Regresar a Ibiza a mediados de junio siempre genera una mezcla de expectación y rutina. Sin embargo, mi llegada de hace unos días me ha dejado una sensación extraña, una desconexión entre lo que leo en la prensa y lo que ven mis ojos al pasear por mi barrio, Cala de Bou.
El viaje empezó con datos difíciles de ignorar. Aterricé desde Bristol en un vuelo de Ryanair (el FR8264) en el que apenas viajábamos 130 pasajeros; solo un par de días antes, un conocido me comentaba que su vuelo con Jet2 llegó con una ocupación desoladora del 30%. Al tomar tierra, la estampa no mejoró: cruzar el control de pasaportes fue un proceso rápido, ágil y, para ser sinceros, completamente vacío. No es la estampa que uno espera a las puertas de la temporada alta.
Leía estos días en el Diario de Ibiza que el mercado alemán está cayendo y que los propios hoteleros de la zona están pidiendo a los ayuntamientos de Sant Antoni y Sant Josep una política unificada para la Bahía porque ven las orejas al lobo. Pero mi percepción va más allá de los despachos políticos; se mide a pie de calle.
El perfil del visitante ha cambiado de forma radical. Aquellas familias británicas tradicionales que solían llenar los aviones y daban vida a los barrios residenciales de la Bahía están siendo sustituidas por un turismo mucho más efímero. Hoy, los asientos los ocupan grupos de amigos que viajan exclusivamente para celebrar eventos específicos: cumpleaños, despedidas de soltero, aniversarios o hitos vitales. Vienen para estancias exprés, de cuatro o cinco días como máximo, y traen una agenda hiperprogramada y totalmente pagada desde su país de origen.
Este nuevo turista consume la isla a través de la pantalla de su teléfono. La excursión en moto de agua, el catamarán para ver la puesta de sol o la reserva en el restaurante de moda se eligen meses antes en base a los posts de influencers en redes sociales. Incluso su movilidad está encapsulada: se desplazan en Uber o transportes privados precontratados para ir directamente del hotel al evento de turno. Se hospedan en Cala de Bou, sí, pero transitan por la zona sin pisarla. Casi no salen del hotel, no pasean, no improvisan, no descubren Cala de Bou.
La semana pasada, sin ir más lejos, hablé con tres de estos turistas que se disponían a regresar al Reino Unido. Durante su estancia de cinco días en la zona de Cala de Bou, habían asistido a tres grandes eventos en discotecas y a una excursión en barco para ver la puesta de sol; todo ello prepagado en origen, con comida, bebida y extras incluidos. Llevaban una pulsera que les añadía aún más entradas, actividades y descuentos en restauración, pero me confesaron que ni siquiera tuvieron tiempo de aprovechar todo lo que ya traían pagado de casa. Al preguntarles por su gasto real aquí, en el municipio, admitieron haber desembolsado apenas 250 euros cada uno, y la gran mayoría se fue en taxis y Ubers para moverse por no haber reservado el transporte con antelación. El resto se gastó, en su mayoría, en unas pocas consumiciones de pre-party en un bar de Cala de Bou antes de marcharse a la discoteca asignada.
También, esta semana, hablando de tú a tú con mis amigos con negocios en el barrio —los bares de siempre, restaurantes y los supermercados donde compramos todos—, el diagnóstico que me dan es unánime: la temporada está siendo alarmantemente errática. Hay días sueltos esporádicos que salvan la caja, seguidos de una sucesión de jornadas sospechosamente tranquilas.
En este nuevo escenario dominado por el algoritmo de social media, se nota una brecha dolorosa: solo aquellos pocos locales que gozan de una fama histórica entre los residentes de la isla o que tienen una presencia establecida durante años en redes sociales consiguen llenar. El resto, los comercios tradicionales que sostienen el día a día del barrio, se han vuelto invisibles para el visitante.
Pero lo que más me inquieta es lo que ocurre cuando el reloj avanza. Incluso con el relativo éxito de esos locales de moda, la realidad es que, en cuanto pasa la medianoche, Cala de Bou se apaga. El flujo de gente desaparece y las calles quedan desiertas, ofreciendo un panorama más propio de la parsimonia de principios de mayo o finales de octubre que del dinamismo eléctrico de la Ibiza estival.
Mucho se debate sobre los famosos «índices de repetición» de turistas y el éxito del modelo de ocio y lujo de la isla. Pero como vecino y observador, me pregunto de qué nos sirve llenar camas de hotel si el visitante se ha vuelto completamente impermeable al entorno que lo acoge. Si el turismo se convierte en una burbuja logística que casi no deja un solo euro de beneficio capilar en las tiendas y bares de nuestras esquinas, el «éxito histórico» del que algunos presumen acabará por desertificar la vida urbana de la Ibiza real.







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