiste durante un tiempo.

—Me ofrecieron un trabajo en Marruecos, en Agadir, y me fui tres o cuatro meses, pero volví a Ibiza. Comencé a trabajar con el guitarrista Manolo Díaz, con el cantante David Saylor, que tuvo un éxito nacional en España con una versión en castellano de My Sweet Lord, de George Harrison, y con un hippy americano que había venido a Ibiza escapando de Vietnam, Benjamin, que sigue viviendo en Santa Agnès. Tocábamos en eventos, hoteles y pubs.

El músico que acabó metido en todos los fregados

—Y después llegó Statuas d Sal.

—En invierno tenía un pequeño estudio de grabación y siempre trabajaba con gente. Junto a Guachi formé parte de un grupo de rock duro que grababa en los Estudios Mediterráneo. Viví un tiempo en Tenerife y al volver fue cuando me puse de nuevo en contacto con Guachi, que tocaba la batería. Él me puso en contacto con Omar Gisbert, guitarrista, para montar una banda y después vino David Serra.

Ensayábamos en una casa en Santa Gertrudis, en las montañas, y ahí comenzó todo. Hicimos unos veinte temas y justo hace poco encontré un cassette con las grabaciones originales.

Ellos querían ser profesionales y moverse fuera de la isla. Yo no podía porque tenía mis negocios que cuidar y mi familia, así que lo dejé. Pero seguimos siendo amigos. He tocado alguna vez con ellos en sus conciertos y ha sido muy bonito.

—¿Te arrepientes de haberlo dejado?

—No. Tenía otra vida. Ellos querían dedicarse profesionalmente a la música y yo tenía otras responsabilidades. Pero aquella etapa fue muy importante.

—Y la música nunca desapareció.

—No. Ahora sigo tocando. He estado con Backbeat, con Road Trip, en Ibiza Rocks con Burn… y durante un tiempo estuve al frente de Hogan’s Rock. Ahora lo que quiero es tocar y pasarlo bien [ríe].

—¿Cuesta ahora encontrar locales para tocar en Ibiza?

—Es muy complicado, y también están las dificultades para conseguir permisos. Nosotros seguimos tocando en algunos sitios, como Can Jordi o Cala Llenya. También tocábamos en Las Dalias, pero ahora está más enfocado a fiestas y a otro estilo.

Langley en la barra de No Bad Dayz, que llevan unos amigos en Cala Pinet. Foto Paco Natera

—Tú viviste una Ibiza en la que había diez locales de música en directo solo en el West End.

—Sí. En los años 80 era mucho más espontáneo. Se podían hacer más cosas sin tantos permisos. Entonces demostrabas tu creatividad haciendo cosas, por ejemplo un concierto. Había más valentía.

—Y tampoco había grandes estrellas de la electrónica como ahora.

—¡No había DJs! El DJ era un chico en la esquina del local con un tocadiscos y un amplificador. Pero lo que sí había eran estrellas del rock. Robert Plant, el cantante de Led Zeppelin, paseaba un día por Sant Antoni, oyó que íbamos a tocar un tema suyo, entró y cantó con nosotros. Esas cosas pasaban. Seguro que ahora no ves a un disc jockey famoso paseando por la calle.

El Zinema y la vida empresarial

—En 1991 regresaste a Ibiza y abriste un bar.

—Sí. En un principio mi mujer, Esperanza, y yo decidimos pasar los inviernos en Tenerife. Después vivimos allí todo el año, pero en 1991 regresamos a Ibiza. Tuvimos una hija y mi mujer quería que se educara aquí y aprendiese ibicenco.

Ese año había crisis. No había mucha gente y no se contrataba a músicos. Entonces pensé: «Voy a coger yo mismo un bar y tocar allí». En aquel momento se podía hacer un acuerdo que se llamaba 50-50, en el que el dueño ponía el local y tú ponías el trabajo y las cuentas se repartían al 50%.

Tuve primero un bar pequeño y después cogí lo que ahora es el Irish Bar del Paseo, que entonces era el Zinema. Lo tuve durante quince años.

—Hasta 2007.

—Exacto. Nunca he querido tener mucho dinero. Me ha bastado con tener lo necesario para vivir. No me importa tener cien euros al día o cien millones.

El Zinema funcionaba muy bien. Tenía unas ideas, unas prácticas, una especie de doctrina para mis camareros. Nunca tuve ninguna pelea y se convirtió en un bar muy conocido.


Lo que hice también fue apoyar a gente que trabajaba conmigo. Ayudé a camareros jóvenes para que pusieran sus propios negocios. Así hicimos un bar de karaoke en la bahía, un sport bar o un pub irlandés. Eran bares que no habían funcionado bien, pero les dimos una nueva oportunidad.

A todos mis trabajadores que no eran de Ibiza les daba vivienda. Eran los años 1991, 1992, 1993… y estaban encantados. Les encantaba volver.

Y llegó The Ibiza Sun

—Muchos te recordamos también porque pusiste en marcha The Ibiza Sun, el periódico británico que colaboraba con Última Hora Ibiza.

—Había varios bares por la zona: Manumission, Itaca, el mío… y no teníamos representación ni voz en las instituciones. Por eso creamos una asociación de establecimientos turísticos de la bahía de Sant Antoni, que ahora se llama Bahía Negocis y de la que soy portavoz.

Por entonces, los responsables de esos bares no tenían ni idea de cómo funcionaban las instituciones de Ibiza. Habían invertido dinero aquí, pero se sentían como invitados sin voz.

—¿Y tú eras el que daba la cara?

—Exacto [ríe]. Tuvimos los primeros contactos con los ayuntamientos de Sant Antoni y Sant Josep y pensamos que había que informar a la gente.

Así nació The Ibiza Sun, que no era una traducción literal de los artículos de la prensa de Ibiza, sino una interpretación o un resumen de lo que sucedía en Ibiza para llegar a todo el mundo. Era gratis porque se financiaba con publicidad.

Colaboraba con Última Hora Ibiza: yo les mandaba noticias y cosas de las que me enteraba y ellos me dejaban usar sus fotos. Compartíamos historias.

—¿Por qué dejaste The Ibiza Sun?

—Funcionaba muy bien. Lo tuve hasta 2007. No nació para ganar dinero, sino para informar y hacer comunidad. Lo fui dejando porque me resultaba deprimente ver cómo se repetían las noticias, las promesas que no llegaban…

—¿Actualmente tienes algún negocio?

—No. Lo que hago es tocar. Quiero tocar y pasarlo bien [ríe].

«Los ricos no hacen el show»

—¿Cómo ha cambiado aquella Ibiza que conociste en los años 80 respecto a la actual?

—En aquella Ibiza todo era más espontáneo. Se podían hacer más cosas sin tantos permisos. Había más creatividad y más valentía.

—También ha cambiado mucho el turista.

—El turista que viene ahora paga muchísimo dinero y llega con todo comprado fuera: las entradas de las discotecas, el hotel, el transporte organizado… Quiere ir exactamente donde ha visto que han ido los influencers.

Muchas veces van a restaurantes que están muy por encima de su poder adquisitivo real para aparentar. Se dejan una fortuna y exigen mucho. No hay tantos ricos en el mundo. Los ricos no hacen el show.

—Como británico, ¿cómo ves que todavía haya compatriotas que viven prácticamente en un gueto y ni siquiera hablan español?

—En Ibiza no es tan extremo como en la Península, donde sí hay enormes urbanizaciones muy cerradas donde solo viven británicos. Yo he ido allí a tocar en algunos de esos lugares y es horrible.

Es verdad que en Ibiza hay casos, pero cada vez menos. La gente que lleva a sus hijos a la escuela pública, que trabaja con ibicencos, se integra muy bien. Hay una generación más mayor que no lo ha hecho.

Yo he aprendido español trabajando en bares. Por eso hablo tan mal [ríe].

—¿Sabes ibicenco?

—Claro. Una vez fui a Palma a una comisión para estudiar los efectos del todo incluido como representante de la asociación de negocios de la bahía. Hablaban delante de mí en catalán como si no me enterase de nada y lo entendía todo.

Nosotros estábamos en contra del todo incluido, algo totalmente innecesario en Ibiza y que nos afectaba.

Cala de Bou: «Estamos en tierra de nadie»

—Llevas décadas viviendo en Cala de Bou. ¿Qué es lo que más te preocupa ahora mismo?

—Se habla mucho de cosas grandes, de grandes proyectos, pero lo importante es ir a las cosas de cada día, a los detalles, a las cosas pequeñas que tienen impacto: calles limpias, aceras en buen estado, atención a los detalles, limpieza de grafitis…

Creo que en este barrio no hacen falta grandes inversiones, salvo la del saneamiento para acabar con los vertidos.

Como residentes necesitamos ver que importamos a Sant Josep. Necesitamos un barrio bonito para vivir y bien cuidado.

Nadie está cuidando Cala de Bou. Deberíamos independizarnos.

—¿Independizarse?

—Sí [ríe]. Nos falta un ayuntamiento, una iglesia y una plaza del pueblo. Estamos en medio de Sant Josep y Sant Antoni, como tierra de nadie.

—¿Qué harías si dependiera de ti?

—Que comprasen el terreno del bar Gorila, lo demoliesen y construyesen una plaza del pueblo. Y también habría que hacer algo con la estructura abandonada de Punta Xinxó. Debería convertirse en un jardín frente al mar, un espacio abierto para la gente, para las familias trabajadoras de este barrio, que se lo merecen.

Pero no. Acabarán haciendo un hotel ahí.

No se valoran los espacios naturales ni los espacios para los vecinos y vecinas. No se han dado cuenta de la cantidad de familias jóvenes que están viviendo aquí. Necesitamos hacerlo como un pueblo.

Chris Langley durante la entrevista. Foto Paco Natera

—También has sido muy crítico con la etiqueta de «Cala del Bronx».

—Me quedé muy mal con eso, muy mal. Porque hoy, cuando sale una noticia, no es como antes. Ahora todo se queda en las redes y en internet. Si buscas Cala de Bou y aparece «Cala del Bronx», ¿cómo se puede publicar algo así? No entiendo. Este barrio no es peligroso ni conflictivo.

El hotel de Punta Xinxó y la vivienda

—¿Cómo valoras el desalojo de la estructura ocupada de Punta Xinxó?

—Había que hacerlo, pero ¿dónde han ido esas personas? Hay gente durmiendo en la playa y en asentamientos en otros sitios.

Muchas de estas personas hacen trabajos que nadie más quiere hacer. La gente dice que son inseguros o que son ladrones, pero la realidad es que, en su mayoría, son trabajadores.

—¿Qué debería hacerse ahora?

—No queremos simplemente criticar, sino proponer ideas para que alguien nos escuche. Queremos que esta zona se cuide porque no la cuidan.

Queremos que sea agradable pasear por el barrio, salir de casa y que se abran más negocios en invierno, que el barrio sea un pueblo de verdad.

«El turista se aloja en Cala de Bou, pero no pisa Cala de Bou»

—En uno de tus últimos artículos hablas de un turista que llega con prácticamente todo comprado desde su país. ¿Qué consecuencias tiene eso?

—El perfil del visitante ha cambiado radicalmente. Aquellas familias británicas tradicionales que llenaban los aviones y daban vida a los barrios residenciales de la bahía están siendo sustituidas por un turismo mucho más efímero.

Hoy vienen grupos de amigos para celebrar cumpleaños, despedidas, aniversarios… Están cuatro o cinco días como máximo y llegan con una agenda totalmente programada y pagada desde su país.

La excursión en moto de agua, el catamarán para ver la puesta de sol o el restaurante de moda se eligen meses antes según lo que han visto en redes sociales.

Incluso la movilidad está organizada. Van directamente del hotel al evento y vuelven. Se hospedan en Cala de Bou, sí, pero transitan por la zona sin pisarla. No pasean, no improvisan, no descubren Cala de Bou.

—¿Y qué ocurre con los negocios tradicionales?

—Hay días sueltos que funcionan muy bien y después jornadas en las que no trabaja nadie. Los hoteles están llenos, pero no hay ambiente en la calle. Hay negocios que se lo llevan todo y el resto, nada.

El turista trae gran parte del gasto pagado desde origen. Si el turismo se convierte en una burbuja logística que no deja dinero en las tiendas y bares de nuestras esquinas, ¿de qué nos sirve llenar las camas de los hoteles?

«La normalidad cuesta encontrarla»

—Después de 44 años, ¿te quedarías en Ibiza si la conocieses ahora por primera vez?

—Es posible que sí. He viajado por muchos lugares del mundo y todavía no he conocido un sitio que me guste más. Pero es cierto que cada vez es más difícil encontrar los sitios normales. La normalidad cuesta encontrarla. Aunque todavía quedan lugares bonitos. Y en invierno, más.

—¿Y qué te mantiene aquí después de todo?

—He vivido más tiempo en Ibiza que en Inglaterra. Es mi pueblo. Me siento de aquí. Tengo mis dos hijos aquí y tengo a mi nieta aquí. Yo soy de Lincolnshire, un lugar donde estás muy bien de niño, en un ambiente saludable, pero cuando tienes 16 o 18 años lo que puedes hacer es trabajar en la fábrica de plástico, en la fábrica de cartón o en el campo. Estudié Economía en Londres, en la London School of Economics, tuve esa suerte. pero yo quería tocar música.

Y acabé viniendo a Ibiza con una guitarra. 44 años después, sigo tocando.

Chris Langley en Cala Pinet. Foto Paco Natera.

Tags: Cala de BouIbizaSant Joseptemporadaturismoturismo británicovertidos
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Comentarios 5

  1. Portmanyí says:
    2 semanas atrás

    Un crack

    Responder
  2. Vicente says:
    2 semanas atrás

    Esto que dice, hace mucho tiempo que lo pienso «Muchas veces van a restaurantes que están muy por encima de su poder adquisitivo real para aparentar. Se dejan una fortuna y exigen mucho. No hay tantos ricos en el mundo. Los ricos no hacen el show.»
    Menudos clientes que tenemos, ricos no, gente que quiere aparentar ser rico

    Responder
  3. Ronin says:
    2 semanas atrás

    Un gran musico y buena persona.

    Responder
  4. rafa says:
    2 semanas atrás

    Un gran tipo Chris

    Responder
  5. Luismi says:
    2 semanas atrás

    ja ja ja pero qué dice del Reggae bar de Pinet? pero si eso es un antro…que hacen barbacoas de forma ilegal al lado de los pinos, música a todo volumen, gente fumando porros (haciendo honor al nombre)…y viene este cantamañanas diciendo que eso es familiar? ja ja ja para flipar…
    Y lo que nos tendríamos qué independizar somos nosotros de esta gente, que lo único que hacen es juntarse entre ellos y hacer negocio y exprimir a sus compatriotas.

    Responder

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