Escribo esto desde Eivissa donde vivo y trabajo como periodista desde hace 26 años, más de la mitad de mi vida. No soy ibicenca de nacimiento, pero lo soy de adopción, y, como tal, he heredado también un viejo reflejo isleño: mirar a Mallorca de reojo y con cierta desconfianza, como a un vecino cercano y a la vez lejano, casi un rival. Durante años nos hemos contado la historia de que somos competidoras turísticas, de que en el reparto de presupuestos y atención siempre se han llevado ellos la mejor parte. Qué tontos hemos sido. Mientras nos entreteníamos con ese cuento de la rivalidad, las dos estábamos sufriendo lo mismo: una colonización turística que ni Ibiza ni Mallorca han sabido, o querido, frenar a tiempo.
Entre 25.000 y 70.000 personas (una es la cifra ‘oficial’ de Policía Nacional y la otra la que ofrecen los organizadores del acto) salieron ayer a las calles de Palma para exigir un cambio de modelo económico y límites a la masificación.
Fue, con diferencia, la movilización más grande contra el turismo de masas que hemos vivido en Illes Balears desde que empezaron estas convocatorias en 2024. Decenas de miles de personas entendieron que quedarse en casa ya no era una opción. Comprendieron que el malestar no puede quedarse en post encendidos en redes sociales o en conversaciones de bar. Que hay que visibilizar a este monstruo que muchos se niegan a ver a pesar de tenerlo delante de las narices.
A quienes somos o vivimos en Ibiza y no queremos ponernos una venda ante el monstruo, esa imagen de Mallorca, lo confieso, nos da envidia. Mucha envidia.
Porque aquí, donde la situación es claramente peor (basta comprobar el precio de la vivienda o el fenómeno de los asentamientos de trabajadores, por poner dos ejemplos), las pocas movilizaciones que se han intentado han sido escasas en participación y desmoralizantes para quienes hemos acudido o para quienes las han organizado.
Y no deja de ser llamativo, porque en Ibiza estamos claramente peor y desde hace más tiempo. Por poner un ejemplo, no tenemos ni siquiera las alternativas que todavía le quedan a Mallorca. Allí hay, al menos, municipios de interior donde la vivienda es más asequible. Aquí no. Aquí prácticamente todo es lujo y la vivienda tiene un precio desorbitado en cualquier rincón de la isla. Solo aquellos ibicencos que tienen un alto poder adquisitivo, derivado casi siempre del propio turismo, pueden garantizar a sus hijos una vivienda en el futuro. El resto —trabajadoras y trabajadores de toda la vida— ya ni siquiera puede prometérselo a los suyos. Cada vez son más los que se marchan, o los que compran una casa en la península porque saben que aquí no van a poder jubilarse con dignidad.
Mientras tanto, la isla se cae a pedazos por las costuras. No hace falta enumerar nada porque está cada día en las noticias. ¡Pero si hasta estamos mandando nuestra basura a Palma porque el vertedero de Ibiza ha reventado su capacidad!
¿Por qué en Mallorca consiguen llenar la calle y aquí no? Creo que parte de la respuesta está en algo incómodo: en Ibiza casi todos, de una manera u otra, vivimos del turismo. Desde quien trabaja de manera directa o indirecta para una gran cadena hotelera hasta quien alquila su vivienda a turistas por temporadas, pasando por nosotros, los medios de comunicación, que dependemos en gran parte de la publicidad de empresas dedicadas a esto. Es muy difícil manifestarte, dar la cara, contra aquello que te da de comer, aunque sepas que te está quitando todo lo demás.
Y no podemos olvidar tampoco que buena parte de esta ola la han impulsado y la disfrutan ibicencos que se han subido a ella sin medir lo que estaba costando al resto.
La violencia no es que la gente proteste. La violencia es que lleguen fondos de inversión y capital extranjero a quedarse con la isla entera, con el beneplácito de un Estado y unas leyes europeas que no ponen límite a nada, y con la complicidad de tantos ibicencos que se lo venden. La violencia son los aeropuertos que celebran cada récord de pasajeros como un triunfo, las aerolíneas que nos inundan de gente cada verano, los perfiles de influencers de Instagram o TikTok que geolocalizan hasta la última piedra desde la que tirarse al mar, y la oferta de vivienda turística, que ha crecido estos años de manera desbocada por encima de una oferta hotelera ya de sobra suficiente.
Ojalá la respuesta de ayer en Palma sirva también de espejo para nosotros. Ojalá pronto podamos ver en Ibiza una movilización tan masiva y contundente como la mallorquina, que indique que el rumbo puede cambiar porque, sinceramente, creo que ya hemos muerto de éxito desde el momento en que un joven no tiene futuro aquí.
Ojalá podamos dejar de pensar cada día en huir de la isla que nos ha visto nacer, crecer o intentar un proyecto de vida que cada vez es más difícil.
Así y aunque tal vez nos dé cierta vergüenza admitirlo: gracias, Mallorca, por la lección.






