La capacidad que concentra un campo de fútbol en la final de un Mundial es algo desconcertante. Ni la IA es capaz de calcularla, por mucho que vaya de listilla. Las proporciones de cada golpe de balón en una final de un Mundial no tienen una definición aritmética, ni siquiera cuántica. Capacidad metafísica, diría. Donde el orden de valor se invierte y, en este caso, es el sentimiento el que mueve el resto de las cosas y no al revés. No al revés en tanto en cuanto al marketing, la política, el poder, en definitiva, el rendimiento económico, se refiere.
Está claro que cada golpe de balón hace que esos sean los noventa minutos más caros del mundo. El partido mueve el PIB de naciones enteras, naciones enteras. Pero, a la vez, mueve el corazón de un aficionado mientras el esférico baila rozando a los jugadores por el césped y se acerca a la portería del contrario. Y eso es algo que no tiene precio.
Como diría aquel: «Lo único que nos ata es un sentimiento; todo lo demás es una amplia zona vasta y vacía, que se justifica con la pragmática promesa de una operación y un resultado que de nada sirven si no hay sentimiento». Es la inmensidad del cero; lo demás es solo una escala numérica.
Y cuando el balón atraviesa una línea imaginaria, dictada por tres barras de metal y por la contingencia y la lucha de once gladiadores jóvenes, obstinados y sudorosos, el momento en que el balón atraviesa ese flanco etéreo, pero metasimbólico, para más de tres mil millones de espectadores, parece que la mano de Dios coja al aficionado por la espina dorsal, lo eleve del suelo mientras algo atávico hace que grite a todo pulmón, y salte, grite y cante y abrace y grite una simple palabra que lo significa todo, la palabra santa, la palabra que lo cambia todo: ¡gol! Es un subidón de alegría subordinado a un momento en que se puede, por un momento, experimentar el famoso nirvana.
No entiendo de fútbol, pero entiendo cuándo algo es sencillamente algo más que un simple partido. No voy a ver partidos de Liga ni de la Copa del Rey, pero una final de un Mundial es otra cosa. Su fiebre traspasa mi arrogancia de outsider. Busco un templo, cojo asiento, miro al frente, dejo de parpadear, contengo la jodida respiración, siento el ambiente, que ya es atmósfera a base de altas cantidades de alcohol.
Es fácil, me pregunto. No tuve que inscribirme, no tuve que clavar la rodilla, tampoco enseñé el pasaporte. Y, de manera casi vampiresca, me dejo llevar por el sentir de ese éxtasis del aficionado cuando el balón va y viene empujado por su equipo. Equipo que representa, durante noventa minutos, un único anhelo: marcar.



El balón va rápido, casi ni lo ves. Es una pequeña metáfora del mundo. Atraviesa líneas físicas: un pase, otro, un cabezazo, un chute que entra en la puñetera portería y aparece el Espíritu Santo encarnado en un planeta entero, rugiendo de gloria o de pena a partes iguales. Unos cantan de alegría y otros cantan de tristeza; unos cantan gloria, otros cantan sentencia.
Es el orden del mundo que se expresa ahora en este epicentro, donde todos los que aman el fútbol y los que no tenemos ni idea miramos como si Apolo estuviera frente a la caja del oráculo de Delfos. De todos los espectáculos que el ser humano ha sido capaz de inventar, ninguno concentra tanta fe, tanta liturgia y tanto sentimiento en tan poco tiempo. Noventa minutos de relatividad especial para la historia. La capacidad que concentra un campo de fútbol en la final de un Mundial es algo infinitamente desconcertante.
Por Samaj Moreno







