En una cultura donde prima la inmediatez como un absoluto modus operandi y donde nada llega a satisfacer. Donde el deseo se antepone al placer, donde las relaciones duran quince minutos, ya sean de amor o de trabajo, hasta el punto de normalizar que una relación que dure más de diez años es señal de haberse apalancado, cuando es exactamente lo contrario. Lo valiente es superar esa década en ese trabajo, con la misma novia o con los mismos amigos, en el mismo lugar, sin que te parezca demasiado tiempo, aburrido o un síntoma de que has venido a menos.
Esa construcción social empezó a gestarse con la generación boomer, se aceleró con la generación X y, con mi generación, los millennials, ya se instauró como una forma de ser y de estar. Con las siguientes generaciones, la distancia y la disociación son tales que ya no se puede entender la realidad de otra manera. Es la famosa ventana de Overton. Además, esta constante se acelera con cada generación, de modo que la anterior no solo parece torpe, obsoleta y fuera de juego, sino casi ajena a esa dinámica.
Hay un punto de inflexión histórico, poco analizado, a mi entender. El COVID. Supuso una aceleración sin precedentes. Fue la primera gran batalla en la que todo el planeta se regía por la misma constante y a tiempo real. Algo inimaginable hasta entonces. Un ensayo único. Esto pide desarrollarse en, como mínimo, quinientas páginas.
A lo que voy es que, después del dichoso virus y manteniéndome al margen de las viejas fórmulas de calado religioso o de señalar a este o a aquel como culpable de la pandemia, hay algo que sí me parece fundamental tener en cuenta. Y es que los llamados tecnofaraones —Peter Thiel, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Bill Gates— son hoy extremadamente más ricos y, sobre todo, mucho más poderosos que antes del COVID. Extremadamente. Incluso consiguen poner a un presidente criminal y pedófilo al frente de la primera potencia mundial sin mucho esfuerzo. Como también una fascistización de la opinión pública y, por tanto, de la voz del pueblo, sin precedentes.
Existe un concepto denominado la Ilustración Oscura, acuñado por el filósofo Nick Land, título también de su ensayo, cargado de ideas que, en síntesis, sostienen que la democracia es un fracaso y que la alternativa para conducir un país consiste en una estructura empresarial dirigida por un gran jefe; es decir, por un dictador.
Se diría que estas ideas han ido calando en un grupúsculo de pseudointelectuales, como Curtis Yarvin, cuyo famoso texto Diez píldoras rojas (el artículo está en internet; muy recomendable leerlo) habla del concepto de La Catedral como ese entramado que controla el mundo en una suerte de ideología de izquierda que hay que eliminar. Esto es mucho más extenso, pero, en síntesis, viene a decir que el mundo posilustrado es un fracaso y que el reset consiste en hacer de los países megacorporaciones, con una estructura netamente empresarial y una jefatura al mando. Esto ha puesto muy cachondos a los tecnofaraones y, de hecho, ha servido de inductor para que Peter Thiel, especialmente, pero también el resto de los tecnofaraones, se hayan convencido de ello para ponerlo en práctica.
Thiel, además, mientras se frota las manos a lo señor Burns, está convencido del transhumanismo, que, en esencia, plantea que, del mismo modo que el Homo sapiens sapiens contempla al neandertal como un ser torpe y tosco, el siguiente salto evolutivo —la unión entre tecnología y ser humano, chips cerebrales y demás— hará que el Homo sapiens sapiens sea visto como un espécimen igualmente tosco y prescindible. Y, para que ese cambio suceda, lo mejor sería acabar con él. Esa estaría siendo su revolución, que los tecnofaraones llevan poniendo en práctica desde hace algo más de una década y en un claro proceso de aceleración.
La tiranía que ejercen estos tipejos es algo que jamás habíamos visto en la historia de la humanidad. JAMÁS.
Además, todos son yanquis y todos pertenecen a generaciones con ideas muy similares en tanto en cuanto al capitalismo tardío y a ese desecho de la cultura norteamericana.
Esto nada tiene de broma.
Ahora sí, más que nunca, cabe volver a Herbert Marcuse. Muy recomendable releerlo a la luz de este maravilloso horizonte. Porque, quizá, lo único que podrá salvarnos será la imaginación.
Samaj Moreno






